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El cartel de 'Ícaro'

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'Ícaro', la otra versión de los hechos

"Las exigencias de los 'procesistas' consisten, básicamente, en dejar claro que solo ellos tienen derecho a explicarnos lo que pasó, por lo que dar voz a los maderos parece considerarse una desagradable muestra de intrusismo profesional"

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El lazismo en pleno, incluido su equipo de opinión sincronizada, ha reaccionado con indignación ante el documental de Elena García Cedillo y Susana Alonso Ícaro, la semana en llamas, colgado (solo hasta el 31 de enero) en la plataforma de streaming Filmin.

Ícaro explica la semana de disturbios barceloneses que siguieron a las condenas a los líderes del prusés desde el punto de vista de los policías enviados a controlarlos (dos de ellos, por cierto, estuvieron a punto de morir apedreados y hubo que prejubilarlos).

No es un gran documental, pero consigue reproducir con bastante verosimilitud (gracias, en gran parte, a las cámaras de los policías durante la revuelta) aquellos días del 2019 en que Barcelona pareció Beirut.

Las exigencias de los procesistas consisten, básicamente, en dejar claro que solo ellos tienen derecho a explicarnos lo que pasó, por lo que dar voz a los maderos parece considerarse una desagradable muestra de intrusismo profesional.

No les basta con habernos machacado desde TV3 con innumerables documentales de parte, se trata de que la otra parte no pueda abrir la boca para dar su versión de los hechos.

Pretensiones exageradas para un bando que perdió la guerra (ellos eran los que utilizaban un lenguaje bélico al hablar de “La batalla de Urquinaona”), aunque ahora, viendo cómo controlan al acorralado presidente del Gobierno español, parezca que la ganaron.

Después de imponer su relato donde han podido (con la inestimable cooperación de nuestra televisión autonómica), los lazis se quejan de que haya versiones alternativas que, según ellos, no tienen derecho a existir.

Si fueran tan democráticos como aseguran ser, habrían encajado con un poco más de dignidad un documental como el que hoy nos ocupa, aunque solo fuese porque una de las reglas del periodismo es atender siempre a las dos versiones de cualquier historia.

Pero como han decidido que la verdad solo la tienen ellos, se han lanzado a demonizar un documental que solo pretende dar voz a esos polis que, como diría el difunto Pasolini, representaban a la clase obrera en los tumultos de los separatistas malcriados y todos los ácratas de estar por casa que se apuntaron al sarao para poder romper cosas y quemar la ciudad.

Superada la primera fase, la de la indignación, ha habido que buscar responsables.

Los primeros que han encontrado son los mandamases de Filmin, a los que han vandalizado las oficinas tras darse de baja como suscriptores (algunos). Lo han tenido fácil para amedrentar porque han tenido delante a un ejecutivo de Filmin, Jaume Ripoll, que, en vez de enviarlos al carajo y defender su criterio, se ha deshecho en excusas que no venían a cuento y ha venido a decir que lo siente mucho y que no volverá a pasar: un firme candidato al premio Pusilánime Catalán del Año.

Ícaro, la semana en llamas se fabricó en 2022 y solo ahora hemos tenido noticias del producto. Que yo sepa, no se ha emitido en ninguna televisión de ámbito nacional.

Ni siquiera en TVE, que estaría moralmente obligada a hacerlo, pero no lo ha hecho para que no se enfaden los partidos políticos separatistas que tienen a Pedro Sánchez agarrado de sus cataplines de hombre profundamente enamorado de su esposa.

Una vez más, el Estado se la juega a sus fuerzas del orden, a las que no permite hablar ni en la televisión pública nacional porque solo las considera carne de cañón muda que utilizar como fuerzas de choque en caso de urgencia.

Los hechos que relata Ícaro fueron, como dicen algunos polis que sobrevivieron a la experiencia, una explosión de odio insólita que no acabó peor porque Dios no quiso. Pero parece que ni eso se puede decir en la España actual porque los sublevados y sus amigos tienen la piel muy fina y se ofenden.

Es mejor seguir adelante con la patraña de la pacificación y olvidar que ese odio sigue bien vivo en una parte considerable de la población catalana y en el corazón de todos los partidos nacionalistas.