Sostenía Josep Pla que su principal preocupación en esta vida había consistido siempre en mantenerse alejado de la cárcel. Ignoro si Carles Puigdemont está familiarizado con la obra del escritor ampurdanés, pero es evidente que su misión vital es la misma: no acabar en el talego. Lo acabamos de comprobar (de nuevo) con su renuencia a asistir una inminente reunión del Parlamento Europeo a celebrar en Estrasburgo. A Puchi le encanta largar en ambientes internacionales (aunque sea un hacha vaciando auditorios), pero lo de Estrasburgo no lo ve claro porque esa ciudad está en Francia y Francia mantiene vigente un tratado de extradición con España por el que nos pueden devolver al indeseable de turno que andemos reclamando en cuanto pise el territorio nacional. Es posible que Puchi fuese a Estrasburgo y no le pasara nada, pero, por si acaso, se va a quedar en su Flandes querido junto a su fiel Comín, que es el único apoyo que le queda tras el motín de la permanentemente contrariada Clara Ponsatí, que hasta amenaza con crear un nuevo partido político independentista porque los que ya existen le dan grima (la fidelidad de Valtònyc dependerá, supongo, del suministro ininterrumpido de sobrasada y galletas Quely).

Por mucho que se queje y porfíe, Puigdemont está atrapado en Bélgica desde que perdió la inmunidad parlamentaria. Y siendo, como es, de natural cobardica (actitud que se hizo evidente desde un buen principio, cuando se convirtió en el Hombre del Maletero), no va a desplazarse a ningún lugar en el que pueda ser detenido y devuelto a España (la señora Ponsatí, mucho hablar, pero desde que se cursó la orden para su detención, tampoco se ha movido de Bélgica: en Lérida todavía la están esperando para un acto público a su mayor gloria).

Puchi se ha especializado en ir de líder cuando no está dispuesto a correr el menor riesgo para mantener la posición que él mismo se ha otorgado y en la que ya sólo creen sus sicofantes más leales y algunos ilusos del procesismo. Al hombre se le va la fuerza por la boca. Todo lo que sea largar, desde una situación de seguridad, adelante, pero cuando hay que dar la cara, que me olvides, Benavides. Y los líderes se distinguen por echarle narices al asunto y correr riesgos. Puchi, por el contrario, lo único que ha hecho es prometer que algún día volverá, será recibido en loor de multitudes y nada podrá hacer al respecto el perverso estado español. Como a Ponsatí en Lérida, aún lo estamos esperando.

Si no fuera tan gallina, si realmente antepusiera el interés de su Cataluña catalana al propio, hace tiempo que Puchi se habría presentado en España y que fuese lo que Dios quisiera. No tendría oportunidad mejor para (intentar) suscitar un conflicto internacional y quedaría como un héroe de la patria sojuzgada. Pero algo así nunca se le ha pasado por la cabeza porque, como Josep Pla, su principal misión en esta vida es esquivar el trullo (aunque, según él, los socialistas le hayan prometido un indulto rapidito). La independencia del terruño es una quimera, como se ha demostrado y se sigue demostrando a diario (entre otros motivos, porque no hay quorum y porque la unidad entre indepes es una quimera aún mayor: se empieza odiando al vecino y se acaba a bofetadas con la familia). Y esa quimera no puede dirigirla alguien que solo piensa en su seguridad personal, alguien incapaz hasta de cumplir con su horario laboral por miedo a ser detenido y extraditado (¿se habrá ofrecido a recurrir al teletrabajo durante el cónclave en Estrasburgo?: le creo muy capaz).

Lo peor que le puede pasar a una causa absurda e inútil es ser dirigida por alguien igualmente absurdo e inútil. Y, para acabarlo de arreglar, cobarde.