Murphy en Cataluña

Carlos Mármol
5 min

La ley de Murphy es infalible. Sobre todo en Cataluña. El culebrón independentista, que sigue con su particular farsa con una insistencia que sólo es comparable a la de la tortura malaya, arroja todas las semanas nuevos episodios para el absurdo donde se mezclan el cesarismo posmoderno --con el prófugo Puigdemont​ como iluminado-- con el surrealismo. Lo último es el enésimo intento de investir in abstentia al exiliado, una operación que jurídicamente tiene muy escaso recorrido dados los fallos judiciales previos, pero que es la única ¿idea? que de momento propone la coalición soberanista, a la que todo le da igual. Ellos continúan a lo suyo, que es mantener artificialmente el pulso con el Estado en una huida hacia adelante que tiene visos de mantener la suspensión de la autonomía de forma indefinida y merecida. 

Visto lo visto, no parece mala solución. Imagínense: una España sin virreinatos y sin caciques. Irremediablemente moderna. ¿No sería hermoso? Los nacionalistas​ no dan su brazo a torcer. Se resisten a volver a la legalidad. Insisten en seguir violándola por tierra, mar y aire, confiando en una internacionalización del conflicto que no llega nunca, aunque les haya dado algunas alegrías pasajeras.

Visto lo visto, no parece mala solución suspender permanentemente la autonomía. Imagínense: una España sin virreinatos y sin caciques. Irremediablemente moderna

Su fórmula consiste en aplicar el patrón de los batasunos: agitación callejera y propaganda partidista (pagada con el dinero de todos). Tan absurdo es este sainete que los gabinetes de crisis los han trasladado a Berlín. La soberanía que reclaman la simulan desde una plaza extranjera. Mucho reivindicar la autodeterminación pero la capital de la ficticia República Catalanufa se parece a la corte itinerante de los Reyes Católicos: primero la sede está Bruselas; más tarde, en Alemania. Mañana, quién sabe. 

Por supuesto, para este nomadismo no existe más explicación que la personalista: el régimen soberanista, que asegura ser consecuencia de un mandato popular, se ha convertido en la corte unipersonal de un vulgar napoleoncito. La renuencia de Artadi a ser la presidenta sustituta es ya el culmen de la fantasmada. El fugado se permite el lujo de decidir, en nombre de todos los catalanes --los que le votaron y quienes no lo hicieron--, cómo debe administrarse el Palacio de la Generalitat, quién debe ocupar los despachos nobles, dormir en los sagrados aposentos y presidir las salas oficiales de los embajadores.

La suerte de los catalanes depende de un reyezuelo que administra el solar común como si la región fuera su cortijo particular

Parece una broma, pero es absolutamente real. La suerte de los catalanes depende de un reyezuelo que administra el solar común --Cataluña es de todos los españoles-- como si la región fuera su cortijo particular. La situación parece alcanzar además el punto de no retorno. Igual que en el famoso pleno del golpe de Estado los nacionalistas suspendieron (unilateralmente) la Constitución, el sanedrín de JuntsxCat ha decidido hace unos días que no se repitan las elecciones, no vaya a ser que la fiesta de la espuma se termine por decisión de los electores. 

Sus bases (subvencionadas) reclaman que "se avance hacia la república", pero lo que buscan es una monarquía absolutista y sorda a los quebrantos de los súbditos. Así estamos: ni devuelven la palabra a los catalanes para que vuelvan a votar ni dejan que la normalidad se instale en sus instituciones, las mismas que han tenido que ser suspendidas por su insistencia en saltarse la ley. Lo peor del caso no es esta sarta de contradicciones. Lo más grave es que todas las energías empleadas en este delirio se usen para instituir un régimen feudal, donde las voluntades, las haciendas y la libertad estén supeditadas al capricho del héroe del flequillo.

La revolución francesa reclamaba libertad, igualdad y fraternidad, pero terminó pasando por la guillotina a sus principales actores y al final degeneró en una dictadura militar. El presente de Cataluña discurre por el mismo sendero. Sonriamos, mañana puede ser aún peor.

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero se dedica a esa variante de la literatura prosaica que es el periodismo. Debutó como reportero y cronista en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte como directivo del equipo fundacional de Diario de Sevilla (1999-2012), donde fue subdirector, columnista y editorialista. Desde 2013 es articulista de opinión en el periódico El Mundo. Coordinador editorial de #LetraGlobal, el 'spin-off' cultural de Crónica Global. Es Máster en Literatura General & Comparada, licenciado en Filología y Posgrado en Dirección de Empresas (Instituto Internacional San Telmo).

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