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La Camacha: magia, pasión y dominación

La cordobesa Leonor Rodríguez, torturada por la Inquisición en el siglo XVI tras ser acusada de hechicera, fue inmortalizada por Cervantes

Miguel de Cervantes, autor de 'El coloquio de los perros', sobre la Camacha / JÁUREGUI
10.02.2019 00:00 h.
8 min

Leonor Rodríguez fue una de las más reconocidas hechiceras de la Andalucía del siglo XVI. Nació en Montilla en 1532 y junto con su abuela y su madre eran conocidas como las Camachas, no obstante, solo Leonor alcanzó una fama difundida por el propio Cervantes y que llega hasta nuestros días.

La cordobesa sobrevivió en un pueblo donde la magia intentaba resolver frecuentemente los problemas más cotidianos, desde los de salud hasta las pasiones más desatadas. En 1572 fue encausada por la Inquisición de Córdoba bajo acusación de hechicera e invocadora de demonios. A sus 40 años de edad ella misma había alardeado de que ya había practicado todo tipo de conjuros con los que dominaba la voluntad de los hombres. Tanto sus clientas como ella misma, cansadas de las restrictivas normas morales, encontraron en la magia una forma de resistirse a ellas dando rienda suelta a sus apetitos sexuales, a sus gustos, deseos y dominando al hombre a placer. Según la causa de fe que recogía la información de su caso, la Camacha tenía tanto poder que incluso “tornó loco a su marido y así murió”.

Entre sus prácticas habituales hacía y enseñaba a hacer cercos, donde se introducía semidesnuda ofreciendo una parte de su cuerpo a los diablillos a los que les pedía a cambio que le trajesen a sus amantes. También parece que conseguía el amor de un hombre dándole de comer tortas de pan refregadas en sus propias vergüenzas. Otro remedio útil para tal fin que aprendió en su madurez era utilizar una figura en lienzo con forma de hombre, que colgándola en la ventana al aire junto con una hierba que le dio una mora, tenía el poder de atraer y ligar a cualquier hombre. Volverlos locos de amor era una de las peticiones más demandadas por las mujeres en una sociedad donde casamientos y relaciones personales estaban supervisadas por la figura masculina, lo que creaba amores imposibles y aventuras frustradas. No pocas eran las jóvenes y maduras, casadas, viudas y solteras que acudían a la Camacha con la intención de doblegar el querer de un caballero. La causa de esta hechicera recoge bien detallado que para que un hombre corriese pronto a ver a una mujer hasta el punto de quebrar las puertas por entrar a donde estuviera, solo había de recitar:

“Equis, ocos, Corpus Cristi,

sangre consagrada de mi Señor Jesucristo, (nombraba a la persona por quien lo decía)

no te lo digo para te consagrar,

sino para te legar y atar,

que vengas a mi querer y mandar,

dándome todo lo que tuvieres”

Su abanico de sortilegios para controlar el amor, el desenfreno y la pasión fue muy amplio. Ella misma afirmaba conocer más de 35 rituales. Ambiciosa como ninguna, gustó de aprender de los más expertos, para ello no dudó en consultar a moriscas y cristianas, e incluso “échose con un moro sin bautizar para que le enseñase estas cosas”. En su alacena de hechicera había todo tipo de ingredientes que a menudo utilizaba en sus rituales como sapos y salamanquesas secas, sal, huevos, pimienta u orina entre otros. Ollas, redomillas, cuchillos de cachas prietas o cedazos fueron algunos de los instrumentos más comunes usados en sus lances mágicos. Entre este completo laboratorio destacó especialmente la presencia de un alfiler que dijo haber estado en el propio infierno y del que le hizo entrega un familiar.

Sus lances mágicos frecuentemente fueron acompañados de oraciones e invocaciones, que venían a potenciar con la palabra la fuerza de los actos simbólicos. Una de las más usadas fue la oración de Santa Marta:

“Marta Marta, la mala que no la santa,

la que los fuegos enciende y los polvos levanta,

mi figura tomedes y delante de mi amigos os paredes,

de mi le contad, de mi le contedes,

Marta hermana, traédmelo Marta”

Y cuando en lugar de santos deseaba la ayuda de los diablillos los invocaba colocando 13 velas junto a habas y garbanzos, recitando las siguientes palabras:

“Lucifer y satanás,

Belcebú y Barrabás,

y Gayferos el aposentador mayor de los infiernos”

Muy conocidos debieron ser estos y otros sortilegios, pues la Camacha acabó convirtiéndose en uno de los personajes de la novela ejemplar de Miguel de Cervantes: El Coloquio de Los Perros. En ella Leonor Rodríguez convirtió en perros a dos niños que nacieron en un parto al que ella asistió como comadrona. Aquellos niños en forma de perro quedaron bajo maleficio hasta que se cumpliese la profecía que los tenía condenados y desterrados de su vida humana. También entre sus páginas, Cervantes destacó sus habilidades para devolver el virgo a las descuidadas, mantener relaciones carnales sin ser reprendidas socialmente o ligar y desligar hombres: “Traía los hombres en un instante de lejas tierras, remediaba maravillosamente las doncellas que habían tenido algún descuido en guardar su entereza, cubría a las viudas de modo que con honestidad fuesen deshonestas, descasaba las casadas y casaba las que ella quería”.

La fama que le precedía no impidió a la Camacha negar ante el Santo Oficio todas aquellas acusaciones que recibía. Tal fue el punto que acabó siendo torturada por la Inquisición: “Puestos los brazos atrás, atados los pulgares con once vueltas de cordel, [...] y asidos de la maroma, parecieron vueltos adelante”. Según recoge la propia documentación, tras la inspección médica el doctor dijo que no quedaban restos de lesión alguna. El 8 de diciembre de 1572, salió en auto de fe en forma de penitente, con coroza en la cabeza con las insignias de hechicera. Debía abjurar de levi, recibir cien azotes en Córdoba y otros cien en Montilla, siendo desterrada cinco leguas a la redonda durante diez años de dicha localidad. Lejos de ser esta pena un impedimento para esta hechicera, continuó dando vida a nuevas historias mágicas en otra parte.

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