Ferran Soldevila y Zubiburu y el nacionalismo historiográfico

Escritor y archivero que rivalizó con Vicens Vives, su figura es mucho más compleja que la del arquetipo asignado de historiador romántico

Ferran Soldevila y Zubiburu y el nacionalismo historiográfico
06.05.2018 00:00 h.
8 min

Ferran Soldevila y Zubiburu nació el 24 de octubre de 1894. Su padre era un jurista catalán. Su madre era vasca criada en Venezuela. Su hermano Carlos se dedicó a la literatura. Hasta los trece años pensó en castellano y escribió sistemáticamente en catalán desde los 23 años. Fue discípulo de Ramón Menéndez Pidal (que le dirigió su tesis doctoral leída en Madrid en 1916 sobre la reina María, la esposa de Alfonso el Magnánimo) y de Rubió y Lluch y desde muy joven se vinculó al grupo cultural y político de los Pi i Sunyer, Rovira i Virgili o Nicolau d'Olwer. Nos dejó una importante obra literaria, desde su novela El Cavaller Despalau a diversas obras de teatro.

Su primera obra histórica fue la biografía de Pere el Gran, publicada en 1915, aunque Soldevila es conocido por todos por su ya clásica Historia de Cataluña, que se publicó en tres volúmenes en 1934 y 1935 (ed. Alpha), financiada por Francesc Cambó con el objetivo de construir una memoria histórica de Cataluña al gusto de la Lliga. Soldevila publicaría también, con Ferran Valls i Taberner, una síntesis de historia de Cataluña editada en catalán (Selecta) y en castellano (Alianza) que ha tenido enorme difusión. Curiosamente, Soldevila militó a la izquierda de la Lliga en el partido Acció Catalana, una escisión del partido de Cambó. Se exilió tras la guerra en Francia y en Suiza, (Chavornay-Lausanne), retornando en 1943. Se casó con la francesa Yvonne Lepage con la que tuvo un hijo, Gerard, que murió en el 2011 y que vivió siempre en Suiza. En los últimos años, y gracias a Enric Pujol, el mejor conocedor de la vida y obra de Soldevila, se ha descubierto la relación sentimental que Soldevila mantuvo con la poetisa y bibliotecaria Rosa Leveroni que refleja la correspondencia que mantuvieron ambos durante treinta y seis años, entre 1933 y 1969.

La 'rivalidad' con Vicens Vives

Se ha escrito mucho sobre los dos presuntos polos de la historiografía catalana: el representado por Soldevila y el simbolizado por Vicens Vives. El primero, archivero; el otro, profesor universitario. El uno, compartiendo la literatura con la historia; el otro, historiador arquetípico. Soldevila, político unilineal; Vicens, de trayectoria política sinuosa. La figura de Vicens ha ahogado, por su trascendencia académica entre los historiadores de mi generación, a la de Soldevila aunque este muriera mucho más tarde que Vicens. Soldevila murió en 1971 y Vicens en 1960. Hoy, en cambio, tengo la impresión que asistimos al triunfo de Soldevila en la batalla por la hegemonía historiográfica​ catalana.

Es incuestionable el importante papel de Soldevila en la historiografía y la política catalana. Por lo pronto, se ha puesto en evidencia que más allá de su condición de funcionario del Archivo de la Corona de Aragón (fue archivero desde 1922, trabajó en el archivo de la Corona durante los años de la República y se acabaría jubilando en 1964 como jefe de sección), fue profesor en la escuela de bibliotecarios y en la universidad de Barcelona hasta su exilio. Aunque retornó en 1943, no pudo reincorporarse al archivo hasta 1954. Formado en la historiografía europea (fue lector en la Universidad de Liverpool de 1926 a 1928), escribió no sólo la historia de Cataluña que le otorgó la fama, sino una gran historia de España en ocho volúmenes editada por Ariel de 1952 a 1959, que marca un hito en la visión de una España plural. Sus monografías sobre personajes de la Edad Media (de Jaume I a Pere el Gran, pasado por Ramón Berenguer o los almogávares) o su edición del Llibre de Feyts de Jaume I son de evidente valor. ¿Historiador romántico? La etiqueta se le ha puesto tendenciosamente. Romántico era Víctor Balaguer pero a Soldevila nadie le puede reprochar falta de rigor documental. Lector ávido de Pirenne y de Merriman, admirador de Allison Peers, tampoco le faltaron halagos académicos (fue doctor honoris causa en la Universidad de Montpellier).

Dos etapas

Soldevila es una figura mucho más compleja que la del arquetipo asignado de historiador romántico. Nacionalista toda su vida, evolucionó sin duda. Si hoy hablamos de dos Vicens, el primero, el positivista de su estudio sobre Fernando el Católico, el segundo, el sentimental de Notícia de Catalunya; también podemos hablar de dos Soldevila. En los años 30, el medievalista acunado en el Noucentisme catalán, evocador de las viejas glorias de la historia feliz de Cataluña, con ideas políticas que recogería y haría suyas Jordi Pujol ("fer de Catalunya un poble normal", su fe religiosa en Cataluña, su reivindicación de la cohesión nacional de los Països Catalans). La primera edición de su historia de Cataluña está escrita desde la nostalgia del tiempo medieval, de una Cataluña autónoma y desde la conciencia victimista de la presunta desnacionalización a la que fue sometida en la modernidad. Nostalgia y victimismo.

En los años 60, tras su normalización profesional en el Archivo de la Corona de Aragón, revisa su propia historia de Cataluña y afronta el reto de hacer una historia de España. Aparca ideales metafísicos, asume la capacidad intervencionista en España (curiosamente parece estar más cerca de Cambó ahora que en los años en que este le encargó la historia de Cataluña), se manifiesta sensible al iberismo, y no rehúye la autocrítica catalana como subrayaba en la entrevista que le hizo Baltasar Porcel en 1967, cuando criticaba en los catalanes: "Manca de continuitat, subestimació de l'adversari, no saber valorar els veritables guanys; en d'altres termes, no saber guanyar quan veritablement s'ha guanyat i mostrar la discreció consegüent”.

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