Bandoleros, ¿guerrilleros nacionalistas?

Ni 'robinhoods' ni luchadores por la independencia de Cataluña, los bandoleros catalanes fueron violentos ladrones que nutrieron ejércitos privados al servicio de una red mafiosa de potentados locales

Bandoleros, ¿guerrilleros nacionalistas?
08.04.2018 00:00 h.
7 min

“Les ninetes ploren, ploren de tristor, perquè Serrallonga n’és a la presó”. En el siglo XIX la memoria de uno de los bandoleros catalanes más célebres apenas se recordaba más que en canciones infantiles. Cuando los historiadores y literatos de la Renaixença constataron ese olvido, se afanaron en construir un arquetipo de bandolero hasta entonces desconocido: el héroe patriótico y generoso. Víctor Balaguer difundió una interpretación romántica en la que el bando de los nyerros eran abanderados del pueblo catalán y de la democracia, y los cadells eran partidarios de Castilla, de la monarquía y de los privilegios de la nobleza.

La invención sólo era nueva en parte. Aunque en las relaciones de sucesos y otros impresos del siglo XVII se dio buena cuenta de los asaltos y crímenes cometidos por los bandoleros, no fue esta violencia la que despertó admiración entre los escritores del Siglo de Oro. Lope de Vega, Cervantes, Tirso de Molina, entre otros, manifestaron cierta simpatía hacia el personaje del bandolero catalán por su defensa del honor y como supuesto reparador de entuertos y agravios, aunque fuese deformando la realidad. El Rocaguinarda de Cervantes era un caballero galante con las damas y solidario con los pobres. El Serrallonga de Coello, Rojas y Vélez de Guevara era otro caballero de ascendencia aristocrática, y no un simple payés del Montseny como sí era en verdad.

Deformación de la realidad

La interpretación catalanista de Balaguer fue duramente criticada por sus coetáneos. En 1890 el historiador gerundense Julià de Chia quiso cerrar el debate con esta conclusión: “Seamos francos y no nos empeñemos por mero espíritu de provincialismo en querer justificar lo que no tiene justificación alguna. No queramos cubrir con el manto protector de la política las abominaciones de los bandos y las atrocidades de los bandoleros”.

Pese a las críticas, el Don Juan de Serrallonga (1858) de Balaguer continuó siendo un éxito editorial. Su visión romántica acabó imponiéndose hasta el punto que historiadores catalanistas tan dispares como el federalista Antoni Aulèstia o el canovista Celestí Barallat afirmaron que el bandolerismo catalán del siglo XVII fue una reacción ante la política centralizadora y castellanizadora de la monarquía española. Aún más, Soler i Terol en su biografía Perot Rocaguinarda (1909) reforzó la tesis de los bandoleros como guerrilleros patriotas contra el poder central: “Nyerros i cadells volien la llibertat, la independència de Catalunya y de la antiga Confederació”.

Desmontando el mito

Desde mediados del siglo XX, historiadores como Fernand Braudel, Eric J. Hobsbawm o Joan Reglà explicaron este fenómeno como una rebeldía de la miseria, como una forma primitiva de protesta social con la que se manifestaban valores y reivindicaciones de las comunidades campesinas contra el Estado. En Cataluña las investigaciones de Xavier Torres han demostrado que esas y aquellas interpretaciones se alejaban bastante de la realidad histórica y debían mucho a la literatura. Los historiadores de la mafia siciliana fueron los primeros en advertir que, lejos de leyendas de solidaridad con los pobres, los bandoleros eran cómplices de señores y de autoridades locales. Más que de bandolerismo social proponían hablar de actividades delictivas de grupos asociales.

“Toda la región desde Perpiñán a Barcelona, y más allá, son lugares de peligro. La razón de este desorden consiste en el hecho que muchos caballeros y gentilhombres de Cataluña están enemistados y mantienen continuas luchas entre unos y otros [...] y se cometen, por esta razón, muchos homicidios y desórdenes”. Ese fue el comentario que el historiador Francesco Guicciardini hizo en 1512 a su paso por Cataluña, cuando todavía no había alcanzado el bandolerismo su mayor intensidad que se inició bajo el reinado de Felipe II a mediados del siglo XVI. Hasta la ejecución de Serrallonga en 1634 no se consideró que este problema empezaba a estar controlado. García Cárcel recordó que este fenómeno parasitario logró sus mayores cotas de violencia durante unos años en los que la sociedad catalana experimentó, precisamente, un proceso de enriquecimiento.

Al servicio de la nobleza

Como apreció Guicciardini, el bandolerismo catalán estuvo estrechamente relacionado con la nobleza, fuera urbana o de montaña. Ni fueron nyerros ni cadells, apuntó Torres, esas denominaciones fueron convencionalismos para referirse a las numerosas y enfrentadas banderías. Sólo cuando el duque de Alburquerque, virrey de Cataluña entre 1615 y 1619, puso el punto de mira en la persecución de los protectores, el bandolerismo fue perdiendo terreno y capacidad de acción. Pero aunque las cuadrillas actuaban al servicio de uno u otro noble e, incluso, de autoridades judiciales, necesitaron de muchos fautors, colaboradores y cómplices, para ejecutar sus fechorías. Aunque son conocidas diversas noticias de saqueos con participación popular, en la gran mayoría de los casos el producto de los robos no fue destinado al pueblo.

De todos modos, el bandolerismo fue un fenómeno transversal que implicó, de mayor a menor grado, a miembros de todos los grupos sociales, desde la alta nobleza hasta campesinos empobrecidos, sin olvidar las clases medias urbanas. Vicens Vives ya advirtió de los riesgos de inventarse la realidad histórica del bandolero: “La més atractiva sería considerar-lo como el català dissident, l’home que prepara la gesta de 1640. Però es això es puramente il·lusori”. Ni robinhoods de los bosques ni guerrilleros nacionalistas, los bandoleros catalanes fueron, como sus vecinos valencianos, violentos ladrones que nutrieron ejércitos privados al servicio de una red mafiosa de potentados locales.

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