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Jordi Canal, el historiador, en la entrevista con Crónica Global / CG

Canal: "El complejo de superioridad del independentismo es evidente"

El historiador Jordi Canal señala que "ayer y hoy" el catalanismo y ahora el independentismo ha mantenido un complejo de superioridad, de justificar su diferencia porque es mejor

15.04.2018 00:00 h.
12 min

La historia, la desmitificación de una construcción nacional. Jordi Canal aplica esos principios a Cataluña, pero no se olvida de Francia, o de España. Tiene claro que “las naciones se construyen”, y que para ello es necesario “tener materiales suficientes, y recursos”. Jordi Canal (Olot, 1964), es profesor de la École des Hautes Études en Sciencies Sociales (EHESS) de París. Autor de El carlismo. Dos siglos de contrarrevolución en España (2000), entre otros trabajos, publicó en 2015 Historia mínima de Cataluña, donde se repudia el artificio y se ofrece la columna vertebral del catalanismo. Ahora acaba de publicar Con permiso de Kafka, el proceso independentista en Cataluña (Península), donde aborda cómo el catalanismo ya tenía en su horizonte la voluntad de ser Estado, con tres grandes momentos que identifica con la Mancomunitat, la II República y el pujolismo. Asegura en una entrevista con Crónica Global, que, “ayer y hoy”, el “complejo de superioridad de catalanismo y ahora del independentismo es evidente”. Y formula su particular crítica a lo sucedido: “Es un movimiento que exige fe, una especie de religión, del que será difícil salir”.

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Jordi Canal en la redacción de Crónica Global / CG

--Usted explica en su libro que uno de los momentos clave es el pujolismo, que pone en marcha un plan de nacionalización de Cataluña. ¿Estaba ya en el seno del pujolismo el proyecto actual, el movimiento independentista?

--Cuando Jordi Pujol llega al poder quiere construir Cataluña. Eso implica nacionalizar, en un país donde los catalanes se sientan parte de la comunidad nacional. Hay que hacer catalanes conscientes, como lo hicieron los franceses, o lo intentaron hacer los españoles. Pujol lo que hace, desde ese momento, y ya desde antes, desde que inicia su actividad política, es construir Cataluña desde un punto de vista político. Para ello tiene claro que debe tener una televisión y la escuela, como recuperadora de la lengua y creadora de conciencia nacional. Necesita reconstruir y construir instituciones, como la Generalitat y aprovechar la posibilidad de crear funcionarios, como red de influencia, que será muy importante. Pero no creo que tuviera en la cabeza el proyecto independentista, como lo conocemos ahora. Pujol lee bien la realidad, y sabe que la independencia no podía plantearla en aquel momento. Ahora bien, el nacionalismo catalán desde el primer día, con Prat de la Riba, ya se plantea que en el horizonte estará el Estado.

--¿En el inicio del catalanismo?

--Sí, con Prat de la Riba y la Mancomunitat. Prat tiene claro que Cataluña es una nación, que viene de lejos, pero hay una nación que estamos reconstruyendo, y todas las naciones se merecen tener un estado. Se cree que un día seremos independientes, eso siempre ha estado ahí, aunque primó el pragmatismo, la idea de intervenir en España, una Cataluña en una España europea. Todo ese proyecto, claro, va evolucionando, con Francesc Cambó, con Trias Fargas mucho más tarde y con Jordi Pujol. Pero ese proceso de construcción es un éxito que va más allá de lo que había pensado el propio Jordi Pujol, que se vio favorecido por las mayorías nacionalistas de CiU, con la anulación de la oposición, con los socialistas en un segundo plano tras el caso de Banca Catalana. Lo hicieron muy bien, con una televisión de alta calidad, con TV3, con buenos profesionales. La nacionalización ha sido exitosa, más, incluso, de lo que pensó nunca Pujol.

Las naciones se crean, y a eso se dedicó Pujol, aunque no creo que pensara nunca que tendría tanto éxito

--Pero Pujol pedía paciencia, como señala usted en el libro, y explica bien Francesc de Carreras. ¿Se han precipitado sus seguidores con el proceso soberanista?

--Si, está claro. El proyecto de Pujol fue intergeneracional, pero mandaba la generación de Pujol y la de sus consejeros, pragmáticos y dispuestos a ser pacientes. Las juventudes de su partido, en cambio, eran netamente independentistas. Eso se veía como una fiebre juvenil. Cuando toque llegar al poder, esas generaciones serán, también, pragmáticas. Se pensaba eso. Pero no ha sucedido. Todo cambia a partir del siglo XXI, con la fuerza de Esquerra, con la reforma del Estatut, con la irrupción de la crisis económica. Para verlo rápidamente hay que recordar tres figuras, la de Jordi Pujol y su hijo Oriol Pujol, y entre ellos Artur Mas, que es autonomista, pero que se convierte al independentismo, y lleva a su partido hacia esa vía, aunque ya había independentistas en su seno.

--Ha considerado, anteriormente, que los españoles “intentaron” la nacionalización. ¿Se quedaron a medias y eso explica en gran parte el problema?

--El surgimiento del nacionalismo catalán es un efecto, precisamente, del nivel del fracaso, o de la debilidad, de ese nacionalismo español. En todo caso, el nacionalismo español no lo consiguió del todo, si se compara, por ejemplo, con Francia, que hay que decir que se cargó todas las lenguas. Hubo un intento de nacionalización. Para ello los estados tenían dos grandes medios, la escuela y el servicio militar y también las comunicaciones. Lo que ocurre es que la inversión en educación es mínima, y en el caso del servicio militar, las quintas no favorecieron ese elemento nacionalizador, porque ese sistema liberó a los más favorecidos.

Con la crisis económica se acelera todo un proceso soberanista que ya estaba latente, desde el primer catalanismo

--En el caso de la escuela, Álvarez Junco sostiene que el problema es que la educación estaba en manos de las órdenes religiosas y que éstas tenían como cometido fabricar católicos y no españoles.

--Sí, es cierto, pero con matices. Eso lo he hablado en diversas ocasiones con Álvarez Junco, porque en el siglo XIX fabricar católicos era sinónimo de fabricar españoles y al revés también. Pero todo eso influye, claro, como el poco interés por los símbolos. España pierde las colonias, el fin del siglo es complicado para el Estado español, pero, en parte, lo que ocurre es que se piensa que no es necesario, que la construcción nacional ya la tiene hecha. Entre 1895 y 1902 lo pasa realmente mal, con atentados anarquistas, con agitaciones constantes. Y eso coincide con un regionalismo que va surgiendo, un movimiento al que juegan intelectuales, pero también empresarios. Es el caso de Cataluña, donde la burguesía juega a favor de ese movimiento, porque ha perdido los mercados cubanos. Y si tienes materiales para fortalecer ese proyecto, se acaba produciendo. Es decir, si tienes una lengua, una historia, unas tradiciones, lo tienes todo para esa construcción nacional propia. Es cierto que no lo tuvo sólo Cataluña. Aragón también disponía de mucho material, por ejemplo, también tenía una historia propia, o en el País Valenciano. Sin embargo, no surgió.

La idea de que no quiero estar con gente menos moderna, porque son gandules, ya estaba en la Mancomunitat

--¿Cataluña todavía vive, entonces, de ese movimiento, del Noucentisme? ¿Fue tan determinante ese momento?

--En muchos sentido sí. Hay tres momentos, como explico en el libro. El primero es ese, el de la Macomunitat, o el del Noucentisme; el segundo se produce en la II República, y el otro es toda la etapa del pujolismo. Pero está claro que las bases del nacionalismo se producen ahí, con la Mancomunitat, con la recuperación de la lengua y la normalización de Pompeu Fabra. Se trataba de crear buenos trabajadores, y buenos funcionarios, con la idea de que éramos mejores. El complejo de superioridad es evidente, ayer y hoy. La idea de que somos el buen trabajador, frente al otro, ya está en Mancomunitat. Es un elemento clave del proceso soberanista. Se trata de no estar con los que les atribuimos características negativas: son gandules, y además nos roban. En ese momento, el de la Mancomunitat, ya están todos los elementos: la lengua, las escuelas, las comunicaciones, con instituciones, como la Biblioteca de Catalunya, o referentes de la talla de Eugeni d’Ors. Es un proyecto de modernidad, de ser europeos. Todo eso ya estaba y ahora se ha utilizado de otra manera.

Ha habido un caso de deslealtad, de región rica que no quiere tirar del carro del resto de comunidades

--Pero, ¿no se resuelve en gran medida ese conflicto con la transición y la Constitución de 1978? ¿Se trata, en el fondo, de un problema de deslealtad?

--Debemos decir que el estado de las autonomías ha tenido un gran éxito. Fue un intento de resolver un problema que tiene 100 años, y que, a lo largo del siglo XX se intenta resolver con la dictadura de Primo de Rivera –mal--, con la II República --un buen intento-- y, de nuevo de mala manera con la dictadura franquista. Pero con la Constitución de 1978 se logran 30 años de grandes avances, de consolidación de la democracia. Lo que ha pasado es cierto que se puede ver como un acto de deslealtad, pero eso no es exclusivo de Cataluña. Es propio de las regiones ricas que se consideran superiores, que, de alguna forma, no quieren cargar con las otras, como pasa en Italia, con la Liga Norte. Es una revuelta de una región rica, que no quiere asumir el hecho de tirar del carro de otras comunidades. Y en una comunidad, como Cataluña, de amplias clases medias, que no quieren dejar de ser como eran, que no quieren perder peso. Por ello, el proceso soberanista es un fenómeno de las clases medias y sobre todo de las clases medias del interior de Cataluña.