Vox y el antifascismo

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Una norma de valor universal dice que las cosas no suceden porque sí, ni siquiera en la política. El fenómeno de Vox responde en lo sustancial a las mismas causas que dieron nacimiento a Podemos y al prusés. Aquí es importante, pero menor, me parece, el factor del “españolismo”, o sea el orgullo ofendido de una comunidad que ha aguantado con mucha paciencia y durante muchos años las ofensas de los nacionalismos periféricos, y que seguramente los hubiera seguido aguantando sine die si se dibujase para ella un porvenir aceptable. Ese porvenir no se ve por ninguna parte, todos los arúspices sólo ven más crisis, más sufrimiento, más desempleo. Y así Vox se puede considerar también una respuesta andaluza a los desplantes y las groserías del nacionalismo xenófobo catalán sobre la tendencia innata de los andaluces a hablar el español con acento ininteligible, a pasarse el día en el bar, a vivir como parásitos de Cataluña. Algo de respuesta a eso hay en el fenómeno Vox. Pero me parece que es un factor secundario.

Algunos creen, o quieren creer, o quieren hacer ver que creen que el espectro del general Franco se ha levantado de su tumba y que un atavismo carpetovetónico, intolerante, xenófobo, reprimido y represor, que a lo mejor se remonta a los siglos de la Reconquista, está latente desde entonces en la epigenética de los españoles y que, sojuzgado hasta ahora, vuelve rampante por sus fueros sin que se sepa muy bien por qué ahora y no hace diez años, por ejemplo, o veinte.

Parece que puede ser una exageración, y una comodidad, definir o denostar a Vox como un partido franquista o fascista, como hacen tantos analistas perezosos o interesados y algunos grupos de jóvenes desocupados, sobrados de tiempo libre y de testosterona, anhelantes de acción, de camorra y de una causa noble, que por cierto antes de que Vox existiera ya se habían organizado y ya operaban acosando a disidentes y atacando a periódicos como éste, bajo el marchamo exonerador del “antifascismo”. Estos jóvenes --según ellos mismos, “antifascistas”; para los demás, camisas pardas del prusés-- nacieron exactamente en la misma incubadora donde ha nacido Vox.

Aún es pronto para prever si el nuevo partido crecerá y se expandirá a la velocidad relampagueante con que parece hacerlo, y que según pronostican algunos observadores de la derecha, será la tumba del PP. Pero ya se puede decir que tanto como de la derecha Vox se alimenta de los mismos sectores que hasta hace poco respaldaban opciones políticas de izquierda o de extrema izquierda. Y más se alimentará de esos sectores cuanto más lo demonice la insoportable corrección política.  Igual sucede en Francia, donde como es sabido el Frente Nacional de Le Pen a pesar de la inepcia de sus líderes y de los cordones sanitarios engorda en cada cita electoral desde los años ochenta con los votos de los territorios más maltratados por la crisis sistémica que antes sustentaban al partido socialista y al comunista.

Como todos los movimientos populistas y más o menos nacionalistas, incluidos el que condujo al Brexit, el que llevó a Trump a la presidencia de los Estados Unidos, el griego de Tsipras, el Frente de Le Pen, el procesismo catalán y otros fenómenos populistas, Vox nace de la conciencia de que la política tradicional en el eje socialdemocracia-derecha liberal no controla la evolución de la economía, y ésta es bastante menos amable de lo que queríamos creer en aquellos tiempos ya remotos cuando acudíamos al banco y nos daban una hipoteca razonable, que creíamos fácilmente pagable salvo que nos sucediera el casi impensable cataclismo de perder el empleo, razonablemente bien remunerado. ¡Qué tiempos!

Por poner un solo ejemplo: la política no puede controlar el delirante encarecimiento de la vivienda en las grandes ciudades, ni siquiera en España donde ocupan las alcaldías de Madrid y Barcelona las fuerzas teóricamente más conscientes de la gravedad del problema de que los ciudadanos sean expulsados --como en Lisboa, en París, en Londres-- de los lugares que en régimen de casi exclusividad son los únicos donde se genera y se puede conseguir empleo, que son las grandes ciudades. Si la política no puede controlar ni siquiera lo que es la base de la pirámide de Maslow…

(Qué significativo es, dicho sea de paso, que el último redentor que se lanzó al ruedo de la política con ánimos de conquistar los cielos lo primero que ha hecho ha sido comprarse una mansión exactamente igual que las residencias de aquella casta que él y los suyos decían detestar.)

Una clase social tras otra, empezando por los obreros, siguiendo por la pequeña burguesía, los empleados, la mediana burguesía, los comerciantes, etcétera, todos los integrantes de esas “categorías”, como las denomina Christope Guilluy en “No society”, son “redundantes”. El malestar alienta en el cuerpo social de esta “no society” sin que la clase política ni la clase mediática sean capaces de detectarlo en toda su magnitud ni mucho menos de dar solución a sus angustias, pues están demasiado ocupadas básicamente en la mentira y la propaganda.

Cuando aparecen determinados síntomas inquietantes, como Vox, prefieren rasgarse ostentosamente las vestiduras y gritar que vienen los fascistas, y tomar el síntoma por la enfermedad, lo que nos tiene a todos muy entretenidos y exentos del fastidio de mirar y pensar, mientras en otro lugar se va decidiendo cuál es el próximo sector “redundante”…

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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