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La huelga de hambre

Ignacio Vidal-Folch
4 min

Los médicos, las enfermeras, los bomberos y otros colectivos damnificados por la crisis y por la inoperancia del nacionalismo se apretujan contra las puertas solemnes del Parlamento catalán, tratan de forzar la entrada, gritan, aúlllan, son rechazados a porrazos por los policías, y... en fin, un fenómeno revelador, una cosa catastrófica para el Govern... a no ser que pueda algún miembro de ese Govern encontrar un tema que disperse la atención. Como por ejemplo, que cuatro iluminados se pongan en huelga de hambre.

Estamos en un retorno a lo ya visto: los asaltos al Parlament de las huestes de indignados cerca de junio de 2011. Cuando los caudillos del procés tuvieron que acceder a la sede de representación del pueblo en helicóptero. Recuerdo que la socialista Montserrat Tura no pudo subirse al autogiro y tuvo que soportar --¡la pobre!-- que le tiznasen la gabardina con un grafito que decía "vete a tomar por donde amargan los pepinos", o algo así. Luego en un juicio la desgraciada se quejaba de su maldita gabardina...

Como recordará el lector, ante aquel desafío del asalto o del cerco al Parlament el Gobierno regional reaccionó --no se le puede negar en esto habilidad de tahúr-- como si no fuera un ataque contra él, sino un ataque al Estado, Estado del que formaba parte pero al que al mismo tiempo culpaba de todos los males (sin que esto le impidiera presentarse como acusación en el juicio contra los desdichados asaltantes, y pedir graves penas de cárcel para ellos. A esta vil ambivalencia moral es a lo que se llama el procés). 

Con este truco desleal y vulgar consiguió el Govern que una protesta popular contra los recortes sociales se convirtiera en un tsunami nacionalista. El Astuto puso a su bien asalariada morralla intelectual a repetir que “España nos roba” y así desvió sus responsabilidades.

El Astut tenía muy asimilada la idea de que cuando no puedas enfrentarte a una masa lo mejor es que te pongas al frente de ella; puso en marcha una operación separatista de cuyas consecuencias (el nacimiento de Vox, por ejemplo) no tenía idea. Ahora hace circular la idea de que el 155 le ha costado 1.800 millones a Cataluña. No se da cuenta, el pobre, de que puede venir alguien a reclamarle responsabilidad por esos 1.800 millones. Ya que el Estado los gastó para desactivar su deslealtad.

El coste de la presencia de los piolines en Cataluña debería ser achacado, en mi modesta opinión, al Govern nacionalista que la hizo inevitable. ¿Por qué tienen que pagar el Golpe de Estado todos los españoles, y no los que lo asestaron?

Pero esto es casi lo de menos, pólvora del rey...

Lo más significativo, me parece, es que cuando los colectivos de médicos, bomberos, enfermeras, etcétera, en fin, la gente corriente, indignada con razón, hastiada de tantos engaños y de tantas promesas incumplidas desde 2012, se rebela contra el Govern, reclama lo que es suyo y, exasperada por una clase dirigente que sólo sabe hablar de repúblicas y de collonadas, asalta las sacrosantas puertas del Parlament...  el Movimiento Nacional consigue convencer a cuatro de sus más destacadas nulidades de que se pongan en huelga de hambre y copen los titulares y la emocionalidad de la gente sencilla.

Siempre el nacionalismo, en cualquier sociedad donde se ha presentado, ha servido estupendamente para ocultar lo inaceptable con belleza sentimental, con kitsch.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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