Los destinos cruzados de WannaCry

Ignacio Vidal-Folch
5 min

Los piratas que chantajearon a particulares y empresas de 150 países, encriptando con su virus WannaCry los archivos de 200.000 ordenadores hasta que pagasen rescate, han perdido el botín, según BBC News. Habían logrado recolectar cerca de 140.000 dólares en la moneda virtual bitcoin. Teniendo en cuenta la extensión global del ataque parece una suma francamente ridícula, pero es que las advertencias de las autoridades en el sentido de que pagar el rescate no garantizaba la recuperación de los documentos secuestrados disuadió de hacerlo a muchas víctimas. Además, las grandes corporaciones han aprendido a guardar copias seguras de sus archivos o bien disponen de recursos informáticos para desencriptarlos. Sólo algunos particulares totalmente indefensos se resignaron a someterse y pagar el rescate que se les exigía.

Resulta que los movimientos de un bitcoin dejan rastro; la historia de las transacciones realizadas con él pueden ser seguidas desde el principio al final, de manera que cuando los hackers han tratado de cambiar su botín, perfectamente localizado en tres “carteras” virtuales del servicio ShapeShift, por otra moneda virtual más perfectamente opaca y anónima llamada monero, sus movimientos han sido detectados y el dinero ha sido frozen, congelado. ShapeShift informa también de que ha tomado medidas para que todas las direcciones asociadas con los piratas de WannaCry formen una “lista negra” que impedirá cambiar los bitcoins a moneros o a cualquier otra criptomoneda. De manera que a los piratas no les queda otra que gastar abiertamente sus bitcoins y ser descubiertos, o renunciar a ellos.

Les compadezco. Ha de ser una pesadilla, después de haber puesto en jaque al mundo entero, no poder disfrutar de la modesta fortuna tan deshonestamente ganada.

La reunión ha empezado con mucha tristeza, están los dos muy callados, pero al tercer trago Boris masculla: “Qué demonios, estuvimos en un tris de lograrlo”. Iván asiente y agrega: “¡La próxima vez los vamos a joder de verdad!”

Aunque se sospecha que el gusano WannaCry fue obra de alguna siniestra agencia de Corea del Norte, yo después de mucho investigar me inclino a creer que es obra de hackers rusos, que bien podrían llamarse Boris e Iván, y que en estos momentos están tratando de consolarse de la pérdida, de la intangibilidad de sus bitcoins, con unas botellas de vodka de patata en algún garito inmundo en un sótano de Moscú, rodeados de alcohólicos terminales. Hasta el camarero está borracho. El suelo está cubierto de serrín húmedo. La reunión ha empezado con mucha tristeza, están los dos muy callados, pero al tercer trago Boris masculla: “Qué demonios, estuvimos en un tris de lograrlo”. Iván asiente y agrega: “¡La próxima vez los vamos a joder de verdad!”. Se estimulan el uno al otro, pronto están eufóricos, lanzan grandes carcajadas, invitan a una ronda a toda la parroquia. Y todos los clientes brindan a la salud de esos dos chicos tan simpáticos y generosos.

Mientras, en Las Vegas, Marcus Hutchins camina cabizbajo por el Strip, entre los hoteles y los casinos. Marcus, informático inglés de 22 años, se hizo famoso como el héroe que le dio a un “botón de apagado” que detuvo la propagación del gusano WannaCry y así dio tiempo a proteger millones de ordenadores y orquestar vacunas y defensas. Pero el otro día asistió a una convención de informática en Las Vegas, donde el FBI le detuvo bajo la acusación de que hace un par de años puso en venta pública un software para robar claves bancarias.

Mientras espera el juicio, Marcus, que se declara inocente, está en libertad condicional, despojado de su pasaporte y sus tarjetas de crédito y privado de acceso a internet. Las Vegas, en estas circunstancias, ha de ser un lugar infernalmente aburrido.

Qué mala suerte. Qué paradoja. Los golfos apandadores emborrachándose alegremente y Mickey Mouse detenido. Eso del ciberespacio es como la vida misma. WannaCry quiere decir “vas a llorar”.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario Papel y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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