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Una foto de Ignacio Vidal-Folch con una imagen del anuncio eliminado de la marca Desigual de fondo

Una foto de Ignacio Vidal-Folch con una imagen del anuncio eliminado de la marca Desigual de fondo Crónica Global

Pensamiento

Aquí no nos gustan las “gromas”

"Me pregunto si no reírse nunca es signo de conocimiento de la verdad de la vida —porque la vida es un asunto trágico—, o si, por el contrario, la gente está siempre tan seria porque la gente es infantil e ignorante"

Publicada

Cuando mi sobrina (que ahora es una joven guapísima) era pequeñita, tendría cuatro o cinco años, un día le gasté una broma. Le dije, fingiendo adoración:

—Ay, peke, ay, cariñito, llevas un vestidito precioso, eres maravillosa… eres una niña tan… tan… tan… ¡…tan FEA!

Inmediatamente rompió a llorar.

Para consolarla, me apresuré a aclararle:

—¡Oye, que era una broma! ¿Entiendes qué es “una broma”? ¡Era una broma!

Muy seria, enjugándose las lágrimas, la niña replicó:

—¡No me gustan las gromas!

Contuve la risa, pues hubiera arreciado el llanto.

A Barcelona parece que tampoco le gustan las “gromas”. Anda la gente por la calle con una cara muy seria, con una expresión un tanto irritada que descorazona, según tengo comprobado, a los inmigrantes suramericanos. Les parecemos una gente amargada, que no sabe divertirse. Todo es muy serio. Todo es trascendente, tirando a pomposo. Qué le vamos a hacer, si no nos gustan las gromas.

Se llama “agelastia”. Los griegos llamaban “agelastos” (sin risa) a quienes entraban en la cueva de Trofonio —que era un demon, o un semidiós, o un adivino, no está clara su naturaleza— y a la salida ya no volvían a reír jamás. Se les quitaban las ganas para siempre, porque allí habían aprendido algo terrible. Los agelastos son tristes; nunca ríen. La misma existencia de este mito indica que el sentido del humor y la risa eran para los griegos importantes. Como demuestran Aristófanes, Platón o Luciano de Samosata…

Me pregunto si no reírse nunca es signo de conocimiento de la verdad de la vida —porque la vida es un asunto trágico—, o si, por el contrario, la gente está siempre tan seria porque la gente es infantil, ignorante, como mi sobrinita, y no entiende que el sentido del humor anima mucho nuestro tránsito por este valle de lágrimas.

Pensaba en estas cosas el otro día, al leer en Crónica Global la noticia de que la marca de ropa y complementos de moda Desigual, que es una popular empresa barcelonesa fundada por un señor suizo, con la sede en la Barceloneta y con dimensión internacional, ha tenido que retirar de las redes sociales una campaña publicitaria, un vídeo de carácter humorístico.

Las redes sociales se indignaron por la manera irónicamente crítica en que el anuncio retrataba la realidad de las calles de Barcelona.

Me apresuré a buscar el vídeo: se ve a unas modelos, muy sonrientes, caminando por el centro de la ciudad. Se oyen al fondo voces en inglés (turistas) y la modelo explica que le gusta oír por todas partes el idioma “local”. Se toma una taza de café y paga una fortuna. Soporta el ruido estruendoso de las calles. Recibe sobre la cabeza las deyecciones de las palomas… Le intentan dar el “tirón”, robarle el bolso (de la marca Desigual, claro), y ella se resiste, diciendo encantada: “¡A todos les gusta mi bolso!”

Bueno, es un retrato irónico (y exagerado, como siempre es la publicidad) de Barcelona, no es para tomarlo en serio sino cum grano salis, o sea con una pizca de sal, con cierta predisposición humorística, pero ese retrato de la vida en Barcelona a los tuiteros e instagramers locales les sentó fatal: “¡No tenéis puta gracia!” “¡No hagáis vuestro marketing con nuestra gentrificación!”, etc.

La empresa se dio prisa en retirar el anuncio y pedir excusas: “No era lugar para la ironía. Lo hemos entendido.” Yo también entiendo a la empresa: no vale la pena arriesgarse, por una “groma”, a una campaña de cancelación, de las que tanto abundan hoy en día.

Pero si un anuncio, nada menos que en Instagram, no es lugar para la ironía, ¿cuál es el lugar? El periodismo, desde luego, no, porque los lectores tienden a tomárselo todo al pie de la letra. Admiro a quienes, como nuestros compañeros Ramón de España y Guillem Bota, transitan por ese territorio minado que es el territorio del comentario humorístico.

Antes, parece que las bromas eran bienvenidas incluso en situaciones críticas. Le advirtieron a Leónidas, el héroe espartano de las Termópilas, que el ejército persa era tan numeroso que si disparaba sus flechas taparían el sol. El general espartano respondió: “Mejor, combatiremos a la sombra”. Jerjes le envió a un mensajero a exigirle que se rindiese y depusiera las armas, y Leónidas respondió: “Molon labe”, Ven tú a buscarlas.

Y mira que la situación era comprometida. Pero hoy somos de otra pasta. El otro día escribí que me gustaría tener un millón de euros para invertirlos en acciones de alguna empresa armamentística, que, dada la situación del planeta, son las que más dividendos arrojan. Bueno, me van a hacer una entrevista en público, y ya estoy preparando una respuesta bonista, virtuosa, y agelasta, por si al entrevistador se le ocurre preguntarme por esa frase. Espero que no. Si lo hace, le explicaré que lo decía en groma.

No estamos para gromas. Recuerdo con cariño a un buen gromista, que era el escritor Terenci Moix. Solía citar las primeras frases de la novela Scaramouche de Rafael Sabatini: “Nació con el divino don de la risa y la intuición de que el mundo está loco. Y ése era todo su patrimonio.”

Bueno, pues está muy mal visto ese “patrimonio”. Cualquier día lo gravarán con un impuesto.

Hasta entonces, yo, como la modelo cancelada, me propongo ir repitiendo: “¡A todos les gusta mi bolso!”