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Silvia Urarte ante jóvenes migrantes que duermen en las calles de Ceuta

Silvia Urarte ante jóvenes migrantes que duermen en las calles de Ceuta Europa Press

Pensamiento

Ceuta y el límite de la sostenibilidad urbana

"La entrada masiva de personas desde Marruecos ha concentrado sobre un territorio de apenas 19 kilómetros cuadrados una presión humana, administrativa, sanitaria y de seguridad que ninguna ciudad puede absorber indefinidamente"

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La sostenibilidad urbana suele explicarse a través de las emisiones, la movilidad, los residuos, la eficiencia energética o las zonas verdes.

Sin embargo, una ciudad no demuestra que es sostenible durante un día normal. Lo demuestra cuando recibe un impacto que altera de golpe su población, sus servicios y su capacidad de respuesta. Ceuta acaba de recordárnoslo.

La entrada masiva de personas desde Marruecos ha concentrado sobre un territorio de apenas 19 kilómetros cuadrados una presión humana, administrativa, sanitaria y de seguridad que ninguna ciudad puede absorber indefinidamente.

Según las cifras comunicadas por el Gobierno en septiembre, alrededor de 13.000 personas continuaban en Ceuta. En una ciudad de aproximadamente 83.000 habitantes, equivale a incrementar su población alrededor de un 16% en pocas semanas, sin viviendas, recursos ni planificación previa.

Trasladado a Barcelona, sería como recibir de repente a más de 250.000 personas. En Madrid, a más de medio millón. No para instalarse en viviendas disponibles y acceder de forma gradual al mercado de trabajo, sino necesitando alojamiento, identificación, asistencia, seguridad y tramitación administrativa desde el primer día. La dimensión cambia por completo el debate.

Reconocer este límite no significa negar la dignidad ni los derechos de quienes llegan. Significa entender que la acogida también necesita condiciones materiales para ser realmente humana. Cuando el volumen y la velocidad superan la capacidad del sistema, se deteriora la atención a las personas recién llegadas y también la vida de quienes ya habitan la ciudad.

Una ciudad sostenible no es una ciudad con capacidad infinita. Es una ciudad que conoce sus límites, anticipa escenarios, dispone de alternativas y puede absorber una perturbación sin que colapsen sus funciones esenciales. La vivienda, la sanidad, la seguridad, la limpieza, la movilidad, el espacio público y la convivencia forman parte del mismo sistema. Gestionarlas por separado produce una falsa sensación de control.

Ceuta muestra además que la vulnerabilidad no depende únicamente del número de personas. Depende de la relación entre el impacto y el territorio que lo recibe. Una misma llegada distribuida entre diferentes ciudades tendría consecuencias muy distintas. La concentración convierte una cuestión migratoria en una crisis urbana.

En los sistemas complejos, un desencadenante rara vez basta para explicar el resultado. El impacto aparece cuando ese acontecimiento encuentra vulnerabilidades previas, conexiones que lo propagan, amplificadores que aumentan su intensidad y barreras insuficientes para contenerlo.

La secuencia puede expresarse de forma sencilla: desencadenante + vulnerabilidad + conectividad + amplificadores - barreras = impacto. En Ceuta, las convocatorias masivas en redes sociales actuaron como desencadenante.

El tamaño del territorio, su posición fronteriza y la limitada capacidad de acogida constituían la vulnerabilidad. Las redes, los rumores y las rutas terrestres y marítimas aportaron conectividad. Las dificultades iniciales de coordinación y la lentitud de los traslados contribuyeron a amplificar la crisis. Las fuerzas de seguridad, los recursos extraordinarios y la redistribución territorial debían funcionar como barreras.

Cuando las barreras llegan tarde, el sistema deja de gestionar el acontecimiento y empieza a reaccionar a sus consecuencias.

El caso de Ceuta revela una vulnerabilidad estructural. Una ciudad fronteriza depende de que funcionen a la vez la vigilancia, los sistemas de alerta, la coordinación entre administraciones, los recursos de acogida y los mecanismos de traslado. Si una sola de estas piezas falla o llega tarde, la presión se concentra inmediatamente sobre el territorio.

La prevención debe trabajar con señales, capacidades y escenarios, no esperar a que la crisis se haya materializado.

Una ciudad debe conocer qué funciones dependen de terceros, qué alternativas existen y durante cuánto tiempo puede sostener sus servicios esenciales si la cooperación se debilita.

La frontera de Ceuta no separa únicamente dos territorios. También conecta decisiones diplomáticas, cooperación policial, política europea, redes sociales, desigualdad económica y movilidad humana. Lo que sucede fuera de la ciudad se traduce rápidamente en presión sobre sus calles, sus servicios municipales y su convivencia cotidiana.

El problema no se resuelve convirtiendo Ceuta en una fortaleza ni dejando que la ciudad soporte en solitario las consecuencias.

La respuesta sostenible exige distribuir capacidad, responsabilidades y recursos. La acogida puede realizarse con humanidad cuando existe coordinación entre administraciones, mecanismos ágiles de traslado, cooperación internacional, seguridad jurídica y financiación preparada antes de la emergencia.

Esto obliga a cambiar la pregunta. No se trata solamente de cuántas personas puede acoger Ceuta, sino de cuánto tiempo puede hacerlo, en qué condiciones y qué parte del esfuerzo deben asumir el Estado y la Unión Europea. La solidaridad sin planificación termina desgastando precisamente la solidaridad que pretende proteger.

La cooperación transfronteriza es imprescindible, pero una dependencia crítica no puede descansar únicamente en la actuación de un tercero. Debe acompañarse de capacidad propia, protocolos verificables y alternativas preparadas para cuando la coordinación falla, se debilita o no llega a tiempo.

Ceuta plantea una pregunta aplicable a cualquier sistema: ¿qué ocurre cuando recibe una presión superior a aquella para la que fue diseñado? Puede suceder en una ciudad, en un hospital, en una empresa o en una red energética. El error habitual consiste en medir la eficiencia durante la normalidad y confundirla con resiliencia.

La eficiencia ajusta recursos y elimina redundancias. La resiliencia conserva alternativas, identifica dependencias y ensaya escenarios. No son modelos incompatibles, pero exigen equilibrios distintos. Ceuta no necesita ser autosuficiente; necesita evitar que sus funciones esenciales dependan de una sola barrera, una sola administración o la cooperación permanente de un único actor externo.

Gestionar una crisis urbana exige decidir qué debe protegerse, conocer la capacidad disponible y actuar antes de que cada decisión se convierta en una urgencia.

Ceuta ha sufrido una crisis migratoria, pero también una prueba de resistencia institucional y urbana. Ha mostrado que las ciudades no son escenarios pasivos de los grandes acontecimientos. Son el lugar concreto donde las tensiones globales se convierten en alojamiento, asistencia sanitaria, seguridad, presupuesto y confianza ciudadana.

La acogida puede y debe ser humanitaria. La improvisación nunca lo es. Y cuando un territorio recibe en pocas semanas una población equivalente a una parte significativa de sus habitantes, ya no estamos solamente ante un fenómeno migratorio. Estamos ante una prueba de sostenibilidad urbana.

La sostenibilidad de una ciudad también se mide en los momentos de mayor presión: en su capacidad para anticiparse, mantener los servicios esenciales y responder sin abandonar ni a quienes llegan ni a quienes ya viven en ella.