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Jordi Mercader opina sobre el discurso de Salvador Illa en la Diada

Jordi Mercader opina sobre el discurso de Salvador Illa en la Diada

Pensamiento

La Diada que presagia la tormenta

"La tensión entre los extremismos en el seno del independentismo es una ilusión que tiene los días contados, a poco que los sondeos acierten. El izquierdismo tiene pie y medio fuera del Parlament y los xenófobos crecen hasta amenazar con un número de diputados que podría hacer ingobernable la Generalitat"

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El presidente Salvador Illa desgrana habitualmente un institucionalismo de guante blanco alrededor de conceptos estupendos que para sí quisieran todas las naciones del mundo, incluida Cataluña.

En su discurso de la Diada, acentuó el tono y el contenido de esta afabilidad política que le caracteriza. Elogió la convivencia, reclamó la unidad del país, citó a Tarradellas, reivindicó la necesidad de seguir siendo un solo pueblo y apostó por alcanzar la excelencia colectiva para hacer frente a los retos generales de la humanidad.

El patriotismo del actual presidente de la Generalitat no tiene aristas, serviría para cualquier país democrático y seguramente no consigue poner la piel de gallina a nadie. Tal vez sea una buena idea que la primera autoridad de Cataluña haga un esfuerzo para intentar que el pálpito del país se mueva por la banda baja de la emotividad, especialmente en vísperas de la Diada, una fiesta de la que se apropió el soberanismo en la última década.

El único peligro de este discurso moderado es que se convierta en un ejercicio voluntarista, en un intento unilateral de presentar un país que ya habría recuperado la normalidad perdida el día que Artur Mas creyó ser Francesc Macià.

Hay nubes negras en el horizonte y presagian tormenta.

Ciertamente, el independentismo no tiene la fuerza social para empujar al país a revivir el estrés alcanzado durante el procés. Desde hace años, el soberanismo sobrevive gracias a los impulsos que le regalan de vez en cuando el Estado más profundo que se mueve entre los jueces y la policía.

No se trata, lógicamente, de que estos poderes quieran beneficiar al separatismo, simplemente, la pervivencia del independentismo es una espada de Damocles para Pedro Sánchez desde el día que decidió indultar a los dirigentes condenados por el Tribunal Supremo. Por eso ahora volverá Carles Puigdemont más pronto que tarde, para perjudicar las expectativas electorales del PSOE.

El independentismo se ha convertido, pues, en un juguete de las fuerzas oscuras del Estado. De la misma manera que la política catalana se ha españolizado como nunca, por obra y gracia de los intereses parlamentarios de Pedro Sánchez, que ha encontrado en Salvador Illa al presidente más fraternal.

No es una situación ideal para las aspiraciones más ambiciosas del catalanismo pero, siendo realistas, el margen de maniobra del actual Gobierno catalán no da para más, su futuro depende de la suerte que vaya a tener Sánchez en las próximas elecciones y de lo que tarde el independentismo en rearmarse.

El futuro de Sánchez es un enigma, el del separatismo, no tanto. Unas horas antes del discurso presidencial, en el Fossar de les Moreres, los dos extremismos del independentismo daban una clase práctica de intolerancia, además de escenificar el cambio de la correlación de fuerzas que se avecina.

El Fossar de les Moreres no ha sido tradicionalmente un mausoleo de paz y concordia. Más bien el escenario donde los independentistas se han acusado alternativamente de traidores a la causa. Lo hicieron hace décadas las facciones del MDT, más tarde, fueron señalados los de ERC por gobernar con los socialistas y, ahora, los puros que habitan desde la CUP hasta las fronteras del sistema acusan a Aliança Catalana de ser un instrumento del PSOE para debilitar al movimiento soberanista que ellos creen liderar.

La tensión entre los extremismos en el seno del independentismo es una ilusión que tiene los días contados, a poco que los sondeos acierten en las tendencias. El izquierdismo tiene un pie y medio fuera del Parlament y los xenófobos crecen sin remedio hasta amenazar con un número de diputados que podría hacer ingobernable la Generalitat.

Salvador Illa gobernará tranquila y modestamente hasta que llegue este día aciago, o hasta que el independentismo oficial se coma todos los sapos de la ciénaga y considere que Aliança Catalana es el nuevo pal de paller del separatismo. Entonces será el desastre.

Es difícil imaginar que el gran sueño esbozado anoche por el presidente Illa —“hay que prepararse para ser el mejor lugar de Europa”— haya tenido tiempo para materializarse antes de que el nubarrón de la extrema derecha oscurezca el Parlament. Pero un punto de optimismo no puede hacer daño al país, aunque sea por afirmar que “el odio no tiene cabida en Cataluña” y que “ningún catalán es más catalán que ninguno”.