Inmigrantes ilegales entrando en Ceuta desde Marruecos el pasado 30 de julio
Hay que predicar con el ejemplo
"De todos estos políticos cabe suponer que tienen una situación económica resuelta, o por lo menos desahogada, están bien relacionados, y pueden acoger a una persona sin arruinarse"
En una de las últimas entrevistas que concedió, le preguntaron a George Steiner, el famoso profesor de literatura comparada y crítico cultural, si la lectura de las obras maestras de la literatura, gracias al ejercicio que impone de entender los motivos del otro, contribuye a hacer del lector una mejor persona, más comprensivo, más empático.
Dicho de otro modo: ¿leer novelas, grandes novelas, nos hace mejores personas?
Steiner respondió que así lo creía él, tiempo atrás, pero que había llegado a la conclusión de que no, leer no nos hace realmente mejores con nuestros hermanos. Y, con gran honestidad, se puso a sí mismo como ejemplo. “Vea la gran casa en que vivo con mi esposa”, dijo, no con esta exacta formulación, pero sí con palabras parecidas. “Hay muchas más habitaciones de las que usamos. Aquí podríamos perfectamente alojar a una familia de refugiados sirios… pero no lo hacemos”.
Sí, claro, compadecía teóricamente a todos los desdichados de este mundo, pero a la hora de la verdad no estaba dispuesto a sacrificar su confort particular y doméstico por aliviar personalmente la desgracia de uno solo de esos desdichados.
Se reconocía egoísta, pero por lo menos tenía el valor de ser sincero.
He recordado aquella entrevista con Steiner estos días, a propósito de los muchos, miles, de chicos y algunos cientos de chicas y niñas que, tras la irrupción de 80.000 marroquíes y subsaharianos en la ciudad de Ceuta con la esperanza de llegar a la España peninsular, han sido acogidos, de momento, en dos centros de acogida habilitados por el Gobierno a través de su ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, antes de repartirlos por las comunidades autónomas según determinados cupos.
Algunas de estas comunidades, concretamente algunas regidas por los partidos de derechas, se niegan en redondo a acoger más “menas”. Para los partidos de izquierdas, en cambio, es un deber moral indeclinable, y en el futuro, además, estos chicos que se incorporarán a la cadena laboral española aportarán notables beneficios a la economía nacional gracias a su fuerza de trabajo.
Pensando en el enorme sufrimiento, las guerras, la miseria, las hambrunas, que estos emigrantes ilegales dejan atrás, en busca de una oportunidad al otro lado de la frontera de Europa, pensando en que muchos arriesgan la vida en el mar proceloso y no pocos la pierden (sin ir más lejos, en el “asalto” o “cruce” a Ceuta se ahogaron un centenar de chicos y chicas), y recordando la entrevista de Steiner en la que confesaba ser un maldito egoísta, se me ha ocurrido que, para vencer la resistencia de los políticos y comunidades autónomas que se niegan a aceptar inmigrantes, o avergonzarles por no hacerlo, los cuadros directivos de los partidos que pregonan una actitud más abierta y generosa deberían predicar con el ejemplo demostrando la coherencia entre sus convicciones y sus actos y además marcando así su superioridad moral. Deben hacer lo que no hizo Steiner: llevar las teorías sobre la bondad y la acogida del otro, del pobre, del extranjero que llega con una mano delante y otra detrás, al ámbito de decisión personal.
Empezando por los ministros y parlamentarios. El Gobierno tiene, además del presidente, que dispone de la Moncloa, donde no faltan habitaciones libres, 22 ministros; el PSOE tiene 121 diputados; Sumar, 31. En total 163. Ciento sesenta y tres estupendos hogares.
De todos estos políticos cabe suponer que tienen una situación económica resuelta, o por lo menos desahogada, y están bien relacionados, pueden acoger a una persona sin arruinarse.
Se me dirá que 163 familias de acogida es muy poco, teniendo en cuenta los miles de inmigrantes que están esperando en Ceuta, a los que hay que sumar los que con frecuencia llegan a las Islas Canarias. Es poco, pero por algo se empieza. Y además hay que contar con los numerosísimos diputados en los parlamentos regionales, además de altos cargos y consejeros áulicos de toda condición, todos los cuales cobran un sueldo razonable y todos, o casi todos, pueden razonablemente acoger a un chico o a una chica y ahorrarle la experiencia sin duda muy ingrata y tristísima de los centros para menas.
Si así lo hacen, se sentirán orgullosos de sí mismos, y los demás les admiraremos. No me sean Steiners. No quieran endosar a la sociedad un problema (que no discuto que también sea un patrimonio valiosísimo: nada menos que el valor de las vidas humanas) sin ser los primeros en afrontarlo, no sólo desde el poder, también desde la compasión y la solidaridad. Prediquen con el ejemplo.