Jordi Mercader opina sobre la convocatoria electoral en España
Elecciones en el país ingobernable
"La ineptitud manifiesta de los actuales protagonistas de la política española y de sus inmediatos predecesores para alcanzar pactos de Estado es el obstáculo que impide abordar los grandes retos"
Pedro Sánchez no ha dejado pasar la ocasión regalada en bandeja por Junts y ha convocado a las urnas. El presidente del Gobierno habrá pensado que mejor justificar el adelanto electoral en la urgencia social de enfrentar el déficit de la vivienda que en un nuevo fracaso en la aprobación de unos Presupuestos.
No da igual quién gane las próximas elecciones, es obvio, sin embargo, el problema de fondo de la gobernación de España seguirá intacto.
La ineptitud manifiesta de los actuales protagonistas de la política española y de sus inmediatos predecesores para alcanzar pactos de Estado es el obstáculo que impide abordar los grandes retos. Tanto da que se trate de la vivienda, la inmigración, las pensiones o el futuro de Ceuta, y ya no digamos de la reforma de la Constitución o la aprobación de un sistema de financiación justo para el Estado de las Autonomías. No hay manera.
El resultado del 29 de noviembre difícilmente ayudará a modificar este vicio estructural, lo que, en la práctica, convierte a España en un país ingobernable. Así ha sido en los últimos años y así será a corto plazo.
La incertidumbre es el único horizonte que se vislumbra para un país gobernado con decretos-ley, con presupuestos prorrogados y con la amenaza permanente de que una nueva mayoría parlamentaria modifique toda legislación esencial que se considere de parte.
La política española no es muy dada a los pactos de Estado. Haberlos, los hubo, fueron trascendentales, pero ya necesitan una revisión. A pesar de eso, los dos partidos que se autoproclaman “de Estado” no responden, desde hace tiempo, a la mínima responsabilidad que exige esta pretensión. Más bien parece que se conforman en “estar en el Gobierno”, que no es lo mismo que “gobernar” en toda la amplitud del concepto.
La situación, en materia de gobernabilidad, resultó más o menos aceptable hasta 2015. El bipartidismo PSOE-PP, consolidado por las respectivas mayorías absolutas que fueron obteniendo, ofrecían etapas de cierta estabilidad, comparado con lo que estaba por llegar.
Los efectos del 15-M del año 2011 ayudaron a acentuar el multipartidismo en el Congreso. Podemos y Ciudadanos fracturaron seriamente los electorados del PSOE y del PP y, aunque no llegaron a superarlos en número de diputados (Podemos casi lo consiguió en 2016), obligaron a los dos partidos anteriormente mayoritarios a la negociación permanente en el interior de los dos bloques que les respaldan con mayor o menor entusiasmo.
Las ventajas del pluralismo parlamentario fueron entonces elogiadas hasta el exceso, fuera por convicción o por necesidad, mientras la eventualidad de grandes pactos entre derecha e izquierda se convirtieron en imposibles metafísicos. Luego, el aventurismo independentista catalán elevó a la enésima potencia las dificultades prácticas de la gobernación española (seguramente el único éxito del Procés). Aquellas dificultades se transformaron en una entelequia con el avance de Vox.
La perspectiva no es para tirar cohetes. Un gobierno del PP con Vox (dentro o fuera del Gobierno) podría llegar a ser un horror para el Estado del bienestar y los derechos adquiridos por numerosos colectivos sociales.
Un nuevo Ejecutivo de Pedro Sánchez dependiente de una mayoría parlamentaria tan contradictoria, inestable y paralizante como la actual, no da para soñar; en todo caso, para conformarse con lo que hay, por haber podido evitar una “legislatura negra” en manos de un Núñez Feijóo prisionero de Abascal.
Muy de vez en cuando, el electorado sorprende al país con resultados imprevistos. Para eso se necesita un gran error de los candidatos, como el que cometió Aznar en su día. Seguramente el PSOE confía en esta eventualidad, mientras el PP rezará para que la campaña sea un trámite y los sondeos actuales se confirmen en las urnas.
El desencadenante de la convocatoria electoral, la decepción popular por el fracaso de los decretos de la vivienda, ofrece, en teoría, una posibilidad de recuperación a la izquierda del PSOE, muy alejada ahora de los espectaculares resultados obtenidos tras el impulso del 15-M. No es una buena noticia para el PSOE.
Todo puede empeorar. Bien sea por el triunfo de las derechas, bien sea por una redistribución de las fuerzas del actual Gobierno en beneficio del frente amplio de Sumar y sus etcéteras. En todo caso, lo que no cambiará será el caprichoso modus operandi de Junts y PNV, antes denominado equidistancia.
La mejora de las perspectivas para situar España en el grupo de países que de vez en cuando alcanzan acuerdos de Estado no pasa tan solo por una configuración distinta del mapa parlamentario o por las modificaciones del sistema electoral para potenciar en las cámaras a los ganadores de las elecciones.
Es esencial que los y las dirigentes de la política dispongan de un sentido de Estado, de la predisposición al diálogo y a la tolerancia y de una capacidad de liderazgo del que ni todas ni todos gozan, según lo visto hasta el momento.