Una foto de Alberto Gimeno con una imagen de jóvenes celebrando una victoria de la selección española de fondo
El triunfo de la pantalla gigante
"Mientras el independentismo más recalcitrante sigue echando fuego por la boca contra cualquier signo que refleje un apego a España, la verdad es que la normalidad entre los ciudadanos les ha provocado una indigestión severa a los estelados"
Una crónica publicada ayer por Crónica Global reflejaba la realidad que se vive en Cataluña, la verdad de las calles, el relato sociológico que está ocurriendo este último mes y que ayer culminó con la final del Mundial de fútbol. Comentaba el artículo que un centenar de localidades catalanas instalaron pantallas gigantes para que ayer los ciudadanos pudieran saborear las mieles de lo que significa jugar una final de la Copa del Mundo. Un centenar de lugares, incluidos Barcelona, que han entendido la normalidad que asiste a sus ciudadanos después de los años oscuros que ha vivido Cataluña precisamente entre el campeonato de Sudáfrica y la actualidad.
Mientras el independentismo más recalcitrante sigue echando fuego por la boca contra cualquier signo que refleje un apego a España, la verdad es que la normalidad entre los ciudadanos les ha provocado una indigestión severa a los estelados. Las camisetas españolas, la roja o la viralizada blanca, se han visto con mucha frecuencia en las calles de las ciudades catalanas con normalidad, con la imparable normalidad de una gente joven que sueña en positivo en lugar de enfundarse símbolos que sólo reflejan frustración y derrota. El hecho de que la estrella mediática de España sea el crack del futuro del Barça ha sido un elemento adicional que ha acabado de inclinar la balanza para los ciudadanos. La gente necesita estímulos positivos y Lamine y los suyos le han colocado una sonrisa a la gente por su trayectoria. Esta columna está escrita horas antes de conocerse el desenlace de la final, pero el peso de la ilusión no estaba ligado al resultado futbolístico del mundial. El reconocimiento se ha ganado antes y eso es lo que ha provocado que ese centenar de poblaciones catalanas —muchas seguro que en su día lucieron esa vergonzante estelada institucional en la entrada de sus municipios— hayan tenido que rendirse a la evidencia.
De hecho, Barcelona tuvo que cambiar de lugar para instalar la pantalla gigante y refugiarse en la enorme esplanada del Fórum para albergar a una muchedumbre que, salvo la representación argentina que también estuvo presente, se desgañitó a favor de la selección.
El peso de la realidad no acabó de convencer a todos. El alcalde de Girona, Lluc Salellas, se negó a colocar una pantalla por los prejuicios de un independentismo trasnochado. Allá él. Perdió una oportunidad de entender que la sociedad clama por cuestiones que ilusionen en lugar de macerarse en el odio. Una parte de ese independentismo se ha arrimado a la figura del rival, al inconmensurable Leo Messi, una opción ventajista porque muchos aficionados de la selección adoran a Messi pero prefieren a España. En cambio, los independentistas que se hayan dejado la voz animando ayer a Messi siempre tendrán que convivir con quienes han animado a un jugador al que nunca pudieron convencer para hablar en catalán.