Xavier Salvador opina sobre la posible vuelta de Carles Puigdemont Europa Press
Puigdemont vuelve a casa por Navidad
"Mientras tanto, Oriol Junqueras trabaja su propio relato con más discreción y no menor ambición"
Lo decía el anuncio del turrón. El jueves pasado, Jordi Turull alzó una copa de cava ante la dirección de Junts para celebrar el aval europeo a la amnistía y prometió que el próximo brindis lo haría el presidente en persona, en la barcelonesa calle Mallorca. Trabajan con la hipótesis de que su líder huido de la justicia española pueda asistir a la misa del gallo en su Girona natal.
Turull pronunció esas palabras con la convicción que da el cava, que es diferente de la que da la política. Carles Puigdemont se sumó a la reunión por videoconferencia —como lleva años haciendo— y luego, lejos de anunciar su regreso, se encargó de enfriarlo. Nueve años después del 1-O, la vuelta es todavía la promesa que sostiene a Junts cuando ya no queda gran cosa más.
El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha dado su aval a la mayor parte de la ley de amnistía. Es lo que Junts ha celebrado como "una derrota evidente del Estado". La victoria, sin embargo, es más fotogénica que práctica. El Tribunal Supremo, con su probada capacidad para el ingenio jurídico, sigue siendo una variable independiente.
Desde las filas independentistas admiten, sin demasiados aspavientos, que “nadie puede impedirlo”. Y eso, en román paladino, significa que Puigdemont podría aterrizar en el aeropuerto de El Prat con todas las garantías legales sobre el papel y encontrarse con una sorpresa firmada por la Sala Penal. El análisis sintáctico de un adverbio ya ha servido antes para ganar meses.
La pregunta real no es solo cuándo vuelve Puigdemont, sino quién lo administra desde La Moncloa. Porque Pedro Sánchez tiene el botón electoral en el cajón y el regreso del expresidente le ofrece una narrativa tentadora: misión cumplida, lo prometí y lo hice.
El problema radica en el reverso de esa narrativa. En la última campaña electoral, Sánchez se opuso frontalmente a la amnistía para los líderes del golpe al estado de 2017. Luego la impulsó con alambicados pactos parlamentarios que le convinieron para gobernar. Explicar esa contradicción al electorado que le creyó entonces no es un trámite menor, por mucho que el ciclo de las noticias tienda a erosionar la memoria colectiva.
Mientras tanto, Oriol Junqueras trabaja su propio relato con más discreción y no menor ambición. Su comparecencia tras el fallo europeo, rodeado de la dirección y cargos de ERC, buscaba trasladar la imagen de un líder presente, sólido y en funciones, frente a un Puigdemont que lleva años siendo más icono que dirigente.
A menudo olvidamos que la amnistía también libera a Junqueras de las consecuencias penales pendientes, y el líder de ERC sabe que la política real —vicepresidencias, consejerías, presupuestos— se juega en Barcelona, no en Waterloo. Es bastante más factible que Junqueras se siente en un ejecutivo catalán presidido por Salvador Illa que la posibilidad de que Puigdemont recupere algún cargo público de entidad.
Junts lo sabe y por eso necesita toda la épica del regreso: el efecto mediático, el fervor de la militancia y la sensación de victoria. Las encuestas le auguran una caída sostenida frente a Aliança Catalana y ERC, y la hemorragia interna ya no es solo un rumor: militantes y cargos locales migran hacia AC a un ritmo desangrante que las sedes del partido ya no pueden disimular.
El expresidente tendrá su gira triunfal, dos o tres meses de recorrido martirológico por una Cataluña identitaria dispuesta al aplauso fácil. Puede que llegue a hacer campaña para las elecciones municipales de mayo del 27. Lo que no tiene asegurado es que, cuando el efecto se diluya —y se diluirá rápido—, quede estructura política suficiente para sostener lo que venga después.
El turrón sabe igual todos los años. La política, rara vez.