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Manuel Gómez Acosta opina sobre el BSC

Manuel Gómez Acosta opina sobre el BSC Europa Press

Pensamiento

El BSC, soberanía e innovación tecnológica

"El BSC es además un centro de soberanía tecnológica, lo que no supone en ningún caso apostar por la autosuficiencia tecnológica, ni imponer restricciones al intercambio tecnológico, ni levantar barreras al comercio internacional"

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La Ciudad Condal alberga uno de los principales centros europeos de supercomputación: el Barcelona Supercomputing Center (BSC), que es además Centro Nacional de Supercomputación (CNS); un consorcio público de referencia en Europa especializado en supercomputación, inteligencia artificial, bioinformática, computación cuántica, ciberseguridad… Actualmente cuenta con alrededor de 1.400 empleados e investigadores de decenas de nacionalidades, expertos en distintas disciplinas.

El BSC es sin duda uno de los principales centros de innovación tecnológica de Europa, que desarrolla tecnologías propias y facilita su transferencia a la industria y a la comunidad científica. El centro no solo realiza investigación de vanguardia en distintas tecnologías, sino que también proporciona capacidad de cálculo a universidades, empresas e instituciones de toda la UE. La llegada del superordenador Mare Nostrum 5, uno de los más potentes del continente, sitúa a España en una posición privilegiada para participar en el desarrollo de modelos avanzados de IA y en proyectos científicos estratégicos.

El BSC es además un centro de soberanía tecnológica, lo que no supone en ningún caso apostar por la autosuficiencia tecnológica, ni imponer restricciones al intercambio tecnológico, ni levantar barreras al comercio internacional. La soberanía tecnológica consiste en disponer de las capacidades científicas, industriales y digitales suficientes para que un país pueda decidir con autonomía sobre aquellas tecnologías que condicionan su seguridad, su economía y su bienestar. En un contexto de creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, y en plena apuesta de la Unión Europea por una "autonomía estratégica abierta", España no debe renunciar a sus fortalezas para convertirse en uno de los pilares tecnológicos del proyecto europeo.

Durante las dos últimas décadas, nuestro país ha construido una moderna infraestructura digital, con una de las mayores coberturas de fibra óptica de Europa y un rápido despliegue de redes 5G. Esta conectividad constituye una ventaja competitiva para la digitalización de empresas, administraciones públicas y servicios esenciales, siendo sin duda un excelente instrumento para atraer inversiones vinculadas a la “economía del dato”. Una economía que permite desarrollar un modelo económico donde los datos son un recurso estratégico, comparable a lo que fueron el petróleo o la electricidad en otras épocas y en la actualidad la inteligencia artificial...

Disponemos de una industria altamente competitiva en energías renovables, especialmente en eólica, solar fotovoltaica, así como en el desarrollo de redes eléctricas inteligentes. Empresas españolas figuran entre los líderes mundiales en ingeniería, construcción y gestión de infraestructuras energéticas que facilitan la descarbonización europea y garantizan una mayor independencia energética del continente. Al mismo tiempo, no podemos ni debemos renunciar a implementar medidas y políticas medioambientales que faciliten la transición energética y ayuden a combatir el cambio climático, a pesar de los intentos de la ultraderecha de VOX con el soporte in crescendo del PP de Feijóo, de ningunear e incluso negar la existencia del cambio climático.

El verdadero escenario estratégico del siglo XXI está definido por el dominio de un conjunto de tecnologías críticas que determinarán el crecimiento económico, la seguridad nacional y la capacidad de influencia internacional. La inteligencia artificial, los semiconductores, la computación cuántica, la ciberseguridad, la biotecnología, la robótica, los nuevos materiales, las redes de comunicaciones 6G, las baterías de nueva generación, los satélites y el acceso a minerales críticos y tierras raras… constituyen los pilares de esta nueva revolución industrial. Necesitamos aumentar la inversión en I+D y al mismo tiempo favorecer la creación y el crecimiento de empresas tecnológicas nacionales, que permitan impulsar la fabricación de componentes críticos potenciando la cadena de valor y fortaleciendo la colaboración del triángulo: universidades, centros de investigación y tejido empresarial.

Europa es el ámbito de actuación donde podemos y debemos participar, contribuyendo a la construcción de una Europa tecnológicamente más fuerte. Para ello necesitamos desarrollar una auténtica política de Estado, sostenida durante las próximas décadas, que además contribuya a reforzar nuestra soberanía tecnológica, lo que es garantía de seguridad nacional, de competitividad empresarial y de autonomía política.

Europa tiene importantes limitaciones derivadas de la fragmentación de sus políticas industriales y de innovación. La ausencia de una estrategia verdaderamente integradora limita su capacidad para competir con las grandes potencias mundiales: EEUU y China lo que supone una preocupante dependencia tecnológica exterior en sectores esenciales para su economía y su seguridad.

La autonomía estratégica europea necesita de una mayor coordinación entre los Estados miembros, la movilización de recursos comunes y una política industrial compartida. La colaboración público-privada, el fortalecimiento del mercado único y una política tecnológica común deben convertirse en prioridades estratégicas. No se trata de volver al intervencionismo clásico –la globalización lo hace inviable–, sino construir una UE que actúe como catalizador del desarrollo tecnológico, reduzca las dependencias externas y refuerce su soberanía económica.

Esta transformación requiere, además, asumir que la inteligencia artificial y las tecnologías digitales serán el principal motor de la productividad, la competitividad y la organización del trabajo durante las próximas décadas.

La transición energética no puede dejarse exclusivamente a las fuerzas del mercado. Es necesaria una planificación estratégica capaz de orientar las inversiones, impulsar la innovación, desarrollar capacidades industriales propias y garantizar la formación del talento que demandará la nueva economía del conocimiento.