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Rosa Cullell y el escritor Eduardo Mendoza

Rosa Cullell y el escritor Eduardo Mendoza Europa Press

Pensamiento

No quemen libros, 'sisplau'

"Los grupos políticos no tienen mayorías suficientes para mandar y andan haciéndose líos con los sentimientos patrióticos, con la lengua, con los inmigrantes y con casi todo lo demás"

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La que se ha liado tras las declaraciones de Eduardo Mendoza sobre el Día del Libro.

El escritor catalán que escribe en castellano (ahí está el problema) se atrevió con Sant Jordi. Con su habitual ironía y sorna, el escritor afirmó que el Día del Libro no necesitaba al santo; al que calificó de maltratador de animales, por matar al pobre dragón o aranya. “Y seguramente no sabía ni leer”, subrayó, haciéndome reír. No le di la mínima importancia.

Tengo días en los que me empeño en creer que el procés se ha acabado y hemos vuelto a la Barcelona cosmopolita y libre de los ochenta y noventa.

A mí me gusta celebrar el día del patrón de Cataluña en sus avenidas llenas de libros y rosas. Y no entiendo a los patriotas que quieren lanzar a la hoguera (por españolistas) a Gurb, a Savolta y hasta a la mismísima Ciudad de los Prodigios.

La gente mayor, más aún la que ha tenido algún éxito en la vida o ha hecho lo que le ha dado la gana sin dar explicaciones ni usar, en todo momento, las palabras adecuadas para gustar, tiene poca paciencia con las tonterías. Se han ganado el derecho a decir lo que piensan. O sea que el lenguaje woke les importa un bledo; nacieron antes.

En ese contexto, Mendoza pensó que, para vender sus libros, no necesita encomendarse a ningún santo ni bailarle el agua a los nacionalistas. Lo mismo le pasa a Javier Mariscal, un valenciano que se vino a Barcelona y diseñó la mejor mascota para los Juegos Olímpicos de 1992.

¿Quién no quisiera, en estos tiempos llenos de absurdas y cursis normas, poner otro Coby en su vida? Yo, al mío, lo he llevado de un lado a otro por el mundo. Durante una muy feliz década portuguesa, el perro de Mariscal recibía a los amigos lusos en la puerta de mi casa lisboeta y todos me felicitaban por aquellas inolvidables Olimpiadas.

El diseñador, que sigue viviendo en la capital de Cataluña a pesar de los pesares, apoyó la postura de Mendoza en Catalunya Ràdio: “Sant Jordi es como el pan con tomate, no se puede tocar. ¡Vayan a tomar por culo!”.

Demasiado explícito para las actuales reglas. Yo espero que hoy no llueva, que los catalanes salgan a la calle a comprar libros y rosas, que se paseen por la rambla de Catalunya y visiten muchas casetas.

Como soy creyente, además de antibroncas patrióticas, ando rezando a mis santos para que a ningún exaltado se le ocurra atacar el estand en el que Mendoza firma su último libro, La intriga del funeral inconveniente.

Según leo en las siempre enfadadas redes, los independentistas están preparando una gran fogata literaria para el día de Sant Joan en la que se lanzará a la hoguera cualquier libro del aclamado autor. Por españolista.

Ese día, el de la verbena de Sant Joan o San Juan (que es el mismo), hay que quemar todo lo que te sobra en la vida. En Castelldefels, en la casa de mis abuelos de La Pineda, antes de empezar la verbena del 23 de junio, se hacía una gran fogata, con muebles viejos, ramas secas, pinaza y piñas. Cada uno tiraba al fuego algo que quería quitarse de encima.

Nadie quemó jamás un libro. “Sólo los nazis y los imbéciles queman libros”, decía mi abuelo, Josep Muniesa i Bagaria.

¿Qué ha pasado en este país nuestro, en esa tierra mediterránea donde a las fogatas iba lo malo y la gente iba a lo suyo, riéndose de su sombra? Pues que los grupos políticos no tienen mayorías suficientes para mandar y andan haciéndose líos con los sentimientos patrióticos, con la lengua, con los inmigrantes y con casi todo lo demás.

La reciente revueltilla santa de los patriotas en decadencia solo huele a su miedo, a la posibilidad de quedarse sin sillón en la Cataluña de pasado mañana. Y cualquier excusa es buena para encontrar enemigos españolistas.

Mendoza podía haberse cagado, libremente, en San Jorge (patrón de Aragón) y no hubiera pasado nada. Pero lo de meterse con Sant Jordi, el que mató a la aranya, merece la hoguera. Nadie les ha dicho que el santo era un soldado romano de la Capadocia; fue ejecutado por ser cristiano y se convirtió en mártir.

Desde la Edad Media, cuando se forjó su leyenda, ha sido venerado en todo el mundo. O sea que ni siquiera es “nuestro”. Da igual de dónde sean los santos o los escritores. Compren muchas rosas y todos los libros que puedan, en la lengua que les dé la gana, sisplau.

Hay que disfrutar de Sant Jordi o de San Jorge sin quemar nada. Y dejar la patria en casa.