Robots bailarines en el Año Nuevo chino
Armas y talento
"Generar talento y transferirlo a los procesos productivos no es una opción, sino una necesidad urgente"
El reciente informe publicado por Global Times / Valiant Panda, que cita datos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (WIPO, sus siglas en inglés), ofrece una fotografía reveladora del cambio de equilibrio global en materia de propiedad intelectual.
En apenas 25 años, China ha pasado de generar el 4,19% de la actividad mundial a liderar el ranking con el 27,42%. En contraste, Estados Unidos ha descendido desde el 36,99% hasta el 27,28%, situándose ya por detrás del gigante asiático.
Existen, por supuesto, matices en estos indicadores —en su rigor, sus límites y sus posibles contradicciones—, pero la tendencia es clara: China está generando talento, en mayúsculas.
Imágenes recientes, como la coreografía de bailarines acompañados de robots durante la celebración del Año Nuevo chino, son una muestra simbólica, pero elocuente de ese avance tecnológico y creativo. Ya no copian, innovan.
Mientras tanto, el mundo observa con estupor los conflictos armados en Oriente Medio, así como la devastación asociada a la lucha por el control de recursos energéticos como el petróleo y el gas. A ello se suman, sin olvidar, los escenarios de Ucrania y Gaza.
En paralelo, China lleva años transformando su modelo energético, reduciendo su dependencia de combustibles fósiles y apostando por fuentes eléctricas, solares, eólicas e hidroeléctricas. Hoy, el país genera más capacidad eléctrica por sí solo que Estados Unidos y la Unión Europea juntos.
En este contexto, algunos países continúan destinando ingentes recursos a armamento supuestamente sofisticado, con costes astronómicos, que en muchos casos se ven superados por tecnologías más accesibles, como drones, igual de eficaces y letales.
Todo apunta a que el verdadero reto de nuestras sociedades —y de los valores que las han sustentado— tiene más que ver con el talento que con las armas.
Si China mantiene su apuesta por el conocimiento y la innovación, su avance será lento, pero inexorable. Por el contrario, si el llamado mundo occidental persiste en dinámicas autárquicas y fragmentadas, y de resolver los conflictos de forma bélica, su futuro se presenta más incierto.
La pugna por el control del petróleo y el gas refleja, en el fondo, las dificultades de Occidente para transformar el conocimiento en un PIB productivo que trascienda la industria armamentística.
Durante décadas, este modelo ha generado grandes logros en Estados Unidos y Europa, tanto económicos como sociales. Las universidades y los centros de transferencia del conocimiento han sido motores de transformación económica.
Sin embargo, la tendencia actual hacia un individualismo económico, con muchas prevenciones ideológico-raciales —“sálvese quien pueda”—, difícilmente puede ofrecer soluciones sostenibles.
Estados Unidos tiene pleno derecho a reequilibrar su balanza de pagos y redefinir sus prioridades geoestratégicas, pero convendría actuar con prudencia. Su capacidad de transferir el conocimiento militar a usos civiles es notable; sin embargo, el mundo es hoy más global e interdependiente que nunca.
La memoria colectiva puede difuminarse, pero los agravios no se olvidan con facilidad. Las confianzas rotas son complejas de reconstruir, y en ese vacío emergen otros actores que, con menor esfuerzo, ganan terreno.
Europa, por su parte, afronta el reto de generar conocimiento propio y, al mismo tiempo, fortalecer su cohesión interna. Los viejos estereotipos nacionales han dejado de ser útiles. Unidos alcanzamos el 10% del peso global en la transferencia de conocimiento; separados, ni siquiera logramos sentarnos en la mesa de decisión.
Mientras seguimos consumiendo imágenes de misiles impactando sobre infraestructuras energéticas o, peor aún, sobre zonas habitadas, la conclusión resulta evidente: generar talento y transferirlo a los procesos productivos no es una opción, sino una necesidad urgente.