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Ana Fernández y un dispositivo móvil con aplicaciones de IA generativa

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Pensamiento

Es urgente recuperar el control

"La verdadera batalla de esta década no será tecnológica; será profundamente humana"

Publicada

"Debemos elegir poner la tecnología al servicio de la humanidad. La inteligencia artificial está reescribiendo la existencia humana en tiempo real, transformando la forma en que aprendemos, trabajamos, nos comunicamos y aquello en lo que podemos confiar. Y la cuestión no es cómo detenerla, sino cómo orientarla hacia el bien común. La tecnología debe ser nuestra servidora, no nuestra dueña. Debe promover los derechos humanos, la dignidad humana y la capacidad de acción de las personas".

Estas palabras las pronunció António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, durante la 80ª Asamblea General de la ONU, en diciembre de 2024. Hay frases premonitorias, y esta nos recuerda que el gran debate de nuestro tiempo es la protección de nuestra humanidad.

Hace 20 años abrazamos la revolución digital con una mezcla de fascinación e ingenuidad. Cuando nació Facebook (2004), muchos creímos que conectaría al mundo desde una lógica más abierta y accesible. Hoy hemos perdido la inocencia y comprendido que muchas de aquellas plataformas son gigantes empresariales construidos sobre nuestros hábitos y nuestros datos.

Lo gratuito nunca fue realmente gratis, y el verdadero precio ha sido nuestra privacidad, nuestro tiempo y, en algunos casos, incluso nuestra capacidad de decisión.

Durante años hemos normalizado la cesión constante de información personal a cambio de comodidad, rapidez e inmediatez, sin comprender del todo las consecuencias. Y ahora, con la irrupción masiva de la inteligencia artificial, la tecnología ha dejado de ser únicamente una herramienta más. Hoy influye directamente en la forma en que pensamos y nos relacionamos con el mundo.

El desafío ya no es únicamente tecnológico. Es profundamente humano.

Ya hemos aprendido que los algoritmos no son neutrales. Responden a los intereses y prioridades de quienes los manejan. Por primera vez, un líder político dispone de su propia red social y ha lanzado al mercado su propio smartphone. Controlar el mensaje se convierte así en una nueva forma de poder.

Estos son algunos de los temas que se debatieron hace escasas semanas en el primer encuentro internacional por los derechos digitales celebrado en Barcelona, donde también se presentó un estudio sobre la percepción social de estos derechos en nuestro país.

En él se constata que el 85% de los ciudadanos considera que las grandes tecnológicas acumulan demasiada información sobre nosotros, y el 88% que concentran un poder económico excesivo. Al mismo tiempo, más del 75% reclama una regulación más estricta de la inteligencia artificial.

Empieza a consolidarse la idea de que hemos cedido demasiado poder a grandes actores tecnológicos sin construir todavía mecanismos suficientes de supervisión y garantía democrática.

Las redes sociales se han convertido, para millones de personas, especialmente jóvenes, en el principal, y en muchos casos único, acceso a la información. Y constituyen, además, el principal ecosistema donde la desinformación, la manipulación y los discursos de odio crecen sin control.

Frances Haugen, presente en las jornadas, compartió en su libro The Power of One una idea siniestra: los propietarios de estas plataformas son plenamente conscientes de que el “modelo del odio” les genera enormes beneficios económicos. La polarización eleva los ingresos sin importar las consecuencias. Por eso, el debate ya no se limita a la privacidad. Hablamos de dignidad.

Y este debate ahora también interpela a las empresas.

La inteligencia artificial está transformando procesos, modelos de negocio y relaciones laborales a gran velocidad. Aprendamos de los errores del pasado y no dejemos pasar esta oportunidad. Las empresas deben abrir ya debates en los comités de dirección sobre marcos éticos capaces de equilibrar innovación, competitividad y protección de las personas.

Las organizaciones no pueden limitarse a incorporar tecnología por eficiencia, sin más. Las compañías que lideren el futuro probablemente no serán únicamente las más avanzadas tecnológicamente, sino también las más responsables, conscientes y confiables. En definitiva, las más humanocéntricas.

La última generación analógica, los mayores de 50 años, entramos en una etapa decisiva de nuestra vida profesional y social. Somos quienes hemos conocido, disfrutado y vivido un mundo no mediado por algoritmos.

No hay nostalgia en esta afirmación. Somos plenamente conscientes de las enormes oportunidades que ofrece la tecnología. Pero sí tenemos una responsabilidad: educar en pensamiento crítico será imprescindible para el bien común. Y quizá ese sea el verdadero desafío de nuestro tiempo.

No se trata de detener la tecnología. Eso sería absurdo. Se trata de decidir qué tipo de sociedad queremos construir con ella. Porque la verdadera batalla de esta década no será tecnológica. Será profundamente humana.