Guerra en Irán Europa Press
Las guerras en Oriente Medio y el petróleo: repercusiones económicas y políticas
"Desde que llegó a la presidencia, Trump ha hecho muchas tonterías, pero ninguna tan grave ni con tantas repercusiones a escala mundial como iniciar una guerra contra Irán"
En la economía capitalista, casi todo viene determinado por la oferta y la demanda. No obstante, desde finales del siglo XVIII hasta 1973, la segunda variable tuvo mucho más importancia que la primera. En dicha etapa, un aumento sustancial de la demanda de bienes generaba un período de auge y, si se producía una disminución, el resultado era una recesión.
La primera crisis del petróleo
El 6 de octubre de 1973, la guerra de Yom Kippur transformó radicalmente el papel de la oferta en el análisis económico: pasó de ser un actor secundario a protagonista absoluto.
Aunque el conflicto bélico apenas duró veinte días, cambió el mundo. El motivo fue la utilización del petróleo por parte de la OPEP como una herramienta de presión política y económica. Pudo hacerlo porque controlaba el 79% de las exportaciones mundiales de crudo, pese a que su cuota de producción solo alcanzaba el 54%.
Una decisión muy rentable para la OPEP, ya que entre septiembre de 1973 y marzo de 1974 el precio del crudo pasó de 2,7 a 13 dólares. Un encarecimiento del 381,5% provocado por tres factores: una reducción de las exportaciones de la OPEP (principalmente de Arabia Saudí) que llegó a alcanzar el 24%, el acaparamiento de reservas por parte de los países desarrollados y la especulación de las empresas petroleras.
En las naciones avanzadas, dicha decisión tuvo un notable impacto. El gran incremento del precio del hidrocarburo más utilizado disparó los costes de la electricidad, del transporte y de las materias primas de numerosos productos, desde plásticos hasta fibras textiles sintéticas o materiales de construcción.
En EEUU, entre 1972 y 1974, la tasa de inflación anual aumentó del 3,2% al 11%, alcanzando en este último año el nivel más elevado desde 1947.
En dichas naciones, el encarecimiento del petróleo tuvo efectos similares a los de un considerable aumento de los impuestos sobre la renta y los beneficios empresariales. La diferencia con los tributos tradicionales estuvo en que la recaudación no se quedó en los respectivos países, sino que se trasladó a los estados exportadores de crudo.
En 1974 y 1975, el resultado fue una disminución del PIB y la aparición de un nuevo fenómeno económico: la estanflación.
Hasta entonces, las crisis siempre habían venido acompañadas de una escasa inflación o de deflación. Por tanto, ni los economistas ni los políticos tenían un manual de instrucciones que les indicara cómo afrontar la nueva coyuntura. Por eso, eligieron repetir lo que habían hecho en anteriores ocasiones.
En los siguientes años, para salir de la recesión, los países desarrollados decidieron impulsar la demanda de bienes mediante un aumento del gasto público y una disminución de los tipos de interés. Así, por ejemplo, entre septiembre de 1974 y diciembre de 1976, el tipo de descuento de la Reserva Federal pasó de un 8% a un 5,5%.
A numerosos políticos y economistas, el aumento del PIB obtenido les llevó a pensar que la crisis había acabado y en los próximos ejercicios la economía volvería a ser como fue antes de 1973.
No obstante, no sucedió así. Las políticas adoptadas fueron equivocadas, pues el problema original estaba en la oferta y no en la demanda, como ocurría habitualmente. En términos médicos, la primera era la causa de la infección y la segunda la manifestación de la enfermedad. Por tanto, aunque la fiebre desapareció, no lo hizo la dolencia.
La evolución de la tasa de desempleo mostró la persistencia del virus. En EEUU, entre 1973 y 1977, ascendió del 4,9% al 7,7%.
Estos datos llevaron a la conclusión de que las políticas keynesianas sirven para salir de una recesión generada por una escasa demanda, pero por sí solas no son útiles para superar una crisis provocada por un gran incremento del precio de las materias primas, una interrupción de las cadenas de suministro o un aumento de los salarios reales de los trabajadores sustancialmente superior al de su productividad.
La segunda crisis del petróleo
Entre octubre de 1978 y noviembre de 1979, el precio del petróleo registró una nueva escalada: de 12,9 a 40,8 dólares. Después de la última fecha, su importe disminuyó, pero hasta enero de 1983 su cotización se mantuvo de manera ininterrumpida por encima de los 30 dólares.
Al igual que en la anterior crisis, la causa fue una gran reducción de la producción de crudo. En la primera, dicha reducción se debió principalmente a Arabia Saudí; en esta, a Irán, el segundo exportador mundial.
Una disminución que no fue premeditada, como ocurrió en octubre de 1973, sino derivada inicialmente de la revolución iraní y, posteriormente, de la guerra entre Irán e Irak. Entre agosto de 1978 y enero de 1979, el primer motivo provocó una reducción de la producción del país persa desde 5,3 a 0,4 millones de barriles diarios. Entre marzo y noviembre de 1980, el segundo generó una caída desde 3 a 0,6 millones de barriles diarios.
La segunda crisis del petróleo tuvo un menor impacto económico que la primera, a pesar de una idéntica consecuencia: el retorno de la estanflación. No obstante, su repercusión política fue mayor, pues el malestar social derivado de ella favoreció el ascenso al poder de Margaret Thatcher en mayo de 1979 y de Ronald Reagan en enero de 1981.
A diferencia de sus predecesores, sus políticas económicas pusieron un mayor énfasis en la oferta que en la demanda. Entre las nuevas medidas destacaron la privatización de las empresas públicas, la liberalización de los mercados financiero y laboral y la reducción de las regulaciones administrativas.
No obstante, especialmente emblemática fue la disminución de impuestos, una medida que los gobiernos de la posguerra habían utilizado para estimular la demanda de bienes. Para los nuevos dirigentes, dicha reducción tenía como objetivo incrementar la capacidad productiva de los países mediante la creación de una fiscalidad que favoreciera al trabajo respecto al consumo e impulsará el ahorro y la inversión.
La nueva orientación de la política económica propició la progresiva sustitución del keynesianismo por el neoliberalismo como ideología dominante, al descartar incluso los partidos socialistas la validez del primero en el nuevo entorno macroeconómico.
El resultado fue el nacimiento del socioliberalismo moderno, un híbrido entre ambas corrientes, cuyo máximo exponente fue Tony Blair.
El declive del keynesianismo tuvo una fecha clave: el 23 de mayo de 1983. En dicho día, François Mitterrand claudicó, encargó a Pierre Mauroy la formación de un nuevo gobierno y efectuó un giro de 180 grados en su política económica, pues las medidas de expansión del gasto fueron sustituidas por las de austeridad presupuestaria.
Si no cambiaba el rumbo del país, la persistencia de una elevada inflación, junto con un gran déficit público y exterior, habría obligado a Francia a abandonar el Sistema Monetario Europeo.
El giro no lo hizo por voluntad propia, sino forzado por la presión de los inversores y la amenaza de una crisis financiera. Una nueva orientación de la que tomaron nota numerosos dirigentes, entre ellos Felipe González. Les gustara o no, sus políticas debían contar con el plácet de los mercados. A partir de la experiencia francesa, muchos líderes socialistas europeos relegaron el idealismo y abrazaron el pragmatismo.
¿Una tercera crisis del petróleo?
El conflicto bélico que enfrenta a EEUU e Israel con Irán ha generado el temor a una tercera crisis de petróleo. Si acabará siéndolo o no, dependerá principalmente de tres factores: su duración, la existencia o no de libertad de navegación por el estrecho de Ormuz y el grado de deterioro de las instalaciones petrolíferas y gasísticas del Golfo Pérsico.
Si el conflicto se prolonga durante más de seis meses, Irán cierra al tránsito marítimo dicho estrecho y parte de la infraestructura necesaria para producir y transportar gas y petróleo queda destruida, un gran aumento del precio de ambas materias primas probablemente conlleve en numerosos países el retorno de la estanflación.
A pesar de ello, sus repercusiones económicas serán menores que las registradas en las dos anteriores crisis del petróleo.
En otras palabras, las caídas del PIB serán más leves, si ocurren, y la inflación aumentará en menor medida que hace cuatro y cinco décadas. En primer lugar, porque antes del inicio de la guerra existía un exceso de oferta de crudo. Por este motivo, en el segundo semestre de 2025, el precio medio de la materia prima se situó en 64,8 euros, un 22,5% y un 14,1% inferior al advertido en el mismo período de 2023 y 2024, respectivamente.
En segundo, debido a una menor dependencia de la economía mundial del petróleo que en las décadas de 1970 y 1980. Por un lado, por el desarrollo de las energías renovables (principalmente la eólica y la fotovoltaica) y el mayor uso de la nuclear en la producción de electricidad. Por otro, por la progresiva sustitución de automóviles con motor de combustión por vehículos eléctricos.
En tercero, por la disminución de la cuota de mercado de la OPEP en las exportaciones mundiales de petróleo. En 1973, el cartel controlaba el 79%; en 1979, el 72%; y en 2025, solo el 52%.
En cuarto, porque Rusia tiene capacidad para aumentar sus ventas a otros países si, además de EEUU, la Unión Europea levanta las actuales sanciones al crudo ruso y vuelve a adquirir en una sustancial medida dicha materia prima.
Finalmente, mi impresión es que la guerra será corta y no se prolongará más de dos meses. Una caída intensa y sostenida de los precios de las acciones en Wall Street, unida a un considerable aumento del tipo de interés de la deuda pública de EEUU, probablemente llevarán a Donald Trump a proclamar el fin del conflicto bélico.
Afirmará que su país ha ganado la contienda porque su ejército ha alcanzado todos sus objetivos, aunque no precisará cuáles eran, ya que es posible que ni siquiera él mismo los tuviera claramente definidos.
Desde que llegó a la presidencia, Trump ha hecho muchas tonterías, pero ninguna tan grave ni con tantas repercusiones a escala mundial como iniciar una guerra contra Irán. Con ella, EEUU no tenía prácticamente nada que ganar y el presidente mucho que perder.
La tomadura de pelo de Benjamín Netanyahu pasará a la historia, porque Israel sí saldrá claramente beneficiado del conflicto bélico, si este debilita a Irán durante muchos años.