Rosa Cullell y Alberto Núñez Feijóo
La moción de censura es una trampa
"España, tras casi ocho años de Gobierno sanchista, de pactos con la izquierda sin iniciativa y con el independentismo sin nación, bien puede esperar hasta 2027"
En este patio político de vecinos malhumorados a final de ciclo nadie quiere dar el primer paso. Y la moción de censura, según algunos indiscutible paso intermedio, serviría para bien poco.
El sanchismo, jaleado por el mundo biempensante que odia la crispación, pretende pasarle el muerto a Alberto Núñez Feijóo. Pero no cuela. El político conservador ha decidido hablar sin tapujos a los empresarios catalanes. Diga lo que diga, ellos seguirán votando a Salvador Illa, pero eso ya se sabe.
Para demostrarles su respeto ha estado esta semana en el Cercle d’Economia barcelonés, lugar de culto de lo que queda de la burguesía autóctona y sociovergente. Aprovechando la ocasión, Carles Puigdemont ha retado al presidente del Partido Popular a reunirse en Waterloo y pactar, allí, la censura al Gobierno de Pedro Sánchez. Como si Puigdemont fuera alguien.
Pero no son tiempos para mociones-trampa ni tonterías patrióticas, sino para elecciones.
El PP no tiene que presentar nada. A estas alturas del desastre, con el PSOE de Sánchez ocupado en juicios y corrupciones varias, a la oposición le basta con exigir elecciones y esperar. Sin embargo, incluso mis amigos madrileños, admiradores de la legalidad y de la valentía política, creen que nuestra cansada democracia necesita hacer las cosas bien (moción incluida) para reponerse de tanta corrupción institucional, para “salir del barro”. Lo siento, pero no.
España, tras casi ocho años de Gobierno sanchista, de pactos con la izquierda sin iniciativa y con el independentismo sin nación, bien puede esperar hasta 2027.
Lo lógico, en una situación como la actual, en la que no se aprueban presupuestos desde hace más de tres años, sería que el presidente del Gobierno convocase elecciones. Pero eso no está en manos de Feijóo, sino de Pedro Sánchez.
El huido y el resto de socios de legislatura son los que deberían pedirle responsabilidades, ellos le auparon y ellos le sostienen. Pero Sánchez y su legión de asesores pretenden apurar la legislatura, porque esta vez, al contrario que en 2023, el líder tiene mucho miedo a perder.
El PP ha ganado las últimas autonómicas, en Aragón, en Castilla y León, en Andalucía… Y el socialismo ha caído en votos y representantes. Las encuestas ya auguran una futura victoria del PP en casi todas las grandes autonomías, excepto en la “rica i plena”.
Si una bomba de última hora no lo impide, la derecha (separada o junta) ganará las generales y también las autonómicas, pero en 2027. Lo de que viene Vox ya no cuela más que en Cataluña, donde quien viene es la derecha antiinmigración y soberanista de Aliança Catalana.
El Junts de Puigdemont se difumina en la nada y Salvador Illa juega a convertirse en Jordi Pujol, en un moderado pactista de libro.
Ni siquiera en Castilla-La Mancha, donde aún gobierna el PSOE, tiene Emiliano García Page asegurado un buen resultado. El socialista menos sanchista exige elecciones ya, como el proscrito Felipe González, como varios exministros y otros tantos militantes decepcionados.
Durante el Comité Federal del PSOE de esta semana, la policía se vio obligada a acordonar la famosa sede de Ferraz. Por primera vez y a petición del propio partido, apartaron a los periodistas de la entrada. Me tomaba el café en un bar de la calle cuando escuché al camarero murmurar: “Ya no vienen a desayunar ni las secretarias”.
El eslogan de No a la guerra empalidece ante la riada de corrupciones y las fotos de las joyas de Zapatero.
El expresidente conocido por su “talante” ha desaparecido de los actos. Creo que puso el cierre tras la catástrofe socialista en las elecciones andaluzas, a las que siguió su imputación por la Audiencia Nacional.
Recuerdo una de las primeras conferencias que Rodríguez Zapatero dio en Cataluña en el Círculo Financiero de La Caixa. Pasqual Maragall, entonces exalcalde de Barcelona, se sentó a mi lado y, a los diez minutos del speech del invitado, dormitaba. A la salida, todos los presentes hablaban del “talante de Zapatero”, de cuánto había gustado a la audiencia catalana su “bonhomía”, su “amabilidad”. Maragall me miró asombrado: “S’ho creuen de veritat?”. El candidato ganó las elecciones inesperadamente. Quizás sería mejor decir que las perdió el PP al atribuir a ETA los atentados terroristas del 11M.
De aquel Bambi al gran valedor de las dictaduras de China y Venezuela en el Gobierno de The One. Era el que faltaba por si no eran demasiados los ábalos, los cerdanes, los koldos, las begoñas, el hermanísimo, las leires… El discurso biempensante ha dejado de tener sentido. Más aún dedicar tiempo a una moción de censura manipulada y perdida de antemano.
El remedio a la corrupción institucional son elecciones. Pero eso es responsabilidad de Pedro Sánchez, no de Feijóo.