Ignacio Vidal-Folch y una imagen del portavoz de los Comuns en el Parlament, David Cid
"Arrumacus" para todos
"Entiendo que este reproche de David Cid a Sílvia Orriols tiene que ver con algo horroroso a lo que nos hemos acostumbrado demasiado: a la polarización, a la deshumanización del adversario, al que parece que sea un crimen, después del debate público, tratar como a un ser humano"
La imparable ascensión de la señora Orriols va a depararnos momentos de gran diversión. Contamos con ella, si no para arreglar ningún problema, ni para deparar a los catalanes salud, dinero y amor, sí para divertirnos un poco. Son tan tediosas las sesiones parlamentarias, ¿verdad?
Su última ocurrencia —creo que sucedió hace unos días, pero me enteré ayer— ha sido ofenderse en plan muy “feminista” porque un diputado de los Comuns, llamado David Cid, le ha reprochado desde la tribuna que finja estar muy lejos de los diputados de Vox, pero resulta que en las escaleras, entre bambalinas, en la cafetería del Parlament, se hace con ellos “arrumacus”.
De entrada, Orriols no se ofendió, porque no entendía la palabra “arrumacus” que, según creo, no existe en lengua catalana, que era la que estaba utilizando el señor Cid. Éste usaba un barbarismo —aunque de uso muy extendido— de origen castellano.
Pero, tras consultar el diccionario y observar que quiere decir “caricias” o “carantoñas”, o “flirtear" y tocarse, y tomándoselo literalmente, la señora Orriols se declaró muy ofendida. Según la alcaldesa de Ripoll, el uso de tan simpático término es misógino y difamatorio, y hasta un ejercicio de “violencia política”. Válgame el Señor.
Aquí lo que ha sucedido es una doble o triple carencia: Cid habla en catalán, pero está claro que no lo domina (posiblemente desciende del Cid Campeador, Rodrígo Díaz de Vivar, el que se mesaba las barbas “tan fuertemente llorando”, y piense en castellano), y por eso en sus ejercicios de retórica catalana tiene que recurrir a palabras de otro idioma.
Mientras que, por el otro lado, Orriols sólo sabe hablar catalán, es monolingüe total, y convendrá el lector conmigo que hay que serlo mucho para malinterpretar o desconocer la palabra “arrumaco” o, si se quiere, “arrumacu”. Parece que en Ripoll no la usa nadie.
Para colmo, el presidente del Parlament, señor Josep Rull, quiso quitar hierro a la supuesta ofensa machista y violencia política del señor Cid, dijo que no veía mala intención en el uso de “arrumacus”, lo cual le valió acusaciones por parte de Orriols nada menos que de indignidad y desmerecimiento del elevado cargo político que ocupa.
¿Exageraba adrede su indignación la señora Orriols, para ganarse 15 minutos de fama? No cabe descartarlo. Es plausible. Porque ofenderse en serio por unos “arrumacus” es demasiado tonto.
Ahora bien, el fondo y la gravedad de la cuestión no es esta disputa lingüística (con ser tan interesante y reveladora de la ignorancia de uno y otra), sino lo que manifiesta: el deseo, por parte del señor Cid, de la ampliación del “campo de batalla” más allá de la sede de la palabra, que es precisamente el Parlamento.
El señor Cid parece reclamar que la fiereza del debate de las ideas en el hemiciclo, donde, como es normal, los de Vox y los de Aliança Catalana se llevan como perro y gato, se traslade también a los corredores y escaleras. ¡Nada de tomarse juntos un cafelito con el adversario! ¡Nada de cortesía y buen rollo! ¡Lo que hay que hacer si te cruzas con él por ahí es escupirle! ¡Al enemigo, ni agua!
Entiendo que este reproche del vástago del Cid Campeador tiene que ver con algo horroroso a lo que nos hemos acostumbrado demasiado fácilmente: a la polarización, al trazado de “líneas rojas”, a la deshumanización del adversario, al que parece que sea un crimen o una traición, después del debate público (que puede, y a veces debe, ser muy encendido), tratar como a un ser humano. O sea: sonreírle, invitarle al mencionado cafelito, incluso darle unas palmaditas en la espalda, intercambiar chistes y, si se tercia, algunos “arrumacus”, sean sinceros o fingidos.
Ah, pues a mí esto no me parece bien, y en consecuencia me comprometo desde estas líneas a presentarme en la próxima sesión del Parlament, y, en cuanto vea a Sílvia Orriols me acercaré (si no me lo impide algún ujier o mosso d’esquadra) a hacerle arrumacus.
A renglón seguido, haré lo mismo con el descendiente del belicoso Cid Campeador. ¡Arrumacus! Y luego, para que no se sienta postergado, arrumacus también para el señor Rull.