Selva Orejón opina sobre el negocio de la falsificación en TikTok
“Clones”, códigos y likes, el nuevo modelo de negocio de la falsificación en TikTok
"Conviene llamar a las cosas por su nombre. Si es falsificación, es falsificación"
La falsificación ya no se vende en la trastienda de un bazar en Turquía, se vende en vertical, con clips de música pegadiza y con códigos de descuento limitado. Lo que antes era un delito evidente, hoy se maquilla como tendencia. Ya no se habla de copias, se habla de “clones”. Y ese giro semántico no es inocente, es estrategia.
Estamos ante un modelo de negocio criminal sofisticado que combina plataformas como Hacoo, sistemas de afiliación con códigos personalizados y una red de influencers en TikTok que promocionan ropa de marca falsa como si fuera un hallazgo inteligente de consumo. La fórmula es simple y brutalmente eficaz, producto aspiracional a precio irrisorio, urgencia comercial, storytelling aspiracional y validación social a golpe de likes.
El término “clon” funciona como anestesia moral. No es una falsificación, suena casi tecnológico, casi creativo. Pero jurídicamente y éticamente estamos hablando de vulneración de propiedad intelectual, competencia desleal y erosión del valor de marca. Cambiar la palabra no cambia el fondo, solo lo hace más digerible para una generación que consume rápido y cuestiona poco cuando el algoritmo sonríe.
Plataformas como Hacoo operan como nodos logísticos dentro de este ecosistema. Permiten listar productos que replican diseños de lujo, canalizan pedidos y facilitan envíos internacionales con fricción mínima. El riesgo legal se diluye entre proveedores, intermediarios y promotores. Nadie parece ser completamente responsable, pero todos participan en la cadena de monetización.
El rol de los influencers es clave. Algunos perfiles, incluidos influencers de Cataluña, están difundiendo códigos de descuento vinculados a estas plataformas, presentando los productos como oportunidades inteligentes, como si estuvieran democratizando el acceso al lujo. No lo están haciendo. Están legitimando un circuito de mercancía ilegal, aunque lo envuelvan en estética cuidada y narrativa lifestyle.
Aquí hay un punto crítico, el consumidor joven no percibe que está comprando algo ilegal. Percibe que está siendo listo. Percibe que ha encontrado el atajo. TikTok convierte el unboxing de una falsificación en entretenimiento aspiracional. La conversación se desplaza del origen del producto a la experiencia de compra. Y cuando la experiencia es divertida, la ética se vuelve secundaria.
Desde una perspectiva estratégica, el impacto es profundo. Las marcas no solo pierden ventas, pierden narrativa. Su capital simbólico, construido con inversión, diseño y posicionamiento, se diluye en un océano de versiones que erosionan exclusividad y coherencia. Si una generación interioriza que pagar el precio original es de ingenuos, el branding se convierte en un coste difícil de justificar.
También hay una cuestión de responsabilidad corporativa. ¿Qué mecanismos reales están implementando las plataformas para detectar y bloquear productos que infringen derechos de propiedad intelectual? ¿Qué diligencia aplican los influencers antes de asociar su nombre a una plataforma de este tipo? El crecimiento rápido no puede ser excusa para la ceguera selectiva.
Normalizar los “clones” no es solo una cuestión comercial, es cultural. Cuando el lenguaje rebaja la gravedad de la conducta, la conducta se expande. Y cuando se expande en canales con millones de visualizaciones, el efecto deja de ser marginal para convertirse en sistémico.
Conviene llamar a las cosas por su nombre. Si es falsificación, es falsificación. Si vulnera derechos, vulnera derechos. Y si alguien monetiza esa vulneración a través de códigos personalizados y narrativa aspiracional, forma parte del modelo de negocio, aunque lo disfrace de recomendación inocente.
La viralidad no legitima lo ilegal, lo amplifica.