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Josep Maria Cortés opina sobre la disputa electoral de Joan Laporta y Víctor Font en el Barça

Josep Maria Cortés opina sobre la disputa electoral de Joan Laporta y Víctor Font en el Barça

Pensamiento

Barça: la larga sombra del ‘cuñau’

"Laporta y Font se acuerdan de Messi cuando truena. El astro argentino fue expulsado por la mano maestra del 'cuñau' para jolgorio de Jorge, el padre del futbolista, que se lo llevó al milmillonario Inter de Miami"

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Debajo de la moral hay una antigua lucha soterrada. Vencer al oponente es la distinción que el destino concede a los elegidos; y cuando es cosa de dos, entre el bueno y el malo se esconden un noble y un plebeyo.

En la semana electoral del FC Barcelona, el engreimiento de Joan Laporta decanta la conciencia incólume de Víctor Font, el candidato. Ellos dos son la mística y el coraje; el carisma y la ciencia; la imaginación y el número; el dueño y el fill del amo.

Los dos contendientes se manifiestan a través del filtro de Alejandro Echevarría, el excuñado de Laporta y cuñau del club; el hombre aforístico de pelo cano y prominente torso laportiano que entra en el vestuario, altar sagrado de los futbolistas, para solucionar contratos, parejas, familia, viajes, colegios y celos.

El cuñau vive además en la francachela de la Federación Española, la herencia ruin de Pablo Porta, Plaza y Raimundo Saporta, soniquetes de Butanito. Y, de paso, el mismo cuñau se encarga de mediar en la Liga de Futbol Profesional, pintoresca patronal de la pelota, sindicato vertical de la Democracia Futbolística, allí donde pacen las ventajas que otorgan a sus testaferros las oscuras finanzas de los clubs.

Laporta está en deuda con Alejandro, hijo del llorado empresario de fuste, Juan Echevarría Puig, expresidente de Nissan y Endesa, hombre de la Cruzada y exmentor de la fundación innombrable del Caudillo, hoy liquidada para malaje estadístico de la historiografía.

Laporta y Alejandro son la dupla del escorzo. Lo son desde el año inaugural de la primera presidencia de Jan, cuando se puso a prueba aquella frágil Burguesía 2000 de los jabatos de Pedralbes, descendientes de pioneros, como Folch-Rusiñol, Corachán, Girona, Ferrer-Salat, Godó, Vergés, Vicens, Echevarria, Godia o Sentís, que merendaban con los nietos del Salvador Andreu, en los poderosos balandros del elegante Rolls Roice del farmacólogo.

De ahí les viene la casta capaz de esconder las igualas sin palidecer. “Viven en la cartera del club”, en palabras de Font, y se financian sin rubor en el Congo Belga de Leopoldo I, el rey colonial que dio carta de naturaleza al Corazón de las tinieblas del viejo Joseph Conrad; sostienen a Hansi Flick, el mister de la Escuela de Baviera que agradece la misión, citando al cuñau, en la última rueda de prensa, protegido bajo la ponzoña de los intersticios sentimentales y monetarios del futbol.

Laporta y Font se acuerdan de Messi cuando truena. El astro argentino fue expulsado por la mano maestra del cuñau para jolgorio de Jorge, el padre del futbolista, que se lo llevó al milmillonario Inter de Miami. El ahora campeón de las Américas fue recibido, hace pocos días, en la Casa Blanca, donde Trump, el mastodonte en guerra, le comparó con Pelé. Y ya que el jugador se ha convertido en el ogro filantrópico del noble arte del “estado de ánimo” --diría Eduardo Galeano-- podía haberle negado la sonrisa al gorila de feria que mata en Oriente Próximo y expatría latinos en las calles de San Francisco.

Pero no le pido tanto al zurdo diamantino y cuarentón. Font lo quiere de vuelta solo para avergonzar a Laporta y desenmascarar al cuñau. Font ha pasado su tiempo de pusilánime; le toca “vivir peligrosamente y construir ciudades en el Vesubio”, escribió Nietzsche; de ser ladrón y conquistador, mientras no pueda lucir su epitafio.

Donde al candidato se le escapa el éxito de los dedos, Laporta espera impaciente en la grada del nuevo Spotify Camp Nou con 62.000 espectadores. Tiene al cuñau, la araña en su red: su eterno retorno.