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Jordi William Carnes opina sobre la identidad de Barcelona

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Pensamiento

Barcelona y Hamlet

"Somos, pero no somos"

Publicada

No sé cuántas ciudades hay en el mundo que vivan en un estado permanente de introspección: qué he sido, qué soy y qué quiero ser. Barcelona le gusta ser una de ellas. Las capitales de estado se autoafirman periódicamente no les hace falta el constantemente .Una ciudad a la que la geografía y el clima han bendecido con múltiples virtudes —el clima es una de ellas—, pero en la que siempre existe una tendencia a la queja: que si llueve demasiado, que si hace demasiado calor. Es, al fin y al cabo, nuestra condición humana.

Ciudad cruce de caminos, de culturas y de idiomas, Barcelona se mira periódicamente hacia su interior para discernir qué mapa utiliza para orientarse.

He tenido la suerte de leer tres libros que reflejan, en distintos grados, aproximaciones y visiones del cosmos llamado Barcelona: Ramon de España, La Barcelona fantasma. Personas y lugares que ya no existen; Jordi Amat, Les batalles de Barcelona. Imaginaris culturals d’una ciutat en disputa (1975-2025); y Xavi Casinos, Barcelona metropolitana. Del Consell de Cent a la ciutat global. Tres miradas interesantes y útiles para constatar dónde estamos y por dónde, quizá, podríamos ir.

Un pasado que la globalización y toda la industria de servicios que conlleva, ha ido difuminando, dando lugar a realidades que combinan lo singular y lo original con espacios eclécticos. Con distintos énfasis ideológicos —siempre útiles— se dibuja un alma compleja a la que le cuesta asumir que determinadas etapas no regresarán. Las banderas lúdicas se diluyen; las convivencias cívicas generan contradicciones no siempre bien resueltas. La libertad —vivir o no vivir, permitir o prohibir— atraviesa hoy un debate difícil.

Las crisis económicas e identitarias no se llevan bien con una ciudad a la que le cuesta hacer la digestión de su propia realidad: somos, pero no somos. Curiosamente, ahora que disfrutamos de algo de sosiego, hay quien añora el “mambo”, como si necesitáramos un enemigo exterior —o interior— para dar sentido a nuestra existencia. “Contra X se luchaba, se vivía mejor”.

Se gana un trofeo deportivo y el comentario inmediato es de angustia sobre el futuro, sin dejar espacio para disfrutar del éxito obtenido. Como se dice en argot deportivo, somos “muy tribuneros”.

Barcelona ha cambiado para bien, aunque haya quien añore determinadas realidades e imágenes del pasado. Es lógico y normal: todos tenemos nuestras fotos vitales. Cuantos más años hemos andado, más recuerdos acumulamos. Pero pretender vivir del pasado es complejo.

La Barcelona real y la Barcelona oficial avanzan a ritmos distintos y utilizan mapas diferentes. Recomiendo un ejercicio tranquilo de observación sobre la calidad urbanística de nuestro amplio territorio llamado Barcelona. Tomemos el tranvía, por la visibilidad que ofrece; no menciono otros transportes para evitar desasosiegos. En los extremos encontramos las Tres Chimeneas, Walden, el parque de Torrebonica, sin olvidar que las ferias que congregan anualmente a miles de ciudadanos del mundo se celebran en L’Hospitalet. Esa es la nueva Barcelona real.

Hace más de un siglo, Barcelona creció en dimensión incorporando villas y pueblos que eran independientes: Sants, Gràcia, Les Corts, Sarrià, Sant Andreu…

El dilema del señor Hamlet/Barcelona es crecer o no crecer, cómo hacerlo, para qué y hasta dónde. Nadie lo dice abiertamente, pero los sufridos pobladores de los valles intuyen, por experiencia práctica, que muchas soluciones a su forma de vida están fuera de las murallas, como lo estuvieron en Barcelona a mediados del siglo XIX: vivienda, salud, comunicaciones, trabajo, ocio.

La vida fuera de las murallas nos conducirá a nuevas realidades culturales, lingüísticas y sociales. Cuanto antes aprendamos a convivir, a gestionar y a disfrutar esta nueva Barcelona, antes se pueden mitigar bastantes angustias.

Existe una demanda difusa de gobernanza: cuantos más aspectos incorporemos al catálogo de actividades mancomunadas, mayor satisfacción podremos ofrecer a la ciudadanía. El riesgo es caer en el miedo y en la angustia de Hamlet. Que no nos encontremos pensando que “algo está roto en Dinamarca…”, como dice el clásico.