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El ministro de Transporte, Óscar Puente

El ministro de Transporte, Óscar Puente Europa Press

Pensamiento

Rodalies, dimisiones de quita y pon

"El colapso de la red ferroviaria ha entrado en la fase más previsible de la política: la de los gestos sin consecuencias reales"

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El colapso de Rodalies ha entrado en la fase más previsible de la política: la de los gestos sin consecuencias reales.

El cese de Josep Enric García Alemany, director operativo de Rodalies, y de Raúl Míguez Bailo, director general de Explotación y Mantenimiento de Adif, no es una depuración, sino una maniobra de contención. Ambos llevaban menos de un año en el cargo, lo que convierte sus salidas en un ejemplo casi de manual de dimisiones de quita y pon, pensadas para amortiguar el impacto político sin tocar el núcleo del problema.

La elección de los sacrificados no es casual. No son quienes diseñaron el modelo, ni quienes decidieron durante años posponer inversiones, ni quienes han convivido cómodamente con un sistema que funciona mal de manera estructural. Son perfiles recientes, prescindibles, sin capital político propio. Perfectos como fusibles. Saltan sin que el cuadro general se inmute.

Este episodio marca, además, el primer revés grave a la credibilidad del Govern del PSC. No un desgaste menor, sino un golpe directo a la promesa de gestión eficaz con la que llegó al poder. De hacerlo bien sin hacer ruido.

Y llega en un momento especialmente delicado, con un president, Salvador Illa, aún convaleciente en el hospital, lo que genera la sensación de interinidad ante una crisis social que exigía un liderazgo político de primer nivel.

El Govern ha exigido responsabilidades al Estado con el tono severo de quien se presenta como parte agraviada. Pero esa pose de prudencia y contención tan característica del Govern Illa chirría cuando el caos y la incertidumbre no cesan durante días.

Gobernar bien es reclamar también en voz alta a tus amigos en Madrid, y no acabar haciendo de pararrayos. Es asumir que los problemas heredados también son, desde el primer día, problemas propios. Rodalies no distingue entre administraciones cuando falla, y el ciudadano tampoco.

En Moncloa se ha aplicado el manual clásico de daños mínimos: cambiar dos nombres y dar por cerrado el episodio. Ni Renfe ni Adif ven cuestionadas sus estructuras de mando, ni se abre el debate incómodo sobre la cadena real de responsabilidades, la planificación a largo plazo o el encaje competencial.

El PSOE opta por anestesiar la crisis antes que operarla, aun a riesgo de que la infección reaparezca.

Tampoco los partidos separatistas pueden presentarse como meros espectadores ni víctimas. ERC y Junts llevan años utilizando Rodalies como símbolo del agravio permanente. Cuando tuvieron margen para traducir influencia política en soluciones estructurales, prefirieron mantener abierto el conflicto.

La impostura del partido de Carles Puigdemont se explica sola: disponen de un representante en el consejo de administración de Renfe, Eduard Gràcia, que aún no ha dicho esta boca es mía, mientras desde Junts hablan como si no tuvieran ninguna responsabilidad ni pasada ni presente.

Un Rodalies que funcione aceptablemente, y no es tarea imposible lograrlo con una buena y persistente gestión/inversión, arruina el relato del secesionismo, que ya vuelve a la carga con manifestaciones en febrero bajo el paraguas de las infraestructuras. El relato es esgrimir siempre lo bien que funcionan Ferrocarrils de la Generalitat, lo cual es una verdad con muchas trampas.

Mientras tanto, el usuario sigue no llegando o haciéndolo tarde, acumulando horas perdidas y confirmando una intuición cada vez más extendida: aquí nadie quiere pagar el coste político de arreglar las cosas de verdad.

Las dimisiones de quita y pon sirven para cambiar el foco, no la realidad. Y así, mientras caen cargos recién llegados, el sistema continúa igual de averiado y las promesas políticas, un poco más.