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La opinadora Núria González

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Pensamiento

Europa en el menú

"En este nuevo orden mundial que ya es una realidad, Europa es el plato principal del menú de los nuevos mandamases, porque ahí nos hemos puesto nosotros mismos por falta de coraje y dejándonos manipular por cualquier lobby"

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El Foro de Davos, que vendría a ser como el Monte Olimpo de nuestra era, donde los dioses caprichosos juegan con la vida de nosotros, los mortales, solo como fuente de placer, ha dejado grandes perlas dialécticas. Mi favorita la soltó el presidente de Albania, el señor Bajram Begaj, cuando le preguntaron por qué se había unido al nuevo grupo de “colegas por la paz y por el negocio inmobiliario” organizado por Trump, a diez mil millones de dólares la membresía. Sin dudarlo, espetó: “Si no estás sentado en la mesa, estás en el menú, y Albania prefiere estar en la mesa”.

No me negarán que no es un excelso ejercicio de elocuencia del presidente albanés, que define de manera exacta el momento de la geopolítica mundial actual.

La cuestión preocupante es que, en Davos, Europa no ha estado sentada en ninguna mesa. Ni en Davos, ni en la que se viene desarrollando en Abu Dabi con Estados Unidos, Rusia y Ucrania negociando los términos de la rendición y supervivencia de Ucrania, que son los mismos que se podían haber negociado y firmado a la semana de que empezara el conflicto.

Es más, después de arruinar Europa entera durante los últimos cinco años para financiar la industria armamentística estadounidense, propiedad del hijo de Joe Biden (sí, sí, aquel señor presidente), Zelensky se ha permitido el lujo de mandarnos a pastar, porque, según él, lo hemos dejado más tirado que a una colilla.

Y es verdad. Europa nunca jamás ha tenido la menor intención de enfrentarse a Rusia, sobre todo donde podía, que era ejecutando sus activos financieros, porque sabe que no podría sobrevivir a Putin. Precisamente por eso, no estamos en ninguna mesa. Porque, más allá de un mercado muy pijo, no somos nadie.

Europa tampoco está presente en las mesas de decisiones de los importantes acontecimientos que están pasando en Oriente Próximo. Y España, ni se diga, después del papelón vergonzante de nuestros dirigentes en temas como Gaza o Irán, donde hemos sido el bufón de la corte, con grandes episodios como el de la Flotilla o hemos dejado de tener gracia con la negativa de los partidos del gobierno a apoyar la lucha de las mujeres iraníes contra los ayatolás. Irrelevancia ganada a pulso.

Pero Europa tampoco está ya en Gaza, ni puede condicionar nada de lo que hagan Israel y Estados Unidos, más allá de confiar en la gestión del nuevo alcalde, Tony Blair, cosa que tampoco sería nueva, puesto que ya lo hicimos a principios de los dos mil, cuando este señor se inventó la chorrada aquella de la “Tercera Vía” y todos los modernos del momento la abrazaron como si fuera el maná celestial. Y ahí empezó todo a irse al traste.

Europa, por su tibieza, se ha borrado a sí misma del tablero y, por supuesto, tampoco nadie le va a preguntar a ningún europeo sobre la conveniencia o no de apoyar a la población civil iraní con ataques militares para acabar de desbancar al régimen criminal de la teocracia islámica.

Y en América ya, para qué vamos a hablar. Ni en Venezuela, ni en Groenlandia, ni en el último triste rincón entre la península de Ontario y Punta del Este, pinta nada Europa, políticamente hablando. En el mejor de los casos, intentamos hacer un megamercado utilizando la única fuerza que nos queda, que es la de consumir; como es el acuerdo de Mercosur, pero ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo entre nosotros, ni de garantizar y explicar a nuestros propios productores que la supervivencia de los productos europeos pasa por acuerdos como este, o serán aniquilados por los de mercados como el marroquí.

Huelga decir que lo de España es peor todavía, si nos referimos a nuestra situación actual en América Latina. En lugar de montar una especie de Commonwealth latina y convertirse en una comunidad de estados que podría ser una superpotencia económica y cultural, ya que al fin y al cabo somos casi familia, compramos el discurso indigenista de los presidentes mexicanos López Obrador y Claudia Sheinbaum, que como sus apellidos indican, son descendientes directos del mismísimo Moctezuma.

Vamos por ahí pidiendo perdón por no se sabe qué, en lo que les exportamos a Pablo Iglesias y compañía para que “jueguen” allí a la política. Eso sí que es para pedirle perdón a todo México e ir en penitencia de rodillas a la basílica de la Virgen de Guadalupe por semejante atropello.

La cosa es que, en este nuevo orden mundial que ya es una realidad, Europa es el plato principal del menú de los nuevos mandamases, porque ahí nos hemos puesto nosotros mismos por falta de coraje y dejándonos manipular por cualquier lobby económico, religioso o de cualquier tipo, cambiando la política por el buenismo suicida y sin sentido.

Y eso resulta un grave problema si aún creemos que tenemos algo que aportar en la defensa de los más mínimos principios civilizatorios de la humanidad y de la estructura social basada en la igualdad, la libertad y la justicia social y no solo en quién la tenga más grande. La Mesa.