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El 40º aniversario de la Agencia Catalana de Turismo

El 40º aniversario de la Agencia Catalana de Turismo

Pensamiento

40 años de visitantes: ¿bienvenidos o "márchate"?

"Los gobiernos locales y autonómicos harían bien en hacer pedagogía explícita, sin complejos, sobre la importancia de tener visitantes; y si no se quieren, qué alternativas ofrecemos a la ciudadanía"

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Hace unas semanas, se celebraba, en el MNAC, el 40º aniversario de la creación de la Agencia Catalana de Turismo. Curiosidades de las agendas: el mismo día, en sede parlamentaria, diferentes entidades sociales y económicas debatían sobre la propuesta de un nuevo incremento del impuesto sobre las estancias en establecimientos turísticos.

El marco legal en Cataluña se fijó en noviembre de 2012, cuando vivíamos el auge de la cultura de la austeridad: había que reducir gastos y generar nuevos ingresos. El sector comprendió la situación, pero solicitó que la recaudación se destinara a continuar la promoción de un turismo sostenible, la mejora de infraestructuras, la cultura y los barrios o zonas afectadas por la presión turística.

En 2021, Barcelona creó un recargo municipal para compensar esos efectos. Lo interesante de este escenario de celebración y debate recaudatorio aparece cuando analizamos las cifras: más de 100 millones de euros en Barcelona y 200 millones en Cataluña anualmente, y en crecimiento.

Me surgen algunas reflexiones tras escuchar debates —siempre interesantes— sobre la voluntad de incrementar el impuesto y las consiguientes recaudaciones. Por cierto, es preferible mantener un impuesto autonómico y permitir recargos municipales —cuando los ayuntamientos así lo deseen— que modificar el IVA, ya que el conocimiento del origen y destino del dinero puede diluirse en exceso si las recaudaciones se trasladan al ámbito estatal.

¿Por qué “maltratamos” tanto al visitante —ironía que me comentaba una asistente al acto— que nos está generando tantos ingresos? Quizá porque la ciudadanía desconoce el origen y el destino de estos fondos. Hace años ocurría lo mismo con los fondos europeos, hasta que se decidió hacer pedagogía sobre su procedencia y uso. Empecemos, pues, a analizar el destino y el uso de estos recursos.

Podemos focalizarlos o diluirlos, pero siempre explicando su procedencia, y a qué se destinan. Mucha gente podría sorprenderse. Al visitante podemos agradecerle y cuidarlo para que nos siga aportando buenas recaudaciones, o podemos maltratarlo e insultarlo. Hay quienes piensan que este caudal de dinero es eterno y que ya no hace falta cuidar ni mejorar las instalaciones de las ciudades o de los municipios rurales (no olvidemos que no todo es turismo urbano).

En el acto antes citado se oían voces que alertaban sobre el exceso de confianza; sin alarmismo, pero con realismo. Hay muchos destinos y muchas nuevas ciudades, playas y montañas. Llegar a la excelencia es difícil, pero mantenerse y persistir lo es aún más. Me temo que hay muchas ciudades pendientes de algunas de nuestras no decisiones.

Harían bien quienes desean recaudar más para las arcas públicas en recordar que, si no se cuida al sujeto activo —el visitante—, este puede volverse pasivo y marcharse. También hay quien sostiene que “mejor que no vengan y que paguen más”. Recordemos cómo nos quedamos durante la pandemia: tenemos memorias muy fugaces.

Los debates sobre más o menos ingresos deben equilibrarse con apoyos reales; pagar y sentirse apaleado es una situación extraña. Las experiencias negativas no se olvidan. Los gobiernos locales y autonómicos harían bien en hacer pedagogía explícita, sin complejos, sobre la importancia de tener visitantes. Y si no se quieren, qué alternativas ofrecemos a la ciudadanía.

Hay mucho más que dinero: cultura, idiomas, gastronomía. Y también en procurar que quienes habitan habitualmente los territorios visitados se sientan cómodos. No es excluyente: todos somos visitantes en algún momento del día, de la semana o del mes, por motivos laborales, educativos, sanitarios o de ocio.

En la actualidad vivimos en la cultura del “no me gusta”, “no quiero”: visitantes, inmigrantes, expats; en resumen, el desconocido. Los índices de productividad de la actividad económica vinculada a los visitantes son múltiples y diversos, afortunadamente no queremos monocultivos, aunque a menudo se niegue que los necesitamos, que hemos sido y somos tierra de paso y de acogida, con todo lo bueno y también con sus contradicciones.

La suma de los “no quiero” es potente; el miedo y la crispación la alimentan. El recuerdo de un pasado supuestamente mejor es legítimo, pero cuidado: vienen malos tiempos para la lírica. Las identidades duras, como la historia nos ha enseñado, son peligrosas.

Bienvenidos, visitantes, sin exclusión social, religiosa, cultural, lingüística, y las que vengan, pero siempre respetando el civismo y las identidades de cada territorio.

¡Hasta los próximos 40!