El cantante Morrissey en concierto

El cantante Morrissey en concierto

Músicas

Morrissey y el aprendizaje de la decepción

Después de años de silencio el mítico exvocalista de 'The Smiths´ entrega Make up is a lie. El disco sirve como excusa para asistir a una de las experiencias más inciertas de la escena musical: uno de sus conciertos

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La tradición budista lleva siglos prescribiendo el entrenamiento mental a través de ejercicios orientados a tolerar el cambio, saber soltar, no aferrarse a lo conocido y aceptar la impermanencia de las cosas. Steven Patrick Morrissey (Manchester, 1959) nos brinda la posibilidad de practicarlas a precio de mercado. La entrada media para sus conciertos en España suele estar en torno a los ochenta y cinco euros, gastos de gestión aparte.

Frontman carismático de los Smiths, blandidor sin tregua de ramos de gladiolos, fanático lector de prensa musical, dueño del mejor tupé del pop británico, apóstol preclaro del celibato voluntario, vegano radical, adicto al bucle melancólico —y fascistoide— de la nostalgia UK y uno de los mejores letristas de la historia: el mancuniano ostenta también el dudoso honor de ser el músico de élite que más conciertos cancela.

The Smiths

The Smiths

Su marca está a años luz de otros maestros ibéricos, como Sabina o Melendi. Sus primeras espantás —por decirlo en los términos taurinos que él tanto denostaría— sucedieron durante los noventa. Desde entonces ha habido de todo: más de cuatrocientas cancelaciones —ríanse ustedes de los récords consecutivos del pertiguista Duplantis— con excusas de lo más variopintas: problemas de salud, bronquitis, laringitis, hemorragias, alergias no especificadas, solidaridad con causas animales, conflictos con la promotora y otras razones peregrinas. La versión británica del perro se ha comido mis deberes.

Un largo historial de cancelaciones

Muchos lo padecimos por primera vez en el Festival Internacional de Benicàssim de 2004: las enormes letras de bombillas rojas que por entonces decoraban su escenario ya estaban colocadas, la banda de soporte había probado sonido, los fans llevaban horas ocupando las primeras filas y por los altavoces sonaban los hits que suelen jalonar los minutos previos a sus conciertos —New York Dolls, Sparks, Jobriath—. Entonces el rumor corrió como la pólvora, o mejor, como un fuego (provocado) en el verano español.

Decía que el tipo se había negado a subir al avión privado que le iba a traer, esta vez alegó un ataque de pánico. Decepción, palabrotas y algún llanto. Algunos nos fuimos a sofocar la pena bailando con los Scissor Sisters, para así hacer tiempo hasta el antológico de Lou Reed. Otros intuyeron entonces que con aquellas lágrimas se estrenaban en una tradición que ningún fan de Morrissey puede ignorar: el aprendizaje de la decepción.

El historial reciente sigue el mismo camino: la sinusitis aguda del Botánico de Madrid del año pasado, la de Valencia tras una noche de Fallas que no le dejó dormir. La sexta cancelación en la misma gira. Después tocó mayestático —rompiéndose, como siempre, la camisa— en Zaragoza y Sevilla. Están avisados quienes tengan entrada para las próximas fechas.

El arte del desencanto

Porque aparte de su lirismo exacerbado, de la hipersensibilidad como modus vivendi, del gusto por la cinefilia de nicho o la importancia para cualquier letraherido de recuperar el cuerpo, Morrissey, en su etapa en solitario, no ha hecho más que enseñarnos el arte del desencanto. No tan fácil como pudiera parecer. No solo en las declaraciones públicas. La enseñanza de saber que todos nuestros ídolos tienen fallas, grietas; que toda estatua ecuestre se erige sobre bases inestables; que toda biografía sin imperfección es publicidad o maquillaje, es vital para afrontar la vida adulta y el escrutinio personal sin medias verdades o pretensiones infundadas.

A veces pareciera que toda su carrera en solitario se sustentara en ese precepto. Desde que Johnny Marr no aguantó más sus desplantes y sectarismo musical —Mozzer se negaba a cualquier cambio rítmico o melódico— y decidió acabar con la magnífica aventura en común.

Con los años, el patrón no hizo más que endurecerse. En 2018 declaró su apoyo a For Britain, partido de ultraderecha antiislámico —"la primera vez en mi vida que votaré a un partido"— . Declaró que "todos prefieren su propia raza" y que la palabra "racista" había perdido su significado. Se mofó del acento del alcalde de Londres, Sadiq Khan. Comparó el boicot que recibió con el nazismo.

Todo eso conviviendo, sin contradicción, con décadas de veganismo militante, con el antitaurismo que durante años le llevó a evitar España, con el Premio Social Vanguard 2024 por su defensa de los derechos animales. ¿Todo animalista radical esconderá un misántropo parasitándole el alma? Parece que la compasión radical de Morrissey tenga límites de especie.

Un rey en el exilio

Pero el milagro, aún y así, pese a todo, es que seguimos a su vera. Treinta y ocho años de carrera en solitario. Catorce discos irregulares. Todos por lo menos con dos canciones excepcionales. Y, sin embargo, a años luz de sus años con The Smiths. No es injusto: The Queen Is Dead es una de las cumbres del pop británico del siglo XX. Él lo sabe. De ahí la imagen que mejor le describe: un rey en el exilio voluntario que sabe que no puede volver al lugar donde reinó, que el reino lo construyó con otro y que lo mejor es dedicarse a administrarse las decadencias con más o menos estilo. Unas ruinas hermosas, eso sí.

Vamos a destacar unas cuantas. Desde el debut con Viva Hate (1988) y la ayuda de Stephen Street ya se descolgó con clásicos inmarcesibles del calado de Suedehead y Everyday Is Like Sunday, todavía vivísimas. Your Arsenal (1992), producido por Mick Ronson —el de Bowie—, más físico y rockero. Vauxhall and I (1994), su obra maestra para la mayoría de los críticos: introspectivo, que narra los demonios interiores de sus paseos por ese barrio londinense, promesa de una madurez que nunca llegó, que se abre con la milagrosa Now my heart is full, y que en su corazón contiene The more you ingnore me, the closer I get.

Y ya en nuestro siglo You Are the Quarry (2004), su regreso después de ocho años de silencio y rabia concentrada y probablemente su última canción inmortal. First of the Gang to Die.

Make-Up is a Lie, su último disco, el primero en seis años de barbecho, después de problemas con discográficas y declaraciones desafortunadas, es coherente con su carrera; es decir no está a la altura de su leyenda. O, como sospechamos, a lo mejor es que la leyenda siempre resulta injusta, demasiado alta, ¿se imaginan el infierno que supondría que a todos nos juzgaran siempre en relación a nuestros mejores momentos, a nuestros éxitos más fulgurantes?

Portada del último álbum de Morrissey ´Make-up is a lie´

Portada del último álbum de Morrissey ´Make-up is a lie´

Morrissey, víctima del algoritmo

Notre-Dame, el single con que arranca, es teoría de la conspiración de manual sobre una base de disco noirish que podría ser de Harry Styles. Morrissey susurra: "Sabemos quién intentó matarte, no callaremos." La teoría, sin fundamento, es que el incendio de 2019 fue un atentado islamista encubierto por el gobierno francés. ¿Es Morrissey otra víctima de su algoritmo —como Miguel Bosé o Van Morrison, que fueron derivando hacia la madriguera conspiranoica conforme envejecían— o es algo más genuino en él? Lo peor es que la canción es muy mala.

En sus últimos conciertos, Morrissey parece hacerse cargo del asunto, claudica y apenas toca tres o cuatro de las nuevas. Entre medias, las canciones de The Smiths llegan como de otra galaxia, una mejor. A Rush and a Push and the Land Is Ours con grandeza psicodélica. I Know It's Over con imágenes de su madre fallecida en la pantalla. Irish Blood, English Heart con focos rojos y un nacionalismo que ya no es irónico, si alguna vez lo fue. How Soon Is Now? tan larga y tan buena que le dejó desplomado junto a la batería. Los bises: There Is a Light That Never Goes Out.

“El pasado infeliz caía sobre mí cada vez que escuchaba sus voces y decidí no verlos más”, dice Morrissey sobre su decisión de prescindir de los músicos de los Smiths tras ocuparlos en su primeros canciones en solitario. Nosotros no somos capaces de no verlo más. Tropezamos siempre —gozosamente— con la misma piedra. Con Morrissey nos aplicamos aquel verso de Venancio y los jóvenes de antaño: llevamos una piedra en el bolsillo para cuando queremos tropezar.