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El día que conocí a Silvio

El documental 'A la diestra del cielo' recoge la figura y la obra de Silvio Fernández Melgarejo, un hombre clave en el rock sevillano, difícil de exportar a otras latitudes

El músico Silvio Fernández Melgarejo, referente del rock sevillano / WIKIPEDIA
El músico Silvio Fernández Melgarejo, referente del rock sevillano / WIKIPEDIA

Nunca he sido capaz de dilucidar si el sevillano Silvio Fernández Melgarejo (1945-2001) era un genio o, simplemente, un excéntrico con carisma en el que sus paisanos se empeñaron en ver a una figura fundamental del rock local. Y la verdad es que no he conseguido disipar mis dudas después de tragarme el estupendo documental a él dedicado, A la diestra del cielo, colgado hace poco por Netflix, aunque data de 2007. Dirigido por Francisco Bech, pero supervisado y yo diría que controlado por Pive Amador, el hombre que más esfuerzos hizo por conseguir que Silvio se comportara como una persona razonable (¡Dios lo bendiga!), A la diestra del cielo repasa la peculiar existencia del rockero sevillano por excelencia desde su infancia de hijo ilegítimo de un periodista que firmaba con el alias de Silvio hasta su muerte a los 56 años, pasando por su época de baterista en Smash, su boda con una aristócrata británica que lo plantó en un par de años, sus etapas con los grupos Luzbel y Sacramento, su alcoholismo rampante, su peculiar manera de enfrentarse al mundo de la música en particular y al mundo en general y su condición de catástrofe andante que se hacía querer. Gracias a A la diestra del cielo, además, he recordado el día en que conocí al gran Silvio.

La cosa tuvo lugar a principios de los 90, cuando el diario en el que entonces colaboraba, El País, me envió a Sevilla para escribir un reportaje sobre la vida cultural de la ciudad. La organización del viaje no fue muy brillante, y cuando llegué a Sevilla, me encontré con que casi todas las personas con las que pensaba hablar se habían ausentado de la ciudad. Solo quedaba Pive Amador, que me pareció un tipo estupendo (y me lo sigue pareciendo, aunque no lo he vuelto a ver desde entonces). En esa época, Pive tocaba la batería para el grupo de Silvio, Sacramento, y ejercía también de manager, compositor, redentor y amigo del alma del desastroso Silvio, un tipo capaz de bajarse del escenario a media canción para ir a tomarse un trago o de interrumpir lo que estuviera interpretando para lanzarse a cantar su particular versión de La Zarzamora.

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Imagen del documental sobre Silvio Fernández Melgarejo / NETFLIX

Las composiciones del 'número dos'

Pive me invitó a un concierto que daban en un pueblo cuyo nombre no recuerdo y acabé en una furgoneta con diez o doce tipos que me hicieron pensar que Silvio contaba con un pedazo de banda. Luego resultó que tocar, lo que se dice tocar, solo tocaban algo cuatro o cinco, y que los demás, simplemente, se habían apuntado al jolgorio porque no tenían nada mejor que hacer (en el escenario, se limitaron a dar palmas o, en el mejor de los casos, marcarse un bailecito con los faldones de su propia camisa). Como era de prever, Silvio estaba completamente cocido, pero el concierto estuvo muy bien en su línea caótica: el tipo iba sobrado de carisma (y de alcohol), y aunque los músicos se volvían tarumbas para seguirle, pues nunca sabían por donde les iba a salir, el resultado era tan extravagante como satisfactorio. Algunas canciones estaban en algo parecido al italiano (Silvio era un gran fan de Celentano). Otras sonaban a inglés, pero aquello no era inglés, sino un camelo como el utilizado previamente por Antonio González, el Pescaílla, en su descacharrante versión de La chica de Ipanema. El público, entregado como pocos, aplaudía a rabiar mientras Silvio se dejaba querer y los músicos intentaban (no siempre con fortuna) que aquello se pareciera mínimamente a un concierto de rock canónico. Luego fuimos a una emisora de radio local, y allí le escuché a Silvio uno de los mejores conceptos de mi vida. Preguntado por el locutor por qué, siendo el número uno, no componía sus canciones, el hombre, con todo su papo y sin dejar de fumar ni de beber, repuso: “Tú lo has dicho, quillo, porque soy el número uno. Que las componga el número dos”.

Y así sucesivamente.

En Barcelona, a Silvio lo habríamos matado de hambre y de sed, pues los biempensantes que controlan mi ciudad desde tiempo inmemorial lo habrían considerado un vago, un irresponsable, un borrachuzo y un mal cantante (yo creo que era todas esas cosas, pero daba igual). En Sevilla, por el contrario, lo adoraban, lo invitaban a copas, le cortaban el pelo gratis y hasta acabaron poniéndole una calle en su barrio de Los Remedios. Era un héroe local y lo consideraban un figura y un monstruo (cosas que también era, aunque casi nadie las captara fuera de su zona de influencia: su paso por Madrid a finales de los 80 no fue precisamente un éxito). Es lo que se deduce de las declaraciones de los que aparecen en el documental, gente como Ricardo Pachón, Gonzalo García Pelayo, Gualberto y Antonio de Smash o el voluntarioso Pive Amador, empeñado en hacer triunfar a alguien al que el triunfo se la soplaba, como casi todo, y del que no tengo claro si era un cantamañanas o el nuevo Séneca, alguien que, según uno de sus amigos, se dedicó a observar atentamente su propio suicidio por etapas.

No es fácil entender a Silvio sin ser sevillano. Yo aún no lo he logrado, pero eso no impide que sienta por él una extraña admiración: alguien capaz de pasar de Eddie Cochran a Antonio Molina en cuestión de segundos es alguien que se ha puesto el mundo por montera de manera definitiva e irreversible. Atención al final agridulce de A la diestra del cielo, con la aparición del hijo del artista, Sam Fernández, quien, físicamente, es una extraña mezcla de Silvio y Ray Davies: admira a su padre sin haberlo conocido. Me siento muy identificado con él: yo conocí a Silvio, escuché sus canciones, asistí a los ímprobos esfuerzos del bueno de Pive por convertirle en alguien presentable y sigo sin saber muy bien qué pensar de él. No es fácil si no has nacido en Sevilla.