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Antonio González, "El Pescaílla"

Nuestro héroe fue durante casi toda su vida un segundón o un secreto muy bien guardado; algunos lo consideramos un artista como la copa de un pino

Antonio González, El Pescaílla
Antonio González, El Pescaílla

Sostenía Francisco Casavella, la primera persona a la que oí hablar maravillas de Antonio González, alias El Pescaílla (Barcelona, 1925 – Madrid, 1999), que el mejor material del pionero de la rumba catalana (con permiso de Peret, que al final de su vida se puso un poco pesado con su supuesta paternidad) nunca se llegó a grabar, pues se había manifestado en el transcurso de abundantes fiestas, juergas, cogorzas colectivas y demás jolgorios en los que a nadie se le había ocurrido presentarse con un micrófono. Esas sesiones, esas descargas, serían, pues, el material del que están hechos los sueños, como el halcón maltés de Dashiell Hammet. Los que no estuvimos en ninguna de ellas, nos hemos tenido que conformar con la treintena de canciones (tirando alto) que el Pescaílla tuvo el detalle de grabar en los años 60 y que se encuentran repartidas (y repetidas) en los dos únicos discos que pueden encontrarse de nuestro hombre. Me temo que eso contribuyó a la fama de vago de siete suelas que le acompañó durante toda su vida, desde que se casó con Lola Flores y adoptó, parece que voluntariamente, un papel secundario en la existencia y en la música. De todos modos, basta con escuchar uno de esos dos discos para comprobar la maestría del Pescaílla y lamentar que no llegara a visitar con más frecuencia los estudios de grabación.

Antonio González Batista nació en el barrio barcelonés de Gracia, donde vivía su progenitor, llamado igual que él y apodado El Sardineta. Los alias marineros procedían del abuelo, un gitano de Murcia que se instaló en la Barceloneta y se dedicó a la venta de pescado. Casado en primeras nupcias (por el rito gitano) con una sobrina de Carmen Amaya, Dolores, con la que tuvo una hija, las plantó a ambas para liarse con Lola Flores, que en la época mantenía un tórrido y complicado romance con el cantaor Manolo Caracol, ganándose de esta manera el odio eterno de la familia de su mujer, que, según ciertas versiones, contribuyó a su traslado a Madrid y a unos esporádicos regresos a su ciudad natal prácticamente de incógnito, pues se suponía que le había caído una fatua gitana de padre y muy señor mío.

Nuestro héroe fue durante casi toda su vida un segundón o un secreto muy bien guardado, como ustedes prefieran. Quien nunca le haya escuchado en todo su esplendor, podrá seguir pensando que era un holgazán y un dipsómano que se dedicó a vivir a la sombra de la Faraona, pero los demás tenemos serios motivos para considerarlo un artista como la copa de un pino. No se mató componiendo (solo hay dos canciones registradas a su nombre), pero brilló haciendo suyo todo tipo de material ajeno, del Strangers in the night de Sinatra a una Garota de Ipanema que convirtió en una rumba lenta interpretada en algo que sonaba a inglés, pero que era puro camelo y daba lo mismo. El hombre bordaba los lentos y los rápidos, tenía una voz estupenda, se inventó una peculiar manera de tocar la guitarra (conocida como el Ventilador, que Peret, claro está, reivindicaba como propia) y dejó una obra escasa, pero contundente. Yo me enganché a sus cosas mientras preparaba mi primera película, Haz conmigo lo que quieras (2004), y acabé incluyendo en ella tres canciones del Pescaílla porque me parecían ideales para retratar al personaje que interpretaba Alberto San Juan.

1995 fue un año espantoso para Antonio González. Su mujer y su hijo murieron con dos semanas de diferencia, acelerando una defunción que nuestro hombre se había trabajado a fondo durante toda su vida a base de una ingesta, digamos, algo excesiva de alcohol. Las últimas imágenes que recuerdo de él, vista en algún programa de telechismorreos, lo mostraban a las puertas del domicilio familiar, la finca El Lerele, sacando la basura, mal afeitado, con expresión triste y aspecto de llevar encima algunas copas de más. Nada que objetar. El final de la existencia es un desastre para casi todo el mundo, pero no todos los difuntos pueden presumir de haber dejado atrás una obra tan brillante, por escasa que fuera, como la del Pescaílla. Y sus seguidores siempre podremos seguir imaginando cómo serían aquellas descargas rumberas de las que hablaba Casavella mientras se le dibujaba en el rostro una sonrisa de satisfacción ante la nostalgia de lo no vivido.