Portada del álbum de Sparks con la música de la película del francés Leos Carax 'Annette'

Portada del álbum de Sparks con la música de la película del francés Leos Carax 'Annette'

Música

Sparks

Sus tres primeros discos los acreditaron como uno de los grupos más raros y excéntricos de la historia de la música pop

22 noviembre, 2021 00:00

Londres, 1974. En plena agonía del glam rock --Bryan Ferry se deshizo del maquillaje utilizado en los inicios de Roxy Music dos años antes y se había puesto el esmoquin que, literal y metafóricamente, ya no se quitaría durante el resto de su vida--, dos hermanos norteamericanos, al frente de un grupo llamado Sparks en el que el resto de los miembros eran meros mercenarios, ya que ellos dos componían todo el material, se encaramaron a las listas de éxitos de toda Europa con una canción deliciosamente absurda y delirante titulada This town ain´t nig enough for the both of us (Esta ciudad no es lo bastante grande para nosotros dos), en la que, sobre un fondo machacón de guitarras y sintetizadores, una voz en histérico falsete narraba una historia tan absurda como fascinante. No era un falsete inocente a lo Tiny Tim, sino un grito amenazador que captaba inevitablemente la atención del oyente y que adoptaba un tono operístico a medio camino entre lo ridículo y lo sublime: los hermanos californianos Ron (teclados) y Russell Mael (voz) habían cruzado el charco en busca de una audiencia que los comprendiera --cosa que no había ocurrido en Los Ángeles con su grupo Halfnelson-- y la habían encontrado. Su primer álbum, Kimono my house, fue un éxito de crítica y público.

Lo suyo era un pop melódico y acelerado, según las circunstancias, que exhibía músculo, extravagancia y sentido del humor, convirtiendo cada uno de sus discos en una especie de opereta en la que se mezclaban alegremente los géneros, creando en el oyente una extraña y agradable sensación de euforia. Su propuesta era tan única y personal que su éxito sigue siendo un misterio para mí a día de hoy, aunque no estaba sola en aquellos años en los que el pop se tomaba la molestia de reinventarse a sí mismo constantemente. Su segundo álbum, Propaganda, salió también en 1974. Y el tercero, Indiscreet, aún más ecléctico y delirante, en 1975. Solo con esa trilogía, Ron y Russell habrían pasado a la historia del pop para un servidor de ustedes, pero los hermanitos --sobre cuya vida privada poco o nada se sabe-- siguieron con sus cosas, aunque de una manera que me llevó, puede que algo injustamente, a alejarme de ellos: volvieron a los Estados Unidos y grabaron dos discos con Giorgio Moroder, el rey de la música disco, al que yo, por aquellos tiempos, detestaba tan cordialmente como a la música que tanto había contribuido a popularizar (faltaban décadas para que Daft Punk lo reivindicara con un tema que llevaba su nombre).

Es evidente que mi desinterés no influyó en su estado de ánimo, pues siguen en activo a día de hoy y hasta se han permitido escribir el guion y la música de la película del francés Leos Carax Annette. Tras saltarme un montón de discos, hice las paces con ellos en 2002 gracias al elepé Li´l Beethoven, nueva opereta delirante en la que recurrían a los clásicos para seguir avanzando en su chaladura personal. Tras una nueva etapa de separación, volví a ellos en 2020 con A steady drip, drip, drip, agradable disco, aunque no muy sorprendente, en el que Ron y Russell aparentaban haberse calmado un poco (los teclados sonaban menos chiflados y el falsete era algo más grave), lo cual es normal si tenemos en cuenta que el primero nació en 1945 y el segundo en 1948, lo cual los convierte en dos (¿respetables?) septuagenarios. La mezcla de géneros seguía viva, igual que las tendencias operísticas y el retorcido sentido del humor de las letras. En sus mejores momentos, A steady drip, drip, drip te retrotraía a principios de los setenta, cuando Kimono my house te voló la cabeza entre carcajadas histéricas. No sé si compraré más discos de los Sparks, pero estoy convencido de que seguirán grabándolos, ya que, como Mick Jagger, los hermanos Mael son de los que aspiran a diñarla en el escenario.

Sus tres primeros discos acreditaron a los Sparks como uno de los grupos más raros y excéntricos de la historia de la música pop, uno de esos grupos que te pillan por sorpresa y te seducen con sus propuestas porque nunca has escuchado nada parecido. Con el tiempo, la fórmula se ha asentado y estabilizado y ha dejado de ser el tratamiento de choque que fue en un principio, pero a los hermanitos les queda cuerda para rato e inspiración suficiente para seguir fabricando canciones absurdas hasta el día del juicio final. Eso sí, yo de ellos dejaría de teñirme el pelo, que la cosa ya canta y no engaña a nadie.