La barahúnda de los pájaros invisibles (III) / DANIEL ROSELL

La barahúnda de los pájaros invisibles (III) / DANIEL ROSELL

Manuscritos

La barahúnda de los pájaros invisibles (III)

Tercera entrega del relato de Juan Carlos Girauta para #LetraGlobal

5 agosto, 2018 01:58

No esperabas menos de Beth. No solo no se ha ofendi­do sino que su expresión ha cobrado el resplandor de épocas pasadas. Siempre os comprendisteis demasiado bien; por eso las tenta­tivas de seducción no prospera­ron. La consideras tan capaz de prestarse a tu farsa que ni siquiera te has moles­tado en pedírselo de forma explí­cita. Omites el trámite. Haces bien; ella lo prefiere así, y se dispone a exhibirse a tus pies ante quien haga falta, a origi­nar celos dondequiera que no los haya para después azuzar­los. Queda claro que no te pasó desaper­cibida su inter­ven­ción en el enlace de ciertas parejas durante vuestra tar­día, lar­guísima adolescencia (¿digamos que duró hasta los veinticinco?), que de sobra sabes que medió el acica­te de sus cari­cias en público, de sus inopinadas carantoñas al afortunado de turno, de sus lágrimas generosas, de sus enamo­riscamientos repen­tinos.

Con las cartas al fin boca arri­ba, te agradece que al menos tú lo sepas, que siempre lo hayas sabido. Aunque el motivo último de aquella cadena de engaños que marcó la época de Cabrils, de la facul­tad, del grupo de tea­tro, nunca alcan­zaste a avistarlo. Te conformaste en su día con explica­ciones que sin embargo sospechabas inexactas: su excen­trici­dad, su carácter teatral. Nada de eso. Tampoco es que le preocupa­ran en exceso los problemas de sus amigos del sexo contrario y que les echara una mano. No era al­truis­mo; lo de Beth era una forma de vani­dad. Sin impor­tarle la idea que de ella se formaran los que por unas horas dis­frutaban de su entrega, hallaba un raro placer en desviar las preferencias senti­menta­les de las otras. Si podía despertar el interés hacia un varón en el ánimo de la indi­ferente con sólo mostrarse ella interesada, entonces quería decir que las que la rodeaban la conside­raban supe­rior. Por fuerza la habían de tener por más atractiva e inteligente (lo era), y concluir: Si Beth, un ser excepcional, está loca por fulano, enton­ces fulano también debe tener algo excepcio­nal, aunque yo no me haya dado cuenta. 

A las once y media, cuando los camareros ya os han olvi­dado, Beth, dulcísima, te coge de la mano y, como si ya estuviera todo dicho, pregunta:

—¿No estará en el Agut de la calle Gignàs?

—¡Mierda, el otro Agut! Llevo tanto tiempo fuera...

Salís a toda prisa.

Crees ver a Irma tres o cuatro veces; por la calle Fer­nan­do, por la Plaza de San Jaime, por la Vía Layetana. Cami­náis con paso dispar, aunque terminas por ajustarte al de ella, que te mira y sonríe divertida. Mientras ro­deáis el edificio de Correos, de súbito distingues la voz. Un momento antes de que doblen la esquina, acercas tu cara a la de Beth para comuni­carle las únicas reglas del juego que aún descono­ce:

—Soy un pianista de Boston. No hablo espa­ñol. Estoy de vacaciones.

Dicho esto, le das un ligero apretón en el brazo que solo cabe interpretar como “adelante, ya sabes lo que hay que hacer”. A ella le enloquecen estas cosas. Su cara se ilumina.

Tanto Irma como su acompañante reco­nocen a Beth. ¿Por qué si no esa falsa naturalidad? Recuerdas lo que te acaba de contar, la serie de televisión, los premios, las películas. La novia de Oriol está impre­sionada. Vais al Pastís y todo resulta confu­so, no porque tengáis que usar un idioma que no es el de ninguno de vosotros —el inglés de Ramón, el acompañante de Irma, es más que aceptable—, sino porque formáis un grupo extraño. Se habla del trabajo de Beth. Te muestras sorprendi­do, como si ignoraras su profesión, dejando a Irma más perpleja aún. Decís haber cenado en Las Siete Puertas pero, con el estómago vacío, los cócte­les, que caen sobre los finos del Agut, os arrastran a una euforia que desentona en medio del comedimiento expec­tante que ellos han impuesto.

Beth se entrega de lleno a la farsa. Te preocupa que exagere y quisieras hacérselo saber, pero no puedes discurrir con clari­dad. Coquetea contigo, te besa en la boca cuando la conversa­ción decae —lo cual sucede a menudo—, se estre­cha contra ti cuando os apo­yáis en la barra, al pagar. En el Xampú Xampany, lugar menos propicio a tales efusiones, más luminoso, Beth se mode­ra. A pesar de la precaución, que no tiene nada que ver con las conve­niencias de tu montaje sino con su reputación —en el local hay bastante gente pendiente de ella— lo cierto es que estáis completamente ebrios. Vuestros acompañantes también empiezan a acusar las copas. La conversación, sin sentido, solo parece inte­re­sar al tal Ramón. Después de hablar de ecología, de gastro­no­mía, de antropofa­gia, el oscuro sujeto refiere viajes a países remo­tos, dice haberse consagrado al estudio de los símbolos, habla de muje­res-pez y de esferas plane­tarias, del aura del Arcángel San Gabriel y del árbol sefiró­tico. Irma, incómo­da, calla. Te mira y esta vez no podéis detener el tiempo.

La serpiente en la cruz de Tau, la cruz gamada, el sistema alquí­mico, la Cadena Dorada de Homero —tienes ganas de vomi­tar—, la excomu­nión esotérica, el I Ching, el sexto palacio del infier­no, el doble triángulo de Salomón, el diablo Behe­moth. ¿Adón­de van Beth e Irma? ¿Al lava­bo? El local es un tiovi­vo; no consi­gues interca­lar ningún comentario. Ramón sigue soltan­do, implaca­ble, su retahíla esotéri­ca —los cuatro elementos, los cuatro evangelis­tas, los cuatro tempera­mentos, el ojo de Horus y el de la Providen­cia, el Tetragrama­ton, el macho cabrío, la serpiente en espi­ral— y lo hace cada vez más depri­sa, siem­pre en inglés, con fluidez inaudita. Ya no le miras. ¿Dónde está Beth? Respiras hondo, te frotas los ojos. ¿Qué dice este tipo? Tratas de retomar el hilo, desen­tra­ñar el significado, la intención de su frenética exposi­ción, averiguar si el ser que tienes delante se limita a repetir algo aprendi­do de memoria, como en tu bruma de al­cohol sospe­chas. Sí, eso parece, al menos en este preciso instante:

That which is below is like that which is above. That which is above is like that which is below.

Beth aparece para coger el abrigo y el bolso. Está desen­caja­da. Parece otra persona.

—¡Beth!

No es que no quiera hablar contigo. Es que ni siquiera te ha oído. 

...Separate the Earth from the Fire, the subtle from the gross, but do this with care...

Shut up, you son of a..! Shut up! —crees gritar antes de correr hacia la puerta de cristal, pero lo cierto es que tu garganta no responde.

Sales a la Gran Vía y agradeces el frío de enero. Beth ha desaparecido. Mañana hablarás con ella por teléfono, pero nunca más volverás a verla.

[Continuará]