El historiador Eduardo González Calleja

El historiador Eduardo González Calleja

Democracias

Eduardo González Calleja: “Vivimos en una sociedad donde el Estado ejerce un poder panóptico”

El historiador, que analiza en un ensayo la violencia política en España, advierte que muchos jóvenes están definiendo su identidad a través de actos de protesta

16 agosto, 2021 00:00

Catedrático en la Universidad Carlos III de Madrid, el historiador Eduardo González Calleja lleva años dedicado a estudiar la historia de la violencia política, el terrorismo y las instituciones estatales de orden público. Su último trabajo, Política y violencia en la España contemporánea (Akal), es un interesante ensayo en el que compara la historia contemporánea de España con la ocurrida en otros países europeos y presta atención a los aspectos de orden político, social, económico y cultural que le ayudan a profundizar en cómo han evolucionado las políticas basada en la violencia. 

–En el prólogo de su ensayo señala que ha existido poco interés en estudiar el uso político de la violencia al menos hasta 1968.

–En sus orígenes, la sociología considera que la violencia es algo que no está sujeto a la norma o, dicho en otras palabras, que se un fenómeno al margen de la sociedad, no funcional. Las protestas del 68, con sus episodios violentos, obligan a repensar el fenómeno de la violencia, que comienza a ser estudiada por parte de la politología, la sociología o la historia. Todo esto lleva a pensar la violencia es un fenómeno transformador que ya no queda al margen de la sociedad, sino que es parte de ella. 

–Aboga por una perspectiva comparada del fenómeno de la violencia política.

–La metodología de comparación, en este ámbito, es indispensable. Comparar permite observar que la violencia es un fenómeno transnacional. Esto es lo que me propuse hacer en el ensayo: observar cómo algunos países del Sur de Europa viven procesos de violencia bastante similares, hasta el punto de que pueden establecerse cronologías convergentes entre un país y otro.

Eduardo González Calleja

–¿En España la violencia política es más tardía que en Francia o Inglaterra?

–Yo diría que su desarrollo es posterior. Si hablamos de los modos de violencia o, en términos más técnicos, de los repertorios de violencia antiguos y modernos, hay que decir que en España se instalan las formas modernas de violencia, más sofisticadas, de alcance nacional y organizadas de manera más tardía que en país como Gran Bretaña o Francia. Se ve claramente si tenemos en cuenta que los últimos motines que se vivieron en España –pienso en la Semana Trágica de Barcelona– tuvieron lugar cuando en Inglaterra, Francia o Alemania ya se observaban nuevas formas de violencia. Es evidente que hay un desfase de un cuarto de siglo entre España y los otros países. 

–¿Este retraso tiene que ver con la tardanza de España en modernizarse? 

–Sí. En términos generales, los procesos de modernización social influyen de forma directa en los repertorios de la violencia. La industrialización y el nacimiento de una clase obrera, la urbanización y el abandono del campo, que deja de tener la relevancia de antaño, son factores que influyen en los modos en que se presenta y se manifiesta la violencia. Ya no podemos hablar de algaradas rurales, sino de huelgas, manifestaciones, o barricadas urbanas. Aparecen formas de violencias plenamente urbanas que son las que siguen vigentes en la actualidad.

–¿Por eso estas formas de violencia son distintas en Cataluña y en Andalucía?

–Sin duda. La primera gran huelga en Barcelona data de los años treinta del siglo XIX. Esto nos demuestra que Cataluña es una región cuyo proceso de industrialización tiene lugar antes a otras regiones, donde los modos de protesta, por este hecho, son distintos y tienen diferente intensidad. En el ensayo hago hincapié en la influencia que siguen teniendo hoy las algaradas populares del XIX como síntoma de que Cataluña es una región insumisa que protesta violentamente.

Eduardo GONZÁLEZ CALLEJA, Política y violencia en la España contemporánea

–¿Tiene capacidad el Estado para gestionar la violencia?

–¿De canalizarla por medios con mayor consenso? Resulta evidente si nos fijamos en el origen de la crisis política catalana: la rebaja de las expectativas y demandas del estatuto de autonomía por parte del Tribunal Constitucional. El hecho de que la vía política de reforma fuese –en parte– bloqueada por esa sentencia del Constitucional abrió la caja de los truenos que todavía hoy, años después, nadie ha sido capaz de cerrar. Esto pone de manifiesto la incapacidad del Estado a la hora de atajar conflictos a través de medidas reformistas, una constante a lo largo de nuestra historia desde el siglo XVIII. 

–Partiendo del caso catalán afirma que la violencia es un elemento que interviene en la creación de identidades nacionales, de clase o, incluso, de género.

–Cualquier tipo de acción colectiva genera identidad y ésta promueve acciones colectivas. Creo haber mostrado en mi ensayo de qué manera la conciencia nacional surge de un proceso de violencia colectiva a la que llamamos Guerra de Independencia. Solo el nombre del conflicto alude a la independencia nacional. La potestad obrera en forma de huelga es un elemento que genera identidad social de clase, cuya formación está muy vinculada en España a la huelga y a la rebelión urbana. Lo que ha sucedido es que los movimientos sociales surgidos desde 1968 han estallado en diferentes tendencias. Ya no existe una clase obrera con la caracterización y las formas de acción colectiva que señalaba Thompson en su estudio sobre La formación de la clase obrera en Inglaterra

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Tras el 68 surgieron movimientos sociales diversos, dispersos y cada uno de los cuales tenía un protocolo de acción distinto. Un ejemplo: el movimiento feminista ha generado diferentes tendencias que, si bien a veces son convergentes en las protestas, aunque no siempre, no siguen un protocolo capaz de garantizar la homogeneidad de las identidades. Lo que digo vale también para el movimiento ecologista o los nacionalismos. Desde el 68 hasta ahora, los modos de protesta se han ido diversificando, siendo algunos violentos, pero la mayoría, no. 

–Usted vincula el uso de la violencia como herramienta de protesta con la juventud. ¿Ha sido y es la violencia una forma de ruptura generacional?

–La historia demuestra que la violencia tiene un componente en buena medida bastante generacional. Y es lógico que así sea porque los jóvenes son aquellos que tienen más fuerza física para ejercerla y, al mismo tiempo, son los que menos intervienen en las acciones políticas convencionales. Muchas veces, los jóvenes han ocupado violentamente la calle porque no tienen derecho a voto. Su manera de expresar su opinión política ha sido militar en asociaciones políticas radicales o de carácter violento con respecto a los partidos apoyados por sus mayores. Todavía hoy vemos que la cultura o la contracultura juvenil, como pueden representar los raperos Valtònyc o Hasél, se convierte en una excusa para manifestar un descontento generacional que ellos expresan a través de sus canciones. Este enfrentamiento generacional siempre ha existido y lo encontramos en contextos muy distintos. En muchos países vemos cómo los jóvenes están aglutinando sus identidades en torno a actos disruptivos y de protesta.

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–Hemos hablado hasta ahora de una violencia vertical entre generaciones y clases sociales. ¿Es posible hablar también de una violencia horizontal? 

–No hay que perder nunca de vista la violencia ejercida por el Estado, que muchas veces es tabú y no se reconoce. ¡Cuántas veces se dice que, en realidad, lo que hace el Estado es ejercer la fuerza legítima! Sin embargo, dejando de lado argumentos moralistas, el Estado tiene como recurso el ejercicio de la violencia y de la fuerza y, de la misma manera que ha sucedido en el caso en protestas de carácter popular, este ejercicio se ha diversificado. Actualmente se opta por medidas de carácter preventivo y disuasorio antes que por medidas violentas. Las instituciones encargadas de la violencia estatal se han sofisticado mucho; basta ver la cantidad de policías y de secciones especializadas en el ejercicio de la violencia que forman parte del Estado, que se ha hecho cada vez más fuerte a través del control social o con medidas legislativas que son más restrictivas en cuanto a libertades se refiere. Pensemos en la Ley Mordaza, que es un caso ejemplar dentro del panorama español, pero no el único a nivel europeo. 

–¿El binomio de Foucault, vigilar y castigar, se ha hecho real?

–Vivimos en una sociedad en la que el Estado ejerce un poder panóptico. El control se ejerce a través de distintas vías, empezando por internet y por los medios de comunicación, y sigue con una legislación cada vez más restrictiva y con una serie de medidas coercitivas. Culmina con la coordinación internacional en torno a determinadas actividades ilegales, como el terrorismo. Por tanto, existe el peligro de que el vaticinio de Foucault se convierta en una realidad y no en un tiempo demasiado lejano. 

–¿Esto que comenta tiene que ver con la instrumentalización que de la violencia por parte de las élites?

–Sin duda. Esa instrumentalización siempre ha existido y sigue existiendo. Fíjate en el elemento demonizador que tienen palabras como terrorismo. A día a de hoy, cualquier cosa se considera terrorismo, un término que no invita al diálogo, sino que se ha convertido en la invectiva que impide cualquier forma de negociación. Durante el asalto al Capitolio la cadena de televisión CNN calificó esa acción de los seguidores de Trump como “terrorismo interno”. Posteriormente rectificó y la definió como insurrección. El hecho de que al principio definiera el asalto como un acto terrorista supuso la condena de la protesta. Todos sabemos que cualquier Estado al que se acusa de terrorismo es sospechoso de ilegal y susceptible de ser atacado por otros países. Lo que quiero decir con esto es que el Estado sobreactúa muchas veces sobrecargando las palabras de determinadas connotaciones y convirtiéndolas en armas de actuación violenta. 

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–¿El primer paso consistiría en redefinir el concepto de violencia?

–Yo la defino como el ejercicio de la fuerza o la amenaza de su ejercicio con el propósito de revisar y conquistar el poder político. Con esta definición pongo en un mismo nivel las amenazas verbales y las físicas, puesto que estoy convencido de que existe una violencia de tipo psicológico o hecha de amenazas que debe ser tratada como la física. Las justificaciones de la violencia o su práctica a través de medios coactivos son hechos que deben ser considerados como expresiones de violencia.

–Esto nos lleva a preguntarnos sobre la legitimidad de la violencia ejercida por figuras políticas como Ernesto Che Guevara…

–…O las Panteras Negras en Estados Unidos

–De ahí mi pregunta: ¿Es legítima la violencia cuando se persiguen conquistas sociales?

–Esta cuestión entra dentro del plano ético y, por tanto, no deber incluirse dentro del análisis historiográfico. Siempre recuerdo una argumentación bastante fuerte del consecualismo ético: “cualquier acción es legítima siempre y cuando conlleve resultados emancipadores”. Este es el gran argumento en favor del uso de la violencia en determinados casos. Eso sí, todo depende de esos resultados emancipadores. Si son muchos, la violencia se vuelve legítima. El problema es que esta argumentación da cobertura a cualquier forma y abuso de violencia. No olvidemos que el consecualismo ético fue un argumento utilizado por Trotski y Lenin para el cual el terrorismo bolchevique era determinante porque conducía a la emancipación del proletariado. Esto no fue así. A veces la violencia produce resultados terribles que no suponen ningún tipo de avance emancipador. Basta pensar en el nazismo. Estos argumentos son bastante discutibles y no deberían tenerse en cuenta a la hora de hacer un análisis historiográfico en torno a la violencia. Puede ser interesante estudiar los argumentos que están detrás de los ejercicios de violencia, pero el historiador nunca debería adherirse a ellos. 

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–¿Entiende la figura del historiador como alguien que analiza los hechos, pero sin posicionarse ideológicamente?

–Nosotros no debemos entrar a valorar los hechos que estudiamos. En mi caso, tengo que estudiar las violencias, incluso las totalitarias, sin hacer ningún tipo de valoración. Y esto no significa adherirse a ellas. Al contrario, lo que tiene que hacer la historiografía es tratar de comprenderlas en su contexto. Los politólogos y los filósofos de la política son los que, en todo caso, pueden encargarse de estudiar la vertiente ética y política, pero los historiadores debemos permanecer en un nivel analítico. 

–¿Tiene la impresión de que la historiografía se ha politizado hasta el punto de que cada partido o facción tiene a sus historiadores?

–Evidentemente. No hay que ser demasiado listo para darse cuenta de que, dentro de la historiografía española existen distintas tendencias, entre las que destacan no solo las progresistas y las conservadoras, sino las revisionistas, que no sólo encontramos solamente en determinadas relecturas de la Segunda República y la Guerra Civil, sino en el intento de reivindicar y rehabilitar el Imperio, considerándolo como un hecho glorificador. Las tendencias ideológicas están ahí. Por lo que a mí se refiere, lo que puedo decir es que intento ser lo más crítico posible, pero es evidente que inevitablemente mi lectura está sesgada por mis principios. 

–¿Qué papel juega el ejército en el desarrollo de la violencia en España?

–El ejército ha ido cambiando a lo largo de la historia. Desde el dirigido por nobles y compuesto por mercenarios hasta el ejército formado por oficiales surgidos de las filas populares durante la Guerra de Independencia, sin olvidar el ejército franquista. Entre todo ellos hay todo un mundo. Cada etapa histórica ha tenido su modelo de ejército e, incluso, de ejército voluntario. En el libro, trato con detenimiento la milicia nacional, una institución alternativa al ejército a la hora de salvaguardar el orden social. Estaba compuesta por voluntarios que lo que querían era proteger la propiedad y el sistema liberal, pero desapareció con la Guardia Civil, que fue y sigue siendo una institución militar. A lo largo de la historia, el ejército ha dejado de ser el brazo armado de la patria para funcionar un instrumento de actuación política, a través de los pronunciamientos del XIX y los golpes de estado del XX. Hasta hace poco era un actor político central de la vida española, como evidenció el golpe de Tejero, que es el último acto de violencia militar en España. 

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–¿Alfonso XII supuso un punto de inflexión en la relación entre la monarquía y el ejército?

–Efectivamente. No fue un rey-soldado hasta que en 1875, cuando fue coronado, así se definió, a imagen del kaiser Guillermo II o el rey Víctor Manuel II. Alfonso XII se pone a la cabeza del ejército y considera esta posición de más importancia que la jefatura del Estado. Así fue siempre, con la excepción de los años de la Segunda República. Fue cabeza del ejército Alfonso XIII, lo fue Franco y Juan Carlos I, que ejerció como rey-soldado en su intervención el 23-F. También ejerció como tal el Felipe VI en su intervención sobre la crisis catalana. El modelo del rey-soldado como autoridad suprema sigue teniendo un papel político importante, si bien la Constitución ya no le otorga al monarca ese poder de decisión y organización dentro de las fuerzas armadas.

–Ahora se abre el debate sobre la formación militar de la heredera. 

–Es un tema interesante. Como mujer puede acceder ya a todas las academias militares, pero los sectores machistas de la sociedad consideran que no está capacitada para estar al frente de las fuerzas armadas, por mucho que lo reconozca la Constitución.