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La corona encantada

Una cita en Praga, entre el 19 y el 28 de septiembre: la exposición de las joyas de la corona de Bohemia, famosas por su orfebrería y por la maldición detrás de ellas

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Tenemos cita en Praga, cualquier día entre el 19 y el 28 de septiembre. Sólo en estas fechas pueden verse las fabulosas joyas de la corona de Bohemia. Fabulosas por su orfebrería, y también por las fábulas relacionadas con ella. Después del día 28, volverán a su oscuridad secular poblada de los fantasmas de la Historia y la leyenda.

Desde que fue elegido presidente (un cargo más bien protocolario, ceremonial) de la República Checa, en 2023, Petr Pavel (jubilado como militar, profesión en la que alcanzó tareas de gran responsabilidad en el ejército de su país y en la OTAN) se propuso sacar de su legendario encierro bajo siete llaves, en una recóndita dependencia de la catedral de San Vito de Praga, las joyas de los reyes de Bohemia.

El manto de armiño, el cetro, el orbe, el trono y la corona de oro, engastada de esmeraldas, zafiros y rubíes, que, so amenaza de una maldición de muerte, sólo puede ponerse en la cabeza quien sea legítimo depositario del trono. Esa maldición, como veremos, ya se ha cumplido dos veces.

La exposición de Bohemia

Desde el 2024, los visitantes de una exposición que se celebra durante unos días en el Castillo de Praga, pueden ver esas joyas. Aunque es de entrada gratuita, la exposición, este año titulada “Habsburgo 500” (por el aniversario de la coronación de Fernando I como rey de Bohemia, que la incorporó a los dominios de la casa Habsburgo) reciben una media de sólo 40.000 o 50.000 curiosos.

Fotografía de la exposición que reúne las joyas de la corona de Bohemia

Fotografía de la exposición que reúne las joyas de la corona de Bohemia Oficina del Presidente de la República

Es un número modesto: ahora ese país sólo es parte de una pequeña república, y nadie guarda recuerdo ni mucho menos lealtad a los antiguos reyes, ni a la corona bautizada por el rey que las mandó fabricar, Carlos IV, como “de San Wenceslao”, patrón de Bohemia, y que se incorporó con Fernando I (1503-1564) al imperio Habsburgo. Esas joyas a casi todo el mundo sólo les provocan un encogerse de hombros.

Por cierto que Fernando (1503-1564 nació en Alcalá de Henares; era nieto de los Reyes Católicos, hijo de Felipe el hermoso y Juana I de Castilla (Juana “la loca) y hermano de Carlos I de España y V de Alemania. Al sumar estas tierras, que obtuvo, junto con Hungría, por vía matrimonial con Ana de Bohemia, a las de Austria que heredaría en 1558, creó el embrión del imperio Austrohúngaro.

La maldición de la corona

Como hemos dicho, sobre la extraña corona de san Wenceslao pesa la maldición legendaria de que se la puede poner el rey legítimo, cualquier usurpador que lo intente perecerá.

Dos veces en la Historia alguien lo intentó. El primer usurpador fue –según nos cuenta Javier López en un documentado artículo—el desalmado “protector” de Bohemia y Moravia Reinhard Heydrich, uno de los jerarcas nazis preferidos por Hitler. Al poco de invadir las tierras checas, Heydrich quiso ver las joyas reales. Según la leyenda, cometió el error fatal de encasquetarse la corona. Poco después, como es sabido, falleció, el 27 de mayo de 1942, víctima de una emboscada de la resistencia checoslovaca orquestada por Gran Bretaña.

Para acceder a esas joyas, para abrir la puerta de la cámara del Tesoro de la catedral, estancia donde duermen el sueño de los siglos, se necesita reunir siete llaves, cada una de las cuales está al cuidado de un alto cargo del Estado: el presidente de la República Checa –o sea, el mencionado Petr Pavel—, el primer ministro, el arzobispo de Praga, los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, el deán del Capítulo Metropolitano de San Vito y el alcalde de Praga

Antes de Heydrich hubo otro usurpador, del que hablé aquí hace cinco o seis años: Virgil Suchy. Era un oscuro funcionario de último nivel en el ayuntamiento de Praga antes de la primera guerra mundial.

Inventándose la excusa de la próxima visita a Praga de un miembro de la familia imperial que iba a llegar desde Viena, Suchy convenció a los secretarios de todas esas instancias institucionales de que le entregasen “su” llave. Cuando hubo reunido las siete, fue a la catedral, subió la escalera de caracol que lleva a la Cámara del Tesoro, abrió la puerta…

Como no volvió a su escritorio en el ayuntamiento, despertó alguna sospecha. Se supo que había estado reuniendo las llaves del tesoro. Con mucha angustia fueron los notables de la ciudad a buscarle, subieron la misma escalera de caracol, encontraron la puerta abierta…

Y allí encontraron a Suchy, sentado en el trono, envuelto en el manto, con el cetro a sus pies, caído de su mano, y la corona ladeada sobre la cabeza. Tenía el rostro desencajado por la mueca de “una risa inquietante”. Estaba muerto. La tremenda emoción le había provocado un ataque al corazón.

Esto, por lo menos, es lo que contó Johaness Urzidil (1896-1970) en el mejor relato de su Tríptico de Praga. Urzidil fue un checoslovaco de ascendencia judía por parte de madre y escritor en lengua germana, y cuando los alemanes invadieron Checoslovaquia emigró a Gran Bretaña y desde allí se exilió en Estados unidos. Nunca pudo volver a su país natal, y el Tríptico es el magnífico homenaje que le dedica y un testimonio de nostalgia incurable. En España lo editó, en 2005, Pre-textos.

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