Manuel Cruz, en la entrevista con 'Letra Global'

Manuel Cruz, en la entrevista con 'Letra Global' SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Ideas

Manuel Cruz: “El peligro en España es la desconexión política”

El filósofo, ex presidente del Senado, reflexiona sobre la necesidad de transitar espacios comunes, admitiendo los errores y carencias de las principales fuerzas políticas desde la transición, pero con la mirada en el horizonte, siendo conscientes de todo lo que ha avanzado España en las últimas décadas

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Manuel Cruz (Barcelona, 1951) analiza para ‘Letra Global’ la evolución de España en los últimos 30 años. El catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona, senador del PSOE y expresidente del Senado, ama el matiz. Busca un camino en el que se pueda transitar y huye de los extremos, en tiempos de extrema polarización.

Qué sucede en los años noventa, en qué momento se puede decir que se produce una ruptura de los consensos a los que se había llegado?

Lo que ocurre es importante si atendemos al clima social. La legislatura entre 1993 y 1996 se puede calificar, por utilizar la jerga del baloncesto, como la de los minutos de la basura. Nadie contaba con ella. Felipe González gana de forma inesperada en 1993 y tendrá tres años por delante que resultarán un auténtico calvario. Se produce una enorme crispación, que es distinta a la actual. La década anterior, de los 80, se puede considerar tranquila, si por un momento hacemos abstracción de la brutalidad terrorista. Me refiero a la existencia de un clima, a pesar de todo, de optimismo social. Se intenta desplegar por parte de un gobierno de izquierdas un programa de construcción del Estado de bienestar. Facilita la tarea que en la otra orilla se está produciendo una travesía del desierto, con políticos tan desnortados como Hernández Mancha. Hasta el relevo de Aznar, que toma el liderazgo de esa derecha, la izquierda, en sentido amplio, es hegemónica. Y es ese clima el que se rompe entre 1993 y 1996.

Manuel Cruz, en la entrevista con 'Letra Global'

Manuel Cruz, en la entrevista con 'Letra Global' SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

¿Cómo?

La izquierda vive mal la derrota de 1996. Todos recordarán los inicios de la legislatura de Aznar, con Felipe González en la oposición por breve tiempo. Era evidente que no se encontraba cómodo. Eso va a ser determinante en el cambio del panorama político nacional.

Ahora bien, creo importante introducir ya una distinción. Porque con demasiada frecuencia se da por descontado que el hecho de que la Transición fuera un éxito proyecta su bondad sobre sus protagonistas y sobre cuanto hicieron a continuación. Pero está claro que en lo que podríamos llamar la postransición hubo cosas que se hicieron mal, en las que no se acertó en absoluto. Por mencionar solo una en la que hoy hay acuerdo casi unánime. La hiper- protección del rey, también en el espacio público en general, tuvo efectos perversos que ahora nos causan escándalo, y con razón. El comportamiento del emérito puso en peligro la propia Corona.

¿Efectos perversos?

Lo formulo así para evitar una argumentación frecuente en sectores críticos con la Transición, en cierto modo de signo inverso a la anterior, consistente en criticarla a partir de alguno de los efectos censurables que no supo impedir. Pero sabemos que un diseño bienintencionado también puede dar lugar a efectos indeseados. Otro ejemplo fue la excesiva protección de los partidos políticos, cosa que, ahora vemos con claridad, ha dañado a la propia democracia. El funcionamiento interno de los partidos, por ejemplo, a la hora de seleccionar y promocionar a sus cuadros, sin duda deja mucho que desear. Un tercer aspecto del diseño originario que está siendo fuente de problemas tiene que ver con cierta provisionalidad o con la precariedad en el diseño de muchos aspectos del entramado básico político y legal, que se optó por dejar abiertos. Eso, que pudo ser llevadero o funcional en un primer momento, se comprueba ahora que ha terminado por ser fuente permanente de problemas. Entre otras cosas porque no se dispone de herramientas para corregir ese error, con muchos obstáculos para afrontar reformas del propio cuerpo constitucional.

Manuel Cruz, en un momento de la entrevista con 'Letra Global'

Manuel Cruz, en un momento de la entrevista con 'Letra Global' SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

¿Hay demasiadas cuestiones que llegan al límite, entonces?

Sí, cosas que se dejaron abiertas, sin ser objeto de consenso explícito. Ello no se percibió como problema porque las mismas solían solventarse apelando a usos más o menos acordados, pero que no eran vinculantes en sentido propio y fuerte. Un ejemplo sería el de dar por descontado que el partido mayoritario en las urnas, el que obtiene el mayor número de diputados, es al que le corresponde formar gobierno. En 1996 ni se planteó que pudiera haber una alternativa a quien había ganado las elecciones (el PP). También se daba por descontado que cuando un gobierno no podía aprobar unos presupuestos debía convocar elecciones, como sucedió cuando Pujol le retiró el apoyo a González, precipitando elecciones anticipadas en 1996. Hoy es perfectamente posible que un gobierno pueda pasarse toda una legislatura sin haber podido aprobar unos presupuestos propios. Incluso se nos dice: si no se tienen presupuestos no pasa nada. Pero sí pasa. Como ha señalado Jordi Sevilla, los PGE constituyen el plan de un gobierno. No sé si no tener PGE es una degradación, pero en todo caso está claro que sin ellos se desnaturaliza el sistema.

Avala su interpretación el hecho de que, cuando Aznar accede al gobierno en 1996, replica las políticas de Felipe González en el sentido de llegar con la derecha catalana a los mismos pactos que tanto había criticado. ¿Cómo vive esto la izquierda?

Hay que decir que, por más problemas internos que tuviera el PSOE para gestionar el relevo de Felipe González, nadie cayó en la tentación de una impugnación general, del tipo de cuestionar la legitimidad del nuevo gobierno. Tampoco nunca la oposición cuestionó la legitimidad de la oposición (la torpe acusación de pucherazo en el 93 fue abortada de inmediato por Aznar).

Es después cuando se empezará a producir la deslegitimación del adversario político, en cuya exasperación nos encontramos ahora. Con eso, con una oposición feroz por parte del PP, se había coqueteado antes, entre 1993 y 1996, todo hay que decirlo, llegando casi, a forzar las costuras del sistema, como reconoció Luis María Anson, porque parecía que por las vías habituales de oposición no se iba a lograr nunca echar a la izquierda del Gobierno.

Según la izquierda, en efecto, en ese periodo se rompe el consenso. Según la derecha, en cambio, se rompe justo en la campaña electoral de 1996, cuando el PSOE exhibe el dóberman en un vídeo electoral, con la advertencia de que el PP puede llegar al poder.

Tuvo mucha repercusión lo del doberman. Tampoco habría que echar en saco roto aquella afirmación de Rajoy en sede parlamentaria, sosteniendo que Zapatero había traicionado a los muertos, ayudando así a una ETA en horas bajas. Pero todas esas palabras, por gruesas que fueran, no daban lugar a cambios cualitativos importantes como los que se produjeron después. De forma paradójica, las campañas de Aznar contra González, siendo feroces, me atrevería a decir que se enmarcaron en una normalidad democrática. Hay que diferenciar el griterío, por aparente que sea, de las prácticas políticas que pueden implicar una ruptura.

Pero aquel griterío podía evidenciar esa ruptura de los consensos que se habían alcanzado.

Si profundizamos y no nos quedamos en la espuma de las cosas hay que señalar que se dicen cosas desmesuradas en los parlamentos, pero a veces hay que prestar más atención a otras. En un sentido profundo la lógica política distinta llega con Rodríguez Zapatero. Más allá de aquellos comentarios, tan recordados últimamente, en los que reconocía que le convenía generar tensión política, con él se inicia un jue- go político marcado por la confrontación. Un juego muy simple, pero muy eficaz. Zapatero hace como en el boxeo, cuando un boxeador detecta un punto débil en su adversario, y no deja de golpear sobre él. El presunto punto débil del PP lo plantea así ZP: ustedes no son auténticos demócratas, su problema es que añoran el franquismo. Acusación a la que, desde la otra parte, se replica afirmando que los socialistas no son verdaderos españoles. Ambas partes se aplican a esa confrontación, poniendo así, por cierto, las bases de lo que será luego el procés en Catalunya. No es una casualidad que Zapatero fuera el primero que aceptó pactar no con Convergència, sino con ERC. Y que dijera aquello, tan desafortunado, de que aceptaría cualquier proyecto de Estatut que aprobara el Parlament. Ahí se inicia una nueva y perversa lógica política, que está en el origen de lo que nos pasa ahora.

Manuel Cruz, con 'Letra Global'

Manuel Cruz, con 'Letra Global' SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

¿Los cambios concretos, por tanto, llegan en exclusiva con Zapatero?

Hay otra cuestión atendible, y es que siempre habrá quien diga que, en realidad, lo que hizo Zapatero fue responder ante la exasperación que causó la segunda legislatura de Aznar. Es un Aznar con mayoría absoluta que tiene un proyecto político ciertamente censurable desde muchos puntos de vista. No se me olvida el eslogan que esgrimió, el de iniciar una segunda transición. Habría que analizar en detalle el contenido de esa propuesta, que nunca llegó a materializar. Son años que en todo caso ponen la base de una determinada respuesta. Pero cuando cuaja todo es con la legislatura de Zapatero.

Se ha mencionado antes la cuestión del optimismo social de aquellos años iniciales de la democracia. ¿Es lo que se ha perdido, porque el mundo va hacia otro lado, a pesar de que en España la democracia permitió un salto adelante enorme en todos los ámbitos?

Hay un factor crucial que no cabe soslayar y es que el grueso de nuestros problemas es global. Prácticamente ninguno de ellos es estrictamente nuestro. ¿Crispación? La hay, incluso creciente, en Estados Unidos. O en Argentina, con situaciones que nos son familiares (sobre todo en Cataluña): grupos de amigos enfrentados, familias en las que no se habla de política en las celebraciones... Los problemas que se afrontan son los mismos. Lo diferente son las soluciones, que sí dependen de cada lugar. ¿Hay motivos para no ser optimistas? Desde luego, pero en todas partes. Pensemos, sin ir más lejos, en la Francia de estas últimas semanas. Seguramente cualquier ciudadano europeo, de ser preguntado por ello, respondería que no es optimista. Y no solo por Putin o Netanyahu. Hay cuestiones estructurales. La crisis de 2008 tuvo efectos devastadores. Y qué decir de la pandemia del Covid o de los efectos del cambio climático. Hay elementos de sobra para no ser optimistas.

En España, en todo caso, se mantiene una divisoria que afecta a nuestro propio pasado y que las leyes de memoria histórica no resuelven. Al contrario. ¿Cómo es posible que no haya un consenso sobre lo que nos pasó?

En breve: porque se utiliza la memoria como arma arrojadiza. Es cierto que un sector de la izquierda (a la izquierda del PSOE) se sintió damnificado por el resultado de la Transición. Tuvo la sensación de que la misma se había sustanciado en un nuevo reparto de fichas injusto con el pasado, porque los que más habían contribuido a que el reparto mismo fuera posible se habían llevado la peor parte y no se les habían reconocido los servicios prestados. Pienso en la figura de Anguita, por ejemplo, que en cierto modo encarnaba esa idea. A partir de aquí se produjo una instrumentalización política de una causa incuestionable.

Por su parte, la derecha y la extrema derecha han dicho cosas inaceptables, cuando no repugnantes, sobre la memoria histórica. Pero precisamente por la intensa carga emotiva de este asunto, conviene matizar y no mezclar temas de naturaleza distinta. Lo que es inobjetable es el derecho de los familiares de las víctimas, que ni siquiera saben dónde están sus restos, y reclaman su derecho a darles una digna sepultura. Pero también es cierto que, al rebufo de una causa justísima, se han podido impulsar medidas francamente discutibles. No es de recibo incorporar en la ley una disposición adicional para extender hasta 1983 la posible vulneración de derechos humanos. Eso es hacer un uso partidista de un asunto altamente sensible para obtener rentabilidad política. Y eso es muy feo.

Además hay una cuestión de fondo, una especie de lógica subyacente que otros han deslizado. Me refiero a la tendencia a plantear el enfrentamiento entre los herederos del franquismo o de la República, como si fuera una cuestión de linajes. En la izquierda, algunos lo han hecho al utilizar el apelativo de “hijos o nietos del franquismo”. Parecen olvidarse (o ignorar) que ya en 1956 Santiago Carrillo defendía la reconciliación nacional, entre los hijos de vencedores y los hijos de los vencidos, de tal manera que los antecedentes familiares y de unos y de otros dejaran de jugar papel alguno en la discusión política. Una de las peores reacciones que ha aflorado en el debate político es la de hablar como si todavía se mantuvieran dos bandos, cuando se supone que a partir de la Transición eso se había acabado. Sin embargo, todavía ahora hay quien le pide al PP que haga una declaración contra el franquismo, como si todavía estuviéramos en ese punto.

Manuel Cruz, con 'Letra Global'

Manuel Cruz, con 'Letra Global' SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

¿La gran diferencia ha sido la distancia, que va en aumento, entre la sociedad y las elites políticas hasta el punto de que ya no quiere saber nada?

Eso es cierto, sí. Yo mismo escribía hace poco que no hay ni desafección ni desencanto. Lo que hay es desconexión. El peligro en España es la desconexión política. Un pequeño ejemplo ilustrativo. La entrevista con el presidente Pedro Sánchez, en septiembre, con Pepa Bueno en el telediario de máxima audiencia de RTVE, ocupó la sexta posición entre los programas más vistos en ese día. Eso es desconexión. Podría haber sido lo más visto, aunque fuera para irritarse. Pero ahora ni eso. Es el fruto de sucesivas decepciones, cada vez más profundas. La última decepción es la que se produjo después del entusiasmo del 15M. Es evidente que la sociedad creía que se podía producir una regeneración, por parte de la izquierda y también desde la derecha. Y se saldó con una decepción absoluta respecto a esas dos presunta nuevas políticas. Sin que las viejas formaciones dañadas entonces hayan obtenido luego el menor beneficio de ello (el PP se desangra por Vox y el PSOE por la abstención). ¿Está en peligro la propia criatura democrática?

Hay un cierto consenso en que, en un sentido estrictamente formal, la democracia no se encuentra en peligro. Los golpes de Estado están descartados, pero no porque el funcionamiento de la democracia raye a un nivel óptimo, sino porque las mutaciones que experimente la democracia se abordarán desde dentro. Será una mutación del propio poder. A lo que vamos es hacia un deterioro progresivo de la democracia que hemos conocido hasta ahora. Creo que hay que ser correcto con los términos. Me parece disparatado que Pablo Iglesias, después de unas elecciones andaluzas, declarara la alerta antifascista.

No vendrán fascistas con correajes. La forma del deterioro será más sutil, con medios de comunicación que lo permean todo, con la capacidad de las élites para incidir en la antaño llamada opinión pública.

Hay que mirar con atención, con cuidado y con realismo todo lo que sucede en Estados Unidos. Es obvio que esas fuerzas de derecha tienen un respaldo social, y desde la izquierda se habla de su auge como se hablaría de la llegada de una borrasca, como si fuera algo ajeno a las voluntades de las personas. Pero hablar así implica no hablar de lo que está sucediendo. Hay pueblos en Andalucía en los que se ha pasado de votar tradicionalmente al PSOE a respaldar a Vox. La izquierda está siendo muy lenta en detectar los problemas de los que se alimenta la derecha. Se puede decir que las soluciones que propone la derecha son disparatadas, pero no los problemas que plantea.

¿Atender mejor a la juventud, el fenómeno de la inmigración?

En efecto, una cuestión muy importante hoy es la situación de la juventud, pero en especial de la juventud que representa la segunda generación de la inmigración. La falta de expectativas de un joven de padres inmigrantes es enorme. Ha tenido acceso a la educación, pero no tiene expectativas. Ya no desea trabajar en los invernaderos donde trabajaban sus padres, por ejemplo. La izquierda, y también sectores de la derecha, han tardado mucho en pensar sobre ello. Intentemos ver el antecedente de cómo metaboliza el votante de Trump lo que ha propuesto en casos como la inmigración. Son políticas duras que, se les dice, han comenzado a ser eficaces para sus objetivos. A ese electorado al que le parece más importante la solución al problema que el método hay que escucharlo. Debemos releer ese trabajo magnífico del sociólogo y filósofo francés Didier Eribon, Regreso a Reims, en el que señala la evolución de sus padres hacia la derecha. Primero es un voto contrariado, de castigo, luego es de reafirmación y posteriormente es un voto entregado. Nos ha pasado todo eso delante de las narices. ¿Pensar más en medidas materiales, a la vez que se intenta un acercamiento hacia lo que sienten esos inmigrantes?

El filósofo Manuel Cruz, con 'Letra Global'

El filósofo Manuel Cruz, con 'Letra Global' SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Hay que ser más consecuente. Si hablamos del caso de Cataluña, por ejemplo, valdría la pena recordar conflictos como el de Can’Anglada, en Terrassa. De eso hace ya al-

gunas décadas. Pensemos también en actuaciones como la del primer gobierno, recién creado, de Pedro Sánchez, cuando se encontró con el barco Aquarius, con inmigrantes a la deriva. Queríamos acoger, se supone, pero las mismas fuerzas políticas que declaraban eso luego pasaron a decir otra cosa.

Como profesor universitario, usted ha estado en contacto con las generaciones más jóvenes. ¿Se ha preparado a esas generaciones ante la frustración, han sido mejor educadas, teniendo en cuenta todos los cambios en las leyes educativas?

La confusión o la dificultad para ir pensando los nuevos escenarios que se nos iban abriendo también se ha producido en el ámbito educativo en general. Entre 2016 y 2019 fui diputado en el Congreso y portavoz del PSOE en la comisión de educación. Asistía a muchos foros sobre el tema. Y no puedo olvidar a una catedrática de Ciencias de la Educación de una Universidad de Madrid que, hablando sobre las nuevas tecnologías en las aulas, afirmaba que el profesor debía ser un sherpa, alguien que acompañara al alumno (solo le faltó decir: y que le lleve la mochila). Pues bien, pocos años después el nuevo lugar común es el de que habría que eliminar las tabletas en las aulas. Ya en ese momento me pareció que devaluar el enorme capital humano y de conocimiento de los profesores a la categoría de mero sherpa era un auténtico disparate. Ahora creo que la heterogeneidad entre generaciones es mayor, que ha habido una fractura profunda.

Ahora bien, pensar en términos de continuidad, preguntarse si las nuevas generaciones son mejores o peores que las de antes, es un error. Es diferente. Sí se puede decir que hay productos culturales a los que a la gente joven le cuesta acceder debido a dificultades de atención (nos haría bien recuperar aquel

libro de Nicholas Carr, ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?). Es obvio que, si la televisión tuvo su influencia, las nuevas tecnologías la han tenido también. Pero de eso no se pueden extraer según qué conclusiones. No se puede decir que las anteriores generaciones estaban mejor educadas. La nuestra, por ejemplo, estudió cosas absolutamente inútiles. Sin ir más lejos, había asignaturas de temática religiosa en todo el Bachillerato. En el Bachillerato de Ciencias o de Letras todos debíamos estudiar Dibujo Técnico. Era un desperdicio de tiempo total. Algo parecido sucedía en otros niveles, como el universitario. El elogio que se les hacía a los profesores más prestigiosos versaba sobre los autores que habían dado a conocer: “fue el primero que habló de un tal Georg Lukács”, por ejemplo. Ahora toda la información está disponible. Un resumen un poco abrupto del asunto podría ser este: los estudiantes buenos hoy son mucho más buenos, y los malos mucho más malos. El problema, en fin, no es la falta de información, sino el exceso.

¿Cómo entiende usted, entonces, esa brecha generacional?

Creo que se hace un uso engañoso, cuando no falaz, de las fracturas generacionales. La generación de la transición, la del 68, hizo bastantes cosas, en el plano cultural, de las costumbres, del discurso, que sentaron las bases de mucho de lo que se hizo después. No fue una generación complaciente con su pasado, sino rupturista en muchos campos (en el feminismo, en las luchas obreras...). Y por cierto que muchos pagaron un precio no bajo por ello, conviene recordarlo. Pero es que, además, sucede una cosa que no se menciona. Y es que, si aceptamos la convención de que son quince los años que separan a las generaciones, entre la generación más joven y aquella a la que tanto se suele criticar, la de la Transición, hay por lo menos una intermedia (la de Macron, Pedro Sánchez o incluso Zapatero). Y no deja de ser llamativo que esa generación suela librarse de todo reproche generacional.

¿Cómo definiría, para terminar, nuestro estado de ánimo colectivo actual?

Creo que se ha producido una curva descendente respecto al entusiasmo. Se dio un entusiasmo colectivo en la década pasada a base de decir que se podía cambiar todo, que bastaba con desalojar a la casta. Y a los hechos me remito. Tal vez era un discurso bienintencionado, pero falaz. Los hechos se encargaron de demostrar que no necesitamos nuevas caras. Lo que necesitamos es una regeneración política e institucional. Complementariamente, hemos de intentar acabar también con ese discurso que le endosa en exclusiva la responsabilidad de todo cuanto ocurre en la sociedad a una franja concreta de la misma, a saber, los políticos. De tal manera que resulta frecuente encontrarse con que el reproche social que recibe el corruptor (si recibe alguno) es infinitamente menor que el que recibe el corrupto, sobre todo si este es un político. Semejante desigualdad en la valoración del mal, según quien sea el protagonista, resulta enormemente tóxica desde el punto de vista del vivir juntos. Pero eso está pasando entre nosotros en demasiadas ocasiones. La sociedad se cree inocente a costa de disponer de unos chivos expiatorios. Eso es urgente cambiar- lo. Entre otras razones, para que el mal no campe a sus anchas.

Esta entrevista con Manuel Cruz aparece en el número 8 de Letra Global en papel y forma parte del monográfico El cambio social y la cultura española. La revista se puede adquirir en las principales librerías.