Cartel de la adaptación cinematográfica de la novela dirigida por José Luis García Sánchez
'Tirano Banderas', la obra maestra de Valle-Inclán, cumple sus primeros cien años
La mítica novela del escritor gallego, que inauguró el ciclo de los relatos sobre los caciques, autócratas y dictadores hispanoamericanos, escéptica e innovadora en su concepción y de una asombrosa modernidad y un rotundo poder estético, se publicó hace un siglo
Un siglo después de su publicación en 1926, Tirano Banderas, la obra cumbre de la narrativa de Valle-Inclán, sigue vigente: su radical escepticismo y el carácter innovador de su estructura formal le confiere todavía una modernidad indiscutible. Su lectura desafía los adocenados usos de la mayoría de las novelas que se publican ahora. Por esta razón, merece la pena vencer la tendencia a la molicie y hacer el esfuerzo, que será recompensado con creces por sus valores estéticos. También por la lección moral que nos enseña que la violencia engendra siempre violencia.
Cualquier dirigente autócrata tiene tendencia o sueña con llegar a convertirse en tirano. O lo que es lo mismo: ser temido por sus subordinados. Va con el cargo. Ni aún pasando cien años, la pedagogía demoledora de Tirano Banderas deja de estar activa ni la podemos olvidar. Por esta razón, y por si hubiéramos perdido la memoria, aquí está para recordárnoslo el gran Valle-Inclán, que con el bisturí de su luminosa lengua literaria y el aguafuerte del esperpento fue capaz de desnudar las lacras sociales y, al tiempo, mostrar las taras dictatoriales de los caudillos de las dos orillas del español.
Tirano Banderas es la novela más críptica y, tal vez, la que exige mayor esfuerzo de lectura de todas las novelas de Valle-inclán. También la más lograda e innovadora y, por tanto, la más recomendable, a pesar del esfuerzo ya señalado. Este año de 2026, en el que se cumple el centenario de su primera edición es un buen momento para motivar y estimular la lectura de esta singular novela.
Edición de 'Tirano Banderas' (1926)
“¿Ha leído usted Tirano Banderas?”
La obra, que se imprimió en la imprenta madrileña Ribadeneyra, saldría a la calle con fecha de 25 de diciembre de 1926 en el colofón. Figuraba como el tomo XVI, de lo que el autor denominaba sus obras completas: Opera Omnia. Llevaba una nota curiosa en la primera página que decía: “Pedidos al autor, Santa Catalina 12, Madrid” (la dirección del autor, cuando fue presidente del Ateneo madrileño), lo cual da idea de cómo comercializaba Valle-Inclán sus libros, cuando ya era un grande de la literatura española. En este momento su relación con Renacimiento estaba prácticamente rota y no tenía editor ni librero que le administrase sus libros.
Para rentabilizar económicamente un poco más su trabajo, Valle-Inclán solía publicar por entregas sus obras en periódicos y revistas antes de que apareciesen en forma de libro, y esto desde los comienzos con la Sonata de otoño en El Imparcial de Ortega Munilla. En esta ocasión fue la revista El Estudiante. Semanario de la juventud escolar española, una revista universitaria, ligada a las juventudes socialistas, la que se encargó de la publicación anticipada: la primera parte de la novela en 1925, el resto a lo largo de 1926, antes de que saliese el libro.
Tirano Banderas, como la mayoría de sus libros, lo publicaría a su costa (hoy autoedición) y después lo distribuirían varias editoriales y libreros, de acuerdo a márgenes de ganancia variables. La novela suponía la vuelta a la narrativa desde que hubiera publicado la tercera parte de La guerra carlista, Los gerifaltes de antaño, en 1909. Entre 1909 y 1926, Valle-Inclán se dedicó, sobre todo, a la escritura de obras dramáticas, que normalmente no se representarían. Pero Tirano Banderas constituirá un acontecimiento literario inusitado por su sorprendente acogida.
Retrato de Juan de Echevarría de Valle-Inclán (1922)
Desde el punto de vista económico, Tirano Banderas representó un éxito, sobre todo, si se compara con otros libros suyos de esta época. Desde el punto de vista del impacto en los medios y de popularidad, incluso entre la gente que no leyó la novela, fue absoluto. Se convirtió en un libro de moda en determinados círculos intelectuales y, aunque muchos de sus voluntariosos lectores no habrían de entender gran cosa, la gente se saludaba en Madrid con la pregunta: ¿Ha leído usted Tirano Banderas?
Al principio el libro se beneficiaría de la confusión que producía el título en los lectores no advertidos, que esperarían leer una historia sobre el dictador español del momento: Primo Rivera. También se benefició de la estupenda acogida que recibió el libro con numerosas reseñas de prensa al poco tiempo de aparecer, todas ellas favorables con pocas excepciones. A ello se une el despliegue publicitario que en periódicos como El Sol se hizo de la novela. Llevaba anunciando la publicación de Tirano Banderas desde octubre de 1926. El libro contó dos tiradas, la primera de las cuales vendió cuatro mil ejemplares, seguida de una segunda que registró solamente una venta estimable, que algunos periódicos como El Sol exageraron en exceso.
El viaje a México de 1921
Para comprender mejor la genealogía de la novela hay que retrotraerse a 1921. Tirano Banderas es fruto de su segundo viaje en este año a México, un país, que en el primer viaje en 1892, le había fascinado. Aquel viaje lo hizo por su cuenta y riesgo, guiado por el afán de aventura y buscando su destino en la vida y también, en cierto modo, buscándose a sí mismo. Si le concedemos credibilidad a las propias palabras de don Ramón, aquella experiencia le abrió los ojos de la literatura y le convirtió en poeta. En 1921 las circunstancias son bien distintas y el propio escritor es otro, distinto al del primer viaje. En esta ocasión ha sido invitado por el gobierno revolucionario de Obregón, gracias a los buenos oficios de sus amigos mexicanos que han pasado por la embajada de México en Madrid, sobre todo de Alfonso Reyes.
El trato que se le va a dispensar y las atenciones recibidas son las propias de una gran personalidad. Llegaba en un momento crítico, justo cuando el gobierno de Obregón pensaba nacionalizar la tierra para entregarla a los indios. La ley proyectada pretendía quitar la propiedad de las explotaciones agrarias de los extranjeros, principalmente a los españoles, a los gachupines, dentro de sus planes revolucionarios. Era más una maniobra demagógica que real, y no va a funcionar ni resolver la marginación de los indios. Por el contrario va a crear un conflicto entre gachupines y gobierno y un enfrentamiento diplomático entre las delegaciones mexicanas y españolas.
Valle-Inclán llegó a la Ciudad de México en ese momento y tomaría partido a favor de la medida del gobierno lo que le granjearía una fuerte hostilidad en los medios españoles de México y también, a su vuelta, en España.Aunque la novela trascurre en un país ficticio, Santa Fe de Tierra Firme, todo en ella, incluido el léxico y ciertos giros expresivos, revela que se refiere, sobre todo, a México y a su Revolución. Aunque casi nadie escapa a la grotesca esperpentización valleinclanesca, el grupo de los gachupines es el que resulta retratado más negativamente.
¿Por qué hay que leer hoy Tirano Banderas y cuál es su vigencia cien años después? Esta es la pregunta que debería contestar un artículo periodístico como este, que quiere ser algo más que la mera rememoración de la efeméride, sino un estímulo para su lectura. En primer lugar, hay que leer a Valle-Inclán, porque es el gran escritor del siglo XX español, que enriquece el idioma con una creatividad lingüística extraordinaria. Crea un estilo, que no es mero adorno, sino un bisturí o una mirada crítica que muestra y abre en canal la realidad representada. Como diría Alfonso Reyes, el lenguaje era una suma de modismos americanos de los países de lengua española, sobre todo de México. En fin, la lengua de la novela era una verdadera y brillante síntesis de las hablas de la América hispana, a la que se sumaba la lengua literaria de un modernismo esencializado y esperpéntico, alejado del modernismo adocenado de principios de siglo.
No voy a referirme al argumento, ni al componente teosófico, mágico, vidente y ocultista (tan del gusto del autor) importante para comprender el desarrollo de la novela y del comportamiento de algunos personajes, porque esto es lo más accesible de su lectura, sino a los aspectos más innovadores y crípticos de la misma, que merecen destacarse. Aunque por el título se podría pensar que se trata de un relato centrado en el protagonismo del dictador y en su despotismo absurdo, cruel y sanguinario (lo cual es cierto), la novela hace un uso innovador del protagonista colectivo, que en aquella década tiene un valor experimental en algunos novelistas de vanguardia. Es indudable que la figura de Santos Banderas es el centro del relato, pero sirve, sobre todo, de hilo conductor para mostrar todos los estamentos sociales y étnicos de Santa Fe, que están representados por los indios, los criollos y la representación extranjera, sobre todo por los gachupines. Y dentro de cada uno de estos grupos, Valle-Inclán ha tenido el acierto de presentar las diferentes y variadas sensibilidades de estos, de acuerdo con el apoyo o rechazo del tirano.
'Tirano Banderas'
La arquitectura externa de la novela está calculada perfectamente, de una manera equilibrada y en correspondencia con el desarrollo de la acción. Precedida de un prólogo y cerrada con un epílogo, ambos sirven de marco a una suerte de gran retablo con siete calles o partes organizadas para componer una estructura simétrica. Cada parte está formada por tres libros, excepto la cuarta o calle central, que la forman siete libros. Nótese que los números 3 y 7 tienen un protagonismo no solo cuantitativo, sino que adelantan la clave cabalística adivinatoria y mágica de la novela. Sería prolijo explicar la relación entre la disposición de las partes de la novela y el desarrollo del argumento de la novela, pero digamos que la cuarta parte despliega el nudo del conflicto en múltiples escenas y espacios diferentes a la vez, mientras que las tres primeras lo presentan y las tres últimas lo resuelven.
La novela no solo es innovadora en su estructura externa, sino por la manera con que la acción y la temporalidad del relato se integran en la estructura formal. La acción trascurre en dos días y casi se podría decir que en tres momentos solo, en los que se acumulan y simultanean un cúmulo de hechos en una suerte de sincronismo y saturación de acciones al mismo tiempo, que permite hablar de una temporalidad simultánea. En el prólogo asistimos, poco antes de que suenen las doce de la noche, a los preparativos del levantamiento criollo contra el dictador. En el epílogo, al desenlace de dicho levantamiento, en la madrugada del día siguiente, cuando las huestes criollas invadan el palacio y pongan fin a la tiranía. En el centro de la narración, en las siete partes citadas, los hechos se acumulan en el trascurso de las 24 horas previas al levantamiento, de tal manera que da la impresión de que el pasado y el presente son coincidentes y simultáneos, y prefiguran de forma inexorable el futuro.
En unas declaraciones a la prensa, cuando escribía la novela Valle-Inclán dijo que se proponía “llenar el tiempo de su novela del mismo modo que El Greco llenaba el espacio en sus cuadros”. Esto, si pensamos en cuadros como El señor de Orgaz, da una idea precisa de lo que el novelista hace en este relato. Como diría en La lámpara maravillosa: “Cada fracción mínima de tiempo está preñada de eternidad”, o lo que es lo mismo, al superponer y yuxtaponer acciones diferentes en espacios distintos se produce un efecto de tiempo sin tiempo, de tal modo que pasado, presente y futuro son coincidentes. El principio de la novela y el final suceden en dos instantes distintos pero consiguientes, y en la mínima fracción de tiempo que separa el principio y fin de la novela, se abre todo un completo universo de acciones diferentes y sincrónicas.
La novela del dictador, cuando la violencia engendra violencia
Además, Tirano Banderas dio lugar al nacimiento de un nuevo subgénero novelístico: la novela del dictador. Valle-Inclán se inspiró en rasgos de Francia, de Rosas, de Melgarejo, de López y, sobre todo, de Porfirio Díaz, todos ellos caudillos dictadores hispanoamericanos, herederos, en cierto modo, de los espadones hispanos. El éxito de la fórmula se constataría años después, al tener continuadores tan ilustres como Asturias, García Márquez, Ayala, Roa Bastos, Carpentier y Vargas Llosa entre otros muchos, que encontrarían inspiración en Santos Banderas, el dictador ficticio del escritor gallego.
Pero el rasgo de la novela que habla y demuestra la agudeza y perspicacia del escritor es, a mi juicio, la demostración, en el final de la novela, de la inutilidad, oportunismo y vesania de cualquier movimiento político que se presente como revolucionario. Valle-Inclán no juzga ni amonesta ni opina, si acaso describe con el argumento esperpentizante de la lengua, dejando que el lector extraiga sus conclusiones de los hechos narrados. El epílogo, con la imagen final del cuerpo befado y descuartizado del tirano, sugiere el escepticismo del autor ante cualquier solución y situación supuestamente revolucionaria, que surja de la violencia o en el que esta prevalezca.
'Tirano Banderas'
Valle-Inclán, que continuaba siendo un hombre de ideario conservador y tradicionalista, no ignoró los procesos revolucionarios de México y de la URSS, al contrario se mantuvo expectante ante el curso que tomaran ambos procesos. Sin embargo, a pesar de reconocer, en estas revoluciones, un esperanzador espíritu redentor, prevalece en su idiosincrasia un fondo irredimible de escepticismo. En realidad, Valle-Inclán fue algo más que escéptico, fue descreído en la posibilidad de mejora del género humano, porque estaba persuadido de que la fatalidad y el determinismo gobernaba a los hombres.
Frente a esto nada podía hacerse: “Creo cada día con mayor fuerza que el hombre no se gobierna por sus ideas o su cultura. Imagino un fatalismo del medio, de la herencia y de las taras fisiológicas”, le escribe su amigo Cipriano Rivas Cherif en una carta de 1923, cuando está concibiendo la novela. Por esta razón, su admiración por revolucionarios como Obregón o Lenin (por poner dos ejemplos distintos), se debe a que en ambos reconoce la figura del líder carismático, director y salvador de masas, que se emparenta más con el sustrato cristiano que fundamentaba su ideario político que con cualquier otra doctrina socialista. Sin embargo, las circunstancias políticas del momento y la complejidad de la situación, junto a sus contradicciones personales y vacilaciones políticas, harían que, en los años veinte y treinta y después de su muerte sobre todo, se tuviera a don Ramón por lo que nunca fue.