'Koljós'

'Koljós' DANIEL ROSELL

Letras

Emmanuel Carrère y el peso (ficcional) de la familia

El escritor deslumbra con Koljós, una crónica sobre su madre, Hélène, una exiliada georgiana que conquistó la cúspide de las instituciones culturales francesas, proyectada sobre el fondo histórico de la Europa del siglo XX

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El momento más trascendente de nuestra vida no es cuando nacemos. Sucede el día –o los días– en los que mueren nuestros padres y nos enfrentamos, ya a campo abierto, con la vista fija en el erial que aún nos resta por recorrer, y cuyas dimensiones exactas no logramos calcular, al horizonte plano de la muerte. Entonces descubrimos que no existen defensas ni hay escudos frente al tiempo. Se vuelve la vista hacia atrás –a eso que llamamos el pretérito– para huir de la verdad. Y porque lo que nos augura el porvenir, como escribió Federico García Lorca de la vida, “no es noble, ni bueno, ni sagrado”, sino una certeza irremediable.

Emmanuel Carrère (1957) hace este ejercicio devastador, que también desvela el verdadero significado del tiempo, en Koljós, una crónica sobre la vida de su familia, y de él mismo, proyectada sobre el fondo de la historia reciente de Europa. Una obra sobre la memoria íntima que, a la vez, es la detallada descripción de un tiempo –el siglo pasado–, de diferentes geografías (Rusia, Francia) y de atmósferas perdidas partenecientes a lo que Stefen Zweig llamaría el mundo de ayer, aunque el escritor francés se refiera en este libro a un pasado –distinto al del biógrafo austriaco– sin el cual no existiría nuestro presente.

El escritor francés Emmanuel Carrère

El escritor francés Emmanuel Carrère

Toda su crónica, ya desde su título, es un perfecto roseboud: un objeto, en este caso las granjas colectivas rusas, que adquiere un significado sentimental, ajeno pero complementario al referencial. La comunidad familiar. Carrère trabaja desde el principio una ambigüedad que nos acompaña a lo largo de todo el libro, que es la narración de la historia de su estirpe a partir de la cual va ascendiendo hasta alcanzar una vista cenital, con óptica panorámica, de una parte del continente europeo.

El arranque es soberbio: los funerales de Estado de su madre, Hélène, una exiliada georgiana que, desde la periferia oriental de Europa, conquistó la cúspide de las instituciones culturales francesas. Exterior día. Explanada de Los Inválidos. Solemnidad, protocolo, banderas, autoridades, un retrato de tamaño colosal de la difunta, Macron dando un discurso y la Serenata de Chaikovski. Es el gran teatro de la muerte pública. El lamento oficial de una nación culta por una de sus más altas intelectuales, la primera mujer que ejerció como secretaria vitalicia de la Académie Française.

En ese escenario grandioso ocupado por el cuerpo y la imagen de una mujer digna de admiración general, su hijo –el escritor– siente cierta ambivalencia. Amor y distancia. Ternura y miedo. Cercanía y severidad. Todos los sentimientos antagónicos de una relación maternofilial que desgarra, igual que un cuchillo, el acto definitivo del último adiós.

Después comienza la indagación, el rastreo, la revisión de archivos, papeles, cajas de recuerdos, fotos, la arqueología del pasado. Carrère se enfrenta entonces al doloroso ritual por el que pasan todos los hijos huérfanos, con independencia de cuál sea su edad: hay que desmantelar el hogar familiar, una casa que durante un tiempo fue también la suya pero nunca dejó de pertenecer a quienes le precedieron en la línea de la vida.

Hélène Carrère d’Encausse vestida de académica

Hélène Carrère d’Encausse vestida de académica

En este caso, un piso oficial –privilegios del cargo– en la Rue de Conti. Allí se acumulan los libros, los papeles, la biblioteca, el gabinete de trabajo de una experta en historia rusa, descendiente de lejanas aristocracias eslavas, que adquirió prestigio y reconocimiento en un país ajeno –el lugar de nacimiento del escritor, que narra en primera persona– y desde donde, en busca del pretérito familiar, se remonta el devenir de las cuatro generaciones anteriores, cambiando de geografías y de marcos históricos.

¿Qué busca Carrère con su indagación? Diríamos que nada en concreto –de ahí la búsqueda– y todo en especial, pues el periodista y escritor francés asume como suya la frase de Sartre –“lo único importante es lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”– y se esmera en descubrirlo, para deleite de sus lectores. Comienza por lo más inmediato, los padres; desde ahí sigue el curso del tiempo río arriba. La suya es una navegación tormentosa, pues sucede en plena calamidad: la desaparición de quienes le pusieron nombre propio.

Emerge así de la oscuridad la figura del padre –Louis–, secundaria desde la perspectiva pública, pero capital en este relato de reminiscencias porque fue él, mientras ella fatigaba la historia oficial del imperio del que venía, quien consignó la memoria familiar. Su colección de fósiles documenta la amarga historia del desclasamiento de los descendientes de la antigua nobleza rusa, desgraciada para siempre y sin remedio por el triunfo de la revolución bolchevique. Estampas de una vida hostil en lucha por la supervivencia fuera de su país. Una detallada radiografía sobre el trauma del exilio y la búsqueda de una identidad nueva, posterior a la original, convertida ya en una permanente nostalgia.

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'Koljós'.jpg ANAGRAMA

Más tarde aparece la figura del abuelo, Georges Zourabichvili, presunto colaboracionista de los nazis en Francia, según ciertos relatos familiares que, sin embargo, no aclaran por completo su historia. Carrère descubre entonces la condición ficcional de todas las familias, que recrean a sus miembros en función de las circunstancias, los silencios, los afectos o los relatos ancestrales. No hay que creer en lo que se recuerda. Lo mismo sucede con la Historia (en mayúsculas). La guerra de Ucrania irrumpe en el relato, quebrando la linealidad de la memoria familiar y pone en crisis la imagen de Hélène Carrère, que siempre mantuvo una visión favorable de la Rusia postsoviética –en la creencia de que su alma europea prevalecería sobre la eslava– que incluía a Vladimir Putin y a su Cuarto Reich.

Entender las razones de esta opinión, inquietante y errónea, lleva a Carrère a trazar un mapa panorámico sobre el mesianismo y el imperialismo ruso, abriendo así la perspectiva de partida de su relato. El objetivo del escritor francés no es tanto dotar de variedad y amplitud la óptica de su crónica, cuanto, al entrelazar a los personajes de su familia con los hechos históricos, mostrar que la Historia, madre y maestra, no es un tapiz sobre el cual transcurre la vida real, sino la explicación de los motivos por los que determinadas personas –en este caso, sus iguales y, a la postre, él mismo– son como son y no de ninguna otra manera.

Koljós mezcla con maestría planos y géneros literarios y periodísticos, como la autobiografía, el ensayo político, la memoria o la meditación filosófica. Es un libro puzzle. Un sabio tratado sobre los duelos íntimos y colectivos. Sobre el tiempo. Y, sobre todo, una narración memorable.