José María Valverde

José María Valverde

Letras

José María Valverde: un siglo de maestría y rigor intelectual

La figura del humanista extremeño, un homme de lettres afincado en Barcelona, de cuyo nacimiento se conmemora ahora el primer centenario, marcó la trayectoria de varias generaciones en ámbitos como la poesía, la traducción, la literatura de ideas y la crítica literaria

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“Yo aspiro a que solo digan de mí el día de mañana que he sido un buen discípulo de Antonio Machado”. Con esta admirable humildad resumió en alguna ocasión José María Valverde (1926-1996) su impresionante labor intelectual en tantos campos del saber. Poeta, traductor, ensayista e historiador de las ideas, Valverde fue una figura con la que todos los que nos hemos dedicado a las letras hemos contraído, de una forma u otra, una considerable deuda. Formado en filosofía, pronto demostró una pionera vocación de comparatista que le llevó a desarrollar una visión muy amplia y cenital de la cultura europea, a salvo aún de la crisis de la transmisión propia de este siglo y basada en un culto al lenguaje que por las mismas razones nos resulta hoy aún más pertinente y vibrante que entonces.

Tras unos años de lector de español en la Universidad de Roma, Valverde se doctoró con una tesis sobre Humboldt y la filosofía del lenguaje (1955), que de algún modo marcó el rumbo de su trayectoria hermenéutica, basada en la identidad entre ser y lenguaje que siempre defendería en sus estudios. En 1956, con tan solo veintinueve años, ganó la Cátedra de Estética de la Universidad de Barcelona, donde desarrolló una vocacional tarea pedagógica, quizá para él la más importante de cuantas desempeñó, convencido como siempre estuvo de la primacía de la palabra directa, el contraste y el simposio sobre la crítica textual. Ya en 1957, publicó con su amigo y colega Martín de Riquer una primera edición de su monumental Historia de la Literatura Universal, un libro con el que muchos nos educamos y que de alguna manera constituyó nuestra primera experiencia del canon, la misma idea que luego sería impugnada sin que se haya conseguido sustituir ni descartar de ninguna manera convincente, más allá de una constante ampliación que estaba ya en su propia génesis.

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En 1965, tras la expulsión de la Universidad, por parte del Gobierno de Franco, de los profesores Enrique Tierno Galván, José Luis López Aranguren y Agustín García Calvo, Valverde fue el único en solidarizarse con sus colegas y renunció a su cátedra, un compromiso que resumió en la leyenda, justamente célebre, con que rubricó la nota que le envió a Aranguren: “Nulla aesthetica sine ethica, ergo, apaga y vámonos”. Valverde, su mujer Pilar Gefaell y sus hijos se exiliaron entonces a Estados Unidos y Canadá, donde el profesor trabajó en distintas universidades y se dedicó con especial intensidad a la traducción literaria. Muchos años después, ya fallecido Valverde, se sabría que uno de los pocos en interceder a favor del exiliado fue Martín de Riquer, quien, a pesar de estar en sus antípodas ideológicas, siempre defendió la excepcionalidad de su amigo, así como su especial sintonía con los estudiantes. Valverde no regresaría hasta 1976.

Como tantos de su generación, José María Valverde transitó de una juvenil militancia falangista a posturas marxistas, muy influidas en su caso por su cristianismo de base, cercano a la teología reformista de Karl Rahner. Se podría decir que Valverde acabó siendo comunista a fuer de cristiano. Riquer, que había formado parte del bando nacional y era un católico conservador (“yo soy de antes del Concilio…de Nicea”, aclaraba con su impagable sentido del humor), solía resumirnos la ideología de su amigo y su mujer con cariñosa malevolencia: “Los Valverde son muy buena gente, no tienen pecado original”. Pasados los años y superadas las controversias ideológicas, queda el ejemplo de una amistad inquebrantable y de una confluyente ambición intelectual de la que nos seguimos beneficiando, aunque al mismo tiempo nunca dejemos de constatar, generación tras generación, la desoladora ingenuidad política de las personas inteligentes.

Gabriel Ferrater, otro gran amigo de Valverde, al enterarse de su ejemplar renuncia, le dejó en su casa un poema escrito para la ocasión que se incluyó en su último poemario, Teoria dels cossos (1966). Se titula 'Per a José María Valverde' y, como siempre en Ferrater, sobre todo en su poesía más tardía, está lleno de acertijos, referencias de cenáculo y mensajes que solo podía entender el interlocutor privilegiado: (“Oh, aquests que peonen, encantats / súbdits d’un rei de Babilònia! / Cap aigua viva no et demanen. Van / a la seva: pols, i l’ofec segur de parsimònia. / Ara, ni tu no vulguis beure. Deixa’t només / empassar. La negror d’èsser sol. Tres dies / plega-t’hi, groc roent com un metre de fuster. / Serem potser escopits a mar? Un gran migdia?) (“Oh, estos que apeonan, encantados / súbditos de un rey de Babilonia / Ninguna agua viva te piden. Van / a lo suyo: polvo, y el ahogo seguro de parsimonia. / Mas tú no quieras beber. Déjate solo / tragar. La negrura de estar solo. Tres días / doblégate, amarillo candente cual metro de carpintero. / ¿Nos escupirán al mar? ¿Un gran mediodía?”)

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'Historia de la Literatura Universal'.jpg RBA

Ferrater, que era un descreído, tanto en el ámbito ideológico como en el religioso, desliga la decisión de su amigo de cualquier ilusión o sumisión colectiva (de los que “van a lo suyo”), sabiendo que el “agua viva” evangélica, la verdad personal de Valverde, no es lo que le piden. Para él lo relevante era la negra noche de la soledad en el vientre del Leviatán estatal que siempre supone la resistencia, aunque al final, en un hermoso quiebro de concesión amistosa, el poeta admita la posibilidad de una redención futura, tal y como Josep Carner había sugerido en su Nabí para el desenlace de la fábula de Jonás y la ballena, prefiguración de la resurrección de Cristo. Aunque desesperadamente codificada por la concepción high brow que Ferrater tenía de la poesía, se trata de uno de los tributos de amistad más bellos y complejos que se han escrito. En justa correspondencia, cuando Ferrater se suicidó en 1972, Valverde le escribió un poema en el que le hacía ver que, en el fondo, también él había sido creyente: “‘Mi horizonte se me ha cerrado’ / un día dejaste caer / de pasada, como excusándote / por mostrar tan poco interés / hacia todas las trascendencias / y todo lo que fuera fe. / Sin embargo, lo desmentías / con tu manera de querer / a tanta gente, sobre todo / si era sencilla y sin doblez, / o como un niño, enamorándote / de una mujer y otra mujer.

Antes que poeta y ensayista, Valverde fue para muchos de nosotros un traductor que puso a nuestro alcance una impresionante variedad de escritores, desde Shakespeare, Goethe, Dickens, Hölderlin o Novalis a T. S. Eliot, Joyce, Rilke, Emily Dickinson, Thomas Merton o Saul Bellow. Bien formado también en lenguas clásicas, le debemos incluso una bella versión de los Evangelios. A menudo denostadas sin fundamento, sus traducciones, si bien irregulares, como no podía ser de otro modo en alguien que tuvo que ganarse la vida traduciendo a destajo en el exilio, son en algunos casos muy meritorias y en ocasiones sobresalientes. Su versión del Ulises de Joyce, por ejemplo, es en muchos sentidos acertada y rigurosa, como pudimos comprobar en la revisión que hicimos en Lumen para el centenario de la novela. Como en toda traducción, había decisiones mal envejecidas, algunos descuidos y a veces una excesiva literalidad, pero en conjunto se trata de un trabajo serio y respetable, sobre todo teniendo en cuenta la enorme dificultad de la tarea.

Lo mismo ocurre con su traducción de Moby Dick de Melville, una obra de una intimidante complejidad de registros que Valverde resolvió con inspiración y pertinencia, sin duda favorecido por su propio conocimiento enciclopédico y teológico. En poesía hay una gran diferencia entre sus versiones más bien sosas de Eliot y las mucho más finas de Rilke, el poeta con el que, junto a Machado, más afinidad sentía. De hecho, Valverde nos enseñó que Rilke tuvo enseguida una natural resonancia en el ámbito hispánico, a uno y otro lado del Atlántico, gracias a que en español se había evitado mayormente la línea que va de Mallarmé a Eliot. Y aún más, su especial atención a ese extremo nos ayuda hoy a detectar las elocuentes confluencias subterráneas entre la lírica de Rilke y algunos aspectos de la poesía y el pensamiento de Antonio Machado. En una carta en la que le hablaba de la muerte de Leonor, le decía Machado a Unamuno: “Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere”. La frase podría utilizarse para sintetizar la empresa ontológica que Rilke llevaría a cabo en el ciclo que va de las Elegías de Duino a los Sonetos a Orfeo.

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'Interlocutores'.jpg TROTTA

La obra ensayística de Valverde fue muchas veces ancilar de su labor como traductor. Una buena parte de los estudios que nos dejó son de hecho prólogos o introducciones a sus versiones de Hölderlin, Merton, Rilke, Goethe, Eliot o Whitman, hoy recogidos en el segundo volumen de sus obras completas, titulado Interlocutores (Trotta), con un estupendo prólogo de Jordi Llovet, el más leal de sus discípulos. Como crítico, Valverde se movió con una gran soltura y autoridad por los laberintos de la historia de las ideas, pero sin dejarse tentar en ningún momento por lo que Antoine Compaignon ha llamado el “demonio de la teoría”, esa desconfianza hacia el texto y el autor que se impuso a partir de la década de 1970 y que terminó por convertir en un galimatías a buena parte de los estudios literarios imperantes en las universidades occidentales. El regreso al common sense y la restitución del gusto que propugnó Compaignon hace pocos años estaban ya en el temple interpretativo de Valverde, capaz de exponer cuestiones complejas con claridad y vocación pedagógica, pero sin renunciar al mismo tiempo a la altura que exigía el autor comentado.

Como poeta, Valverde consiguió hacerse un hueco en la tradición meditativa que a menudo invocó en sus estudios, desde la subjetividad lírica de Hombre de Dios a la machadiana apertura a los demás de Versos del domingo. La atención a Machado, además, en detrimento de las modas vanguardistas que propugnaron algunos poetas del 27, le apartó de las corrientes imperantes de su época, convirtiéndole, como siempre deseó, en un buen discípulo de su principal maestro, a quien también dedicó un estudio, un modélico companion book que sigue siendo una guía imprescindible. Su lectura desenterró la modernidad de un poeta que, tras los estragos formales que le sucedieron, había quedado un tanto dislocado en su recepción, también, añadimos ahora, por su condición de mártir ideológico. Pero lo cierto es que Machado, en su poesía como en su prosa, aún va por delante de nosotros. Como decía el propio Valverde al final de su vida: “Tengo la sensación de que ni siquiera he empezado a leerlo”.

'Ser de palabra'

'Ser de palabra'

Cuando se cumplen cien años de su nacimiento y treinta de su muerte, la figura de José María Valverde constituye un ejemplo de honestidad, rigor intelectual y servicio público. Maestro di color che sanno, en torno a su magisterio orbitaron además buena parte de los mejores intelectuales y eruditos del país, desde Francisco Rico, Eugenio Trías, Rubert de Ventós o Luis Izquierdo a Jordi Llovet, Fernández Buey, Rafael Argullol o Félix de Azúa, continuadores, cada uno a su manera, de su dedicación a la Estética o a la Literatura Comparada. Pero probablemente, si hubiera que resumir el legado de Valverde, más allá de su atención a la historia de las mentalidades, bastaría con citar el título de su último poemario, Ser de palabra (1976) –con su genitivo a la vez ontológico y ético– y estos versos del poema titulado 'En el principio', resumen de su credo y de la pervivencia del mismo:

“De pronto arranca la memoria, / sin fondos de origen perdido; / muy niño viéndome una tarde / en el espejo de un armario / con doble luz enajenada / por el iris de sus biseles, / decidí que aquello lo había / de recordar, y lo aferré, / y desde ahí empieza mi mundo, / con un piso destartalado, / las vagas personas mayores / y los miedos en el pasillo. / Años y años pasaron luego / y al mirar atrás, allá estaba / la escena en que, hombrecito audaz, / desembarqué en mí, conquistándome. / Hasta que un día, bruscamente, / vi que esa estampa inaugural / no se fundó porque una tarde / se hizo mágica en un espejo, / sino por un toque, más leve, / pero que era todo mi ser: / el haberme puesto a mí mismo / en el espejo del lenguaje / doblando sobre sí el hablar, / diciéndome que lo diría, / para siempre vuelto palabra, / mía y ya extraña, aquel momento”.