El mundo de Gaziel

El mundo de Gaziel DANIEL ROSELL

Letras

Gaziel o el prodigioso maestro del periodismo 'botifler'

El historiador Francisco Fuster publica en Galaxia Gutenberg una documentada biografía sobre la peripecia vital y profesional del articulista y escritor catalán

Llegir en Català
Publicada
Actualizada

El conocimiento es la razón esencial de la tristeza y la causa más habitual de la melancolía de los hombres. “Cuanto más entiendes ciertas cosas, más desearías no comprenderlas”, escribió Charles Bukowski, que identificaba la sabiduría vital con el escepticismo –en el mejor de los casos– y extendía este vínculo, en el peor, hasta el pozo de la depresión. Acaso en la historia de nuestras letras no haya ninguna figura que represente mejor esta relación siamesa –saber hace sufrir y la felicidad consiste en ignorar– que Agustí Calvet (Gaziel), el gran periodista catalán de su época –al margen del mestre Josep Pla, que es un libro aparte– y uno de los personajes más incomprendidos de su tiempo, que fue convulso, y de la posteridad, que es el reino del olvido. 

Al igual que en el caso del autor de El cuaderno gris –el mejor prosista de la literatura en catalán, que no es lo mismo que la literatura catalana– su vida se divide, como todos los personajes heroicos, en dos épocas de signo contradictorio, separadas por un parteguas que tiene mucho de anagnórisis. Pla, como es sabido, vivió una juventud brillante, golfa y viajera como corresponsal de los periódicos catalanes en las grandes capitales europeas, sobre todo en París y en Berlín, donde coincidió con Eugeni Xammar.

El joven reportero Josep Pla en París

El joven reportero Josep Pla en París

La Guerra Civil vendría a poner termino a esta existencia despreocupada y cosmopolita –cuya imagen es un Pla joven y sonriente, con cara de cuco, ataviado con un borsalino– y lo precipitó, en contra de su voluntad, pero también con una resignación no exactamente estoica, sino sacrificada, a su etapa como falso payés. Entonces es cuando nace el escritor con boina, el filósofo agrario que fuma sin cesar cigarrillos de picadura barata, preferentemente africana –“el tabaco de los contrabandistas”–, que, entre whisky, tramontanas y fríos, dispondrá sus obras completas –con la reescritura de los títulos anteriores a 1939, seguida por nuevos libros y, cada semana sin falta, la entrega puntual de los artículos del Calendario sin fechas para la revista Destino– junto a la chimenea de su masía. 

Gaziel nunca se sintió llamado a esa vida campesina. Era un hombre urbano, civilizado y tolerante, cuyo máximo grado de bucolismo se circunscribe a sus últimos años en Sant Feliú de Guíxols, su pueblo natal. Estaba hecho de una extraña mezcla de materiales: catalanista (ma non troppo) y cosmopolita, con un horizonte ancho que le hace desviarse de la carrera académica –tenía aspiraciones de filósofo y un buen pasar universitario como objetivo– y se convierte (en París durante la Primera Guerra Mundial) en un periodista casual y sobrevenido, que era el oficio-refugio de muchos escritores vocacionales, sin industria a la que acogerse. 

Gaziel integral

Gaziel integral

El historiador Francisco Fuster, profesor en la Universidad de Valencia, rastrea ahora en un libro –Insobornable (Galaxia Gutenberg), la primera biografía en español de Gaziel, que fue el pseudónimo con el que siempre firmó sus artículos– su peripecia vital, quebrada también en dos mitades por la espiral de violencia de la Guerra Civil, pero modulada con una intensidad distinta. Calvet alcanzó pronto, impulsado por unas excelentes crónicas sobre sus febriles años juveniles en la capital francesa, recogidas en el Diario de un estudiante en París (1915), al que siguieron otros títulos de artículos como En las trincheras o El año de Verdún (ambos publicados por Diéresis) a una de las altas tribunas del periodismo español –la dirección del diario La Vanguardia– y encarnó, hasta la contienda española, una figura desconocida en el oficio, donde cohabitaban los periodistas de infantería, esa gente sin peinar, con escritores públicos e intelectuales ansiosos de influir en la política española, prestos además a destacar socialmente. 

Gaziel fue ambas cosas en un solo cuerpo eucarístico. Y algo más: el periodista que modernizó el histórico periódico de la familia Godó hasta convertirlo en un diario europeo, tarea sacrificada en la que –siempre se quejaría de esto– no sólo no fue bien pagado, sino que fue recompensado durante la primera posguerra con una asombrosa ingratitud. Fuster, que ha dedicado libros a algunos de los grandes escritores españoles de comienzos del pasado siglo –Baroja, Julio Camba o Azorín–, escribe biografías documentadas, accesibles y fieles a su labor divulgativa como docente. Sus ensayos se centran sobre todo en los hechos, que ilustra con el contexto histórico y mediante citas y extractos tanto de las obras de los autores que retrata como extraídas de la abundante bibliografía existente. 

'Clásico y moderno'

'Clásico y moderno' ALIANZA EDITORIAL

Tiene tendencia a hacer compendios cronológicos, ortodoxos y lineales que ayudan al lector hacerse una excelente idea de los grandes personajes de la cultura española y penetrar (sin esfuerzo) en su avatar existencial. Su estudio sobre Gaziel no es, en este sentido, ninguna excepción: se trata de un libro solvente y trabajado, funcional, sin excesivos alardes, pero con el añadido en este caso de que se sirve de libros y estudios escritos en catalán que no son conocidos por el lector en castellano, al no existir traducciones y versiones disponibles en español. En sus biografías, más descriptivas que interpretativas, la filología (que también es una disciplina histórica) juega un papel secundario y instrumental. 

De ahí que echemos en falta en sus trabajos una mayor profundidad en el análisis literario, así como un cierto riesgo compositivo que enriquezca su notable esfuerzo de registro y ordenación documental. En el caso de la vida de Gaziel este aspecto nos parece capital. El periodista catalán –poco conocido para los lectores españoles y objeto de manipulación por parte de la cultura catalana oficial– se presta de forma natural, incluso fecunda, a una interpretación dramática basada en las contradicciones, las amarguras y las ambigüedades de su existencia, que se enquistarían durante la posguerra y en su vejez, tan fecunda literariamente, que es cuando se convierte –según la tesis de Fuster– en el escritor en catalán que siempre quiso ser. 

Gaziel, con su esposa Lluïsa Bernad y sus hijos (1932)

Gaziel, con su esposa Lluïsa Bernad y sus hijos (1932)

Nosotros diríamos que Gaziel fue desde primerísima hora, y sin duda, un escritor netamente catalán, aunque eligiera hacer su carrera periodística en español –que también era su idioma propio– en vez de limitarse a la estrechez editorial de su otra lengua materna. Esta elección, que Fuster nos presenta como si hubiera sido obligada, en lugar de un acto voluntario, es la causa a la que se debe no sólo su admirable independencia, siendo un catalanista de alma, con respecto al fenómeno del nacionalismo más cerril, sino también la constante campaña de hostigamiento y descrédito –con acusaciones de traidor (botifler) y periodista infame– que durante muchos años sufrió, incluso después de muerto, por parte de quienes creen poseer el monopolio del sello de la catalanidad. 

Algo similar sucede también con la figura de Pla, al que el nacionalismo dogmático tiende a perdonarle sus pecados políticos, –así lo hace Xavier Pla en Un corazón furtivo (Destino), como si los nacionalistas fueran santos, siendo (como son) mayormente catequistas y beatos– y una discutible filiación franquista que, por otra parte, fue moneda común entre los grandes industriales y la totalidad de la alta burguesía catalana. Según esta lectura, Pla regresó, igual que un arrepentido hijo descarriado, al catalán como lengua artística para redimirse de su pretérito. 

'Diario de un estudiante. París, 1914', de Gaziel

'Diario de un estudiante. París, 1914', de Gaziel DIÉRESIS

Calvet habría hecho lo mismo. A pesar de que rubricó –en el exilio y por exigencia de Francesc Cambó, su protector ante la intemperie laboral y económica– un manifiesto de apoyo al régimen rebelde de Burgos, Gaziel nunca fue franquista, como evidencia (Fuster lo explica con acierto) su exilio interior, tras salir huyendo de la Francia controlada por los nazis, en Madrid, donde tuvo que sobrevivir –y no precisamente con holgura– como gerente de la editorial Plus Ultra, al tener cerradas todas las puertas de la prensa, como tantos otros periodistas no afectos a la dictadura. A este castigo se sumaron los dos juicios políticos que se le abrieron por su labor al frente de La Vanguardia, instigados por sus propietarios. Fue absuelto de todos esos cargos.

Gaziel fue liberal, catalanista y europeo. Nada que ver, por ejemplo, con personajes como Carles Sentís, secretario de Rafael Sánchez Mazas, al que Juan Ramón Jiménez siempre acusó de haber saqueado, tras su salida de España para salvar la vida, su biblioteca personal. Calvet, que empezó colaborando de joven con La Veu de Catalunya y moviéndose en círculos catalanistas antes de encontrar su carácter y su destino profesional en La Vanguardia, cuya línea editorial, abierta y monárquica, estaba lejos de los devaneos soberanistas, fue objetivo de la envidia de sus propios coetáneos, que lo tildaron de “mal catalán” sencillamente por pensar y escribir como un hombre libre, culto e inteligente. 

Gaziel, el mito de 'Cathalonia' y el libro de los espejismos

Gaziel, el mito de 'Cathalonia' y el libro de los espejismos DANIEL ROSELL

Desde la nada –una pensión de estudiante en París– llegó a la dirección (entonces colegiada) del gran diario de la Barcelona moderna merced al padrinazgo del mallorquín Miquel desl Sants Oliver. Durante años, hasta cuando erraba en sus opiniones o no acertaba con las predicciones políticas, mantuvo una alta capacidad de análisis y una independencia de conducta –solía defenderse citando (en latín) a Aristóteles: “Amicus Plato, sed magis amica veritas”– que no podían sino grajearle una legión de enemigos dentro y fuera del periódico de los Godó. 

Sobre esos años de pugnas y conflictos –salía cada noche del diario sin saber con seguridad si podría volver al día siguiente– escribió en su Historia de La Vanguardia (su libro prohibido) y en sus memorias (Tots els camins duen a Roma) o en sus diarios (Meditacions en el desert). En ambas obras su testimonio, ya sea mediante elipsis o debido a la selección consciente de lo que elige contar, intenta corregir aspectos de su pasado. Son libros que deben leerse como documentos subjetivos e impresionistas, cuadernos íntimos. No como un relato fidedigno de hechos históricos. 

'Memorias' de Gaziel

'Memorias' de Gaziel EDICIONS 62

La Guerra Civil le abocaría a un amargo exilio exterior (en París) que después se convertiría en una tortura interior. Durante casi dos décadas escribe sólo para sí mismo –no podía publicar– y se reinventa, rebasada la cincuentena, gracias a los trabajos editoriales. Es al final de su vida, ante el vértigo del tiempo perdido, cuando sufre una conversión sentimental al catalanismo oficial, contra el que escribió en sus años mejores, cuando postulaba su renovación a la europea. Opta entonces por usar el catalán por voluntad propia, igual que en su día eligiese el español como lengua literaria, y provoca, según Fuster, una suerte de resurrección en Cataluña. 

Es cierto que Gaziel presenta el retorno a su lengua materna como si fuera Ulises volviendo a Ítaca. Es una bella imagen, pero el astuto héroe de la Odisea no dejó su isla obligado, sino para conquistar los honores y el botín de una guerra –la de Troya– que en el caso de Gaziel no se saldaría con una victoria, sino que trajo una larga derrota que, a su vez, es la fuente que nutre su clarividencia. Pocos escritores de periódicos, autores de esa literatura prosaica que es el periodismo, supieron ver el mundo, ya fuera desde una tribuna o pisando las aceras del exilio, con tanto acierto y profundidad. Su sabiduría, sin embargo, no puede deslindarse del dolor. 

'Insobornable. Vida de Gaziel'

'Insobornable. Vida de Gaziel' GALAXIA GUTENBERG

Calvet vivió como un escritor escindido, atrapado entre la honda melancolía por la cultura individualista europea destruida tras la Gran Guerra –“la vida fácil, agradable, barata, de viajar sin trabas y residir en cualquier parte como en tierra propia”– y los espantos de la nueva sociedad (totalitaria) de masas. Si al final de su vida, en cierto sentido, se refugió en la utopía arcaica de Cataluña, renunciando así a la modernidad que defendió en su juventud, no fue tanto por una convicción como por encontrar un lugar de reposo después de tantos años de ostracismo. Más que un personaje de Homero, el Gaziel del último crepúsculo se nos revela como el poeta Novalis cuando escribe: “¿Adónde vamos? Siempre a casa”.