Manuel de Falla

Manuel de Falla

Ideas

Eran genios (hasta que echaban la caña): Manuel de Falla

Manuel de Falla: el amor brujo

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Adorados, aplaudidos, jaleados por la historia, el poder y sus peatones. Los artistas (que no las artistas) pueblan las listas de los grandes éxitos de la civilización. Referentes en creatividad, endiosados hasta el mito. Qué sería de la leyenda del hombre artista hetero sin las mujeres. Ellos, héroes o canallas; ellas, rescatadas o víctimas. Picasso, Modigliani, Diego Rivera o Pollock. Sementales torturados, macho cazador, encantadores de serpientes.

El eje de dominación sigue todavía dirigiendo el ritmo de unas cuantas narrativas. Artistas que se ensalzan hasta lo sobrenatural a lomos de la historia terrenal de mujeres. Nunca fue así. Sin embargo, ¿qué ocurría cuando esas mujeres que deberían haberles labrado su leyenda les dieron calabazas?

Traigo tres casos. Uno está basado en una biografía, el otro lo explica mi divulgador de arte favorito, Waldemar Januszczak, y el tercero es una suposición y parte de unas memorias.

Manuel de Falla: el amor brujo

Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración es el título de las memorias de María Lejárraga. Es sabido que escribió aquellas memorias para probar la autoría de las obras que habían salido publicadas con el nombre de su marido y poder cobrar así, en herencia, los derechos de autor que habían pasado a la hija que Gregorio Martínez Sierra tuvo con la actriz Catalina Bárcena.

Durante aquella “colaboración”, María Lejárraga participó en múltiples proyectos artísticos con músicos. Escribía, los inspiraba y los animaba a que compusieran. Entre ellos, se cuenta a Manuel de Falla. Hombre perfeccionista, entregado a su vocación, profundamente católico y con ansia de trascendencia. María Lejárraga compartió con él trabajos, entre ellos, El amor brujo. Pero también confidencias en sus cartas. Colaborador y amigo íntimo. Una escena en concreto da qué pensar.

Manuel de Falla, Gregorio Martínez Sierra y María Lejárraga

Manuel de Falla, Gregorio Martínez Sierra y María Lejárraga

Una habitación ruinosa de un hotel de París. María Lejárraga y su marido escuchaban a Manuel de Falla tocar el piano. Era el año 1913. A un cierto punto, María se acercó hasta él para descubrir, curiosa, que Manuel de Falla se pintaba la prematura calva de negro para disimularla.

Un tipo enclenque, pequeño, dedicado en cuerpo y alma a la música. No tenía un céntimo, pero se negaba a tomar estudiantes porque, según le contó a María cuando ella misma se lo recomendó, le distraían de su empeño compositor. Aquel día se despidieron. Pero con la guerra mundial, Falla regresó a España y volvieron a reencontrarse un par de años después.

Se vieron en Andalucía, visitaron diversas localidades y paseaban juntos. Un día, paseando por Ronda, a María le dio por componer unas coplas y a Falla le gustaron. Ella las escribió en un pergamino y se las regaló. Manuel se alojó un tiempo con la pareja. Durante el día se quedaban solos mientras Gregorio, el marido, estaría por ahí. Les separaba un largo pasillo. Por un lado, ella se concentraba en escribir; por el otro, Falla se dedicaba a componer. A veces, ella se levantaba de la silla y atravesaba volando el pasillo para interrumpir al maestro, para leerle algo que acababa de escribir.

La mujer de

María Lejárraga representa un caso paradigmático de la relación de dominación. Imagen del ideal de la filosofía que entusiasmó a los intelectuales más modernos de finales del XIX español. Krause planteaba que las mujeres eran el complemento necesario del hombre para que la humanidad se realizase en toda su perfección. Una estafa como otra cualquiera que dejó a María Lejárraga el papel de productora de textos (a falta de hijos) para que su marido prosperase en los negocios artísticos y, de paso, se embolsillase la gloria.

Guerrilla Girls, Ventajas de ser una mujer artista (1988)

Guerrilla Girls, Ventajas de ser una mujer artista (1988)

María Lejárraga murió en el exilio, sin poder jamás reclamar un céntimo de los textos que ella sola había sudado. Los firmaba su marido en lo que ella creyó ser una fenomenal empresa ideal de la humanidad para la vida. Tras la muerte de él, le quedó todavía otra humillación en herencia. Los derechos de autor pasaron a la hija que su flamante marido había tenido con la mujer que no perdió oportunidad para vejarla mientras duró el trío, con la que se casó. Un ménage en el que ella no jugó más papel que el de estorbo.

Manuel de Falla fue siempre su amigo devoto. No se sabe más. Y me creo que jamás hubo ningún tipo de relación sexual entre los dos. Falla era un hombre —otra vez— religioso, católico, lo que sumado a su carácter retraído cuesta pensar que hubiese algún tipo de avance por su parte. Pero sabía que ella era la autora de los textos que a él le inspiraban.

(Tristán e Isolda de Dalí)

(Tristán e Isolda de Dalí)

El final de una bonita amistad

María, de alguna forma, encajaba como un guante en su mundo y, como hombre, en aquellos ratos de intimidad en el que ella compartía con él no solo su creatividad, sino sus buenos y malos tragos de la relación con su marido, procuraba ser un caballero, atento hasta donde sus despistes le permitían. La escuchaba, le daba parte del valioso tiempo que se negó a malgastar en estudiantes que, al fin y al cabo, le hubieran remediado tantas necesidades.

Hasta aquel día. María andaba metida en unas notas para Joaquín Turina, el compositor que les había presentado en París, también amigo de la pareja. Al igual que con Falla, también se había paseado con él por Andalucía y otros lugares, habían viajado juntos, y ella quería escribir algo que le sirviera de pretexto para animarle con su Álbum de viaje. Falla lo sabía. Al menos eso creía ella y aquel día, sin comerlo ni beberlo, Falla explotó. Agarró de un tirón aquel pergamino que ella le había regalado y, sin mediar palabra, lo hizo trizas frente a su cara.

María Lejárraga contó la escena en sus memorias, Gregorio y yo. Es cierto que Falla se agarró unas cuantas peloteras a lo largo de su vida, que se discutió con la Argentinita y se las tuvo con la esposa del guitarrista Barrios. Pero hay algo en la vida compartida con María, en la escena de ira que le llevó a destruir un regalo de la mujer cuya obra admiraba, respetaba y apreciaba —y la manera de hacerlo—, que va más allá de la reacción de un temperamento ascético —como se le suele definir—, de alguien adicto al trabajo, como diríamos hoy.

Aquella escena suena más a afrenta íntima que a personal (para alguien adicto al trabajo, el trabajo es una cuestión personal como prueban las broncas que tenía), que merece, al menos, la duda sobre los sentimientos que Falla podría haber desarrollado hacia María. Un hombre que decía tener vocación de casado, compartiendo con ella su vocación. En resumen, huele a clásico arranque de celos.

Manuel de Falla en la época de su colaboración María Lejárraga

Manuel de Falla en la época de su colaboración María Lejárraga

Se sabe que Falla tuvo alguna historia amorosa en París. Poco más. Personalmente, cuando leí aquella escena me dejó un rato pensando. Una mujer entregada a utilizar su talento para motivar a los hombres a desarrollar su genio, dispuesta a ocupar la sombra. Suena a amor perfecto para un artista. Ni entre niños y niñas se dan amistades tan libres de atracción como la que la historia propone.

No consta que jamás se le declarase. Ella estaba casada. Él se tendría en demasiada alta estima como para rebajarse a confesar intimidades y ni mentar que se planteara transgredir el sagrado sacramento del matrimonio. Creo que, a la fuerza y en su mente, él debió asumir que ella compartía su fantasía, que él era para ella el uno, el exclusivo, el todo y cuando se dio cuenta de que no era así, explotó.

Manuel de Falla no llegó ni a echar la caña, que se sepa. Era un hombre religioso, como suele decirse para los hombres que resultan un desastre en las relaciones con las mujeres. Se acercaron al amor por la vía contemplativa. Pero las memorias de María Lejárraga tienen sus cosas.