Exposición ´Vindran les dones´en el Museo de Historia de Barcelona

Exposición ´Vindran les dones´en el Museo de Historia de Barcelona Pep Herrero

Ideas

Todos somos mujeres

´Vindran les dones´, 150 años de lucha en las calles de Barcelona, en el Museo de Historia del 3 de junio al 13 de septiembre, una visita obligada para quienes aman y odian la ciudad

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Si algo define a la globalización es la demolición de muros. Desdibujada la delimitación de los espacios, abolido el dentro y el afuera, fundidas las ideas liberales de público y privado con que la revolución industrial perfiló las identidades de género de la sociedad burguesa (las mujeres, los ángeles del hogar en el interior de la casa, cocina, salón, dormitorio; para los hombres, los despachos, los clubs, las calles, los bares, las universidades), el espacio se ha reinventado abierto a la especulación.

Hasta las fronteras, que delimitaban lo nacional y lo extranjero; lo local y lo forastero, construyendo identidades nacionales a base de ser lo que el otro no era, jerarquizándose en el gran esquema del neoimperialismo capitalista —que amasó fortunas a costa de robar en espacios de fuera—, se han convertido hoy en otro terreno más donde jugársela.

Más cedazo que otra cosa. Libre circulación de mercaderías, de riquezas, que si vienen acompañadas de una persona pues, pase; pero pobre de quien no se sostenga más que con su fuerza de trabajo. La libertad se cifra en los niveles de producción.

El drama de la desposesión

Hoy la ciudadanía es un producto que se fabrica en un espacio llamado ciudad. En la era de la producción inmaterial, de la disolución de los espacios que nos definían, la oposición entre vecinos y turistas se encuentra en proceso de liquidación. La turistificación, la transformación de la ciudad en resort turístico, ha hecho que nos convirtamos en habitantes provisionales de habitaciones o pisos que, con suerte, se parecerán lo más posible a un hotel. Todos vamos a ser turistas.

Imagen en la exposición 'Vindran les dones'

Imagen en la exposición 'Vindran les dones'

Las cosas parece que han cambiado, pero lo cierto es que, con el neoliberalismo, el drama de la desposesión ha ampliado su radio. Nada es nuestro, todo es uso y disfrute provisional. Domesticados para figurar y producir escenario, hacer bonito en el escaparate sin cristal que nos enmarca en una ciudad que ya no es la nuestra. Convertidos en productos virtuales de un modo de vida expuesto en un bonito anuncio de publicidad, hemos perdido el derecho a una habitación propia.

Ese deje romántico de que las ciudades son como la tierra, para quienes las trabajan, ha terminado de la misma forma. Llegaron las empresas, la privatización decidió explotarla en su beneficio y contrató a los que había como trabajadores, eso sí, sin cobrar un céntimo. Bastante con que nos permitan gastar. Eso lo sabe cualquiera que haya intentado sentarse en una terraza de la céntrica Eixample a por un café o una cerveza. Si no comes tres platos —aunque sean las seis de la tarde— no te sientas.

Vindran les dones

Cartel de la exposición ´Vindran les dones´en el Museo de Historia de Barcelona

Cartel de la exposición ´Vindran les dones´en el Museo de Historia de Barcelona Museo de Historia de Barcelona

La exposición Vindran les dones es el resultado de una reflexión sobre cómo los espacios de una ciudad se han construido a fuerza de oponer a la represión, la transgresión. Y fueron las mujeres las que empezaron, ocupando las calles que, en principio, no eran la esfera que el sistema les asignaba.

Acaba abordando el problema de la vivienda, ya que parece que tampoco es ahora el lugar que nos toca porque la vivienda es lo que nos define como vecindad. Y como respuesta, la exposición parece que quiere volver a llevarnos al principio.

A la conquista de una ciudad que marginalizaba a sus ciudadanas de los espacios llamados públicos, sin derecho a la educación, a la formación, a ganarse la vida con dignidad, que hizo de ellas identidades errantes que dormían donde podían, cosa que nos retrotrae o nos anuncia (según se mire) a la historia de Eva Baltasar con su Ocaso y fascinación (Random, 2024).

Aquellas mujeres —que no tenían nada de ángeles— se ganaban la vida cuidando animales (caballos, cerdos, vacas), limpiando mierda, sin derechos laborales, ni horarios fijos, ni sueldos mínimos garantizados que se aceptaban, a finales del siglo XIX, con resignación cristiana y agradecimiento con humildad al explotador de turno. Vinieron entonces las librepensadoras, cuyo frente abierto fue el derecho a la educación de las mujeres, y la manifestación por la libertad de conciencia. Una educación libre de dogmas religiosos cuyo mayor hito fue abrir la universidad española a las mujeres con el rostro de Helena Maseras, Dolors Aleu y Martina Castells.

Sin embargo, estas tres mujeres no salen. Lo que solo muestra la cantidad de historia que aún queda bajo las piedras de esta ciudad a la espera de que alguna fundación se dedique en exclusiva a investigar, recopilar, inventariar, crear archivo, trabajos y exposiciones sobre el feminismo en todas sus expresiones. No será por falta de material.

No las vemos porque el sentido de esta exposición no es el tiempo, es el espacio. El primer capítulo de la exposición, según me cuenta Anna Maria Iglesia, comisaria de la exposición, es mostrar cómo el discurso de las librepensadoras se trenzó con el sueño de las mujeres que aspiraban a trabajar en la fábrica, a ser proletarias. Ellas producían el textil. Allí recibían un sueldo, tenían un horario y derechos o, al menos, el derecho a luchar por ellos. Ellas darían cuerpo al anarquismo y, tal vez, de ahí saltemos hasta Cristina Morales que escribe desde el otro lado del siglo, con su Lectura fácil. Ni amo, ni dios, ni marido ni partido ni de fútbol (Anagrama, 2018).

Diré que pasamos por los felices veinte y su culto al cuerpo, al deporte y a la moda, tiempo de clubes y despachos. Luego, atravesaremos la guerra y su infancia bombardeada, momento para las alianzas que naufragaron contra la muerte, la cárcel y el exilio. Pero respiraremos de nuevo aires de libertad entrando los setenta.

Una exposición con estructura de libro

Las correspondencias se suceden separadas diametralmente por el espacio de una cronología. Un tiempo trazado como los viejos callejones del Raval, por aquello de dar una vuelta. No puedo describirlas todas ni creo que deba. Por un lado, porque cada persona debe descubrirlas por sí misma. Por el otro, porque no es que la exposición daría para un libro, es que ya es un libro.

Sus salas son capítulos por los que podemos transitar como peatones de la literatura entre una polifonía de voces escritas y escuchadas, como flâneuses que atendemos a las imágenes que saltan desde el realismo de las pantallas como escaparates, a las luces y sombras de las fotografías que nos hacen girar la cabeza como reclamos publicitarios, o las que se evocan por las esquinas en las obras de arte como una atmósfera.

Esta exposición viene del mundo del libro. Arranca en la última Feria del Libro de Guadalajara (México) en la que Barcelona fue ciudad invitada, bajo la responsabilidad de Anna Guitart. Ella hizo la propuesta de esta exposición que se mostró en el Museo Cabañas de la ciudad mexicana. Si Barcelona siempre se ha identificado con un rostro de mujer, sus embajadoras tenían que ser ellas, las que labraron los espacios de Barcelona.

Todo era volver y Anna Maria Iglesia, Ingrid Guardiola y Mita Casacuberta recogieron el testigo para comisariarla en la Ciudad Condal, con la tarea de adaptarla a la historia de su público. A las fotos de Colita y de Pilar Aymerich se añadieron las de Margaret Michaelis-Sachs, Rosa Szücs o Montserrat Caturla (hay más). Y no podía faltar el retrato de Josepa Massanés ejecutado por la pintora Lluïsa Vidal, que tampoco se vio en Guadalajara.

Pero se han mantenido las obras de artistas como Eulàlia Grau, Mireia Sallarés, Marga Ximénez o Isabel Banal Xifré. Y no faltan las historiadoras de cabecera (Isabel Segura, Dolors Marín, Conxa Llinàs, Mary Nash, Nora Catelli, Neus Real o Meri Torras) para entender lo que Barcelona significa más allá del turisteo. Y las escritoras. Tu favorita seguro que no falta.

Tomar las calles

Al final de la visita nos arrellanamos en el sofá frente a unos televisores en los que podemos escuchar a las escritoras reflexionando, en general, sobre las nuevas formas de transgresión que opongan la fuerza constructora necesaria frente a la represión neoliberal que, como entonces, nos priva de nuestros espacios y nos encierra en los que le conviene, clasificándonos, marginando.

Cartel en la exposición 'Vindran les dones'

Cartel en la exposición 'Vindran les dones'

El sofá, me explica Anna M. Iglesia, representa el lugar desde donde lanzamos los tuits o lo que sea como forma de protesta. Eso sí, me señala, no sustituye la calle. Hay que seguir saliendo. A las mismas calles que ellas ocuparon hace ya siglo y medio.

Imagen en la exposición

Imagen en la exposición

No queremos ser turistas en una cultura que olvida nuestros derechos, ni ciudadanos florero, ni dedicarnos a limpiar la mierda del sistema de consumo neoliberal que nos explota y nos expulsa. Reclamar la libertad de conciencia es hoy exigir la libertad a tener un espacio propio, una habitación propia. Todos somos mujeres. Es un buen comienzo.