El arqueólogo Alfredo González Ruibal

El arqueólogo Alfredo González Ruibal

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Alfredo González Ruibal: "Nunca es lo mismo que te cuenten la violencia franquista que ver el esqueleto de un asesinado"

El arqueólogo, autor de 'País en ruinas', señala que la Guerra Civil fue en gran medida un conflicto de clases, y pide que no se banalicen en las redes sociales los regímenes autoritarios: "Incluso la gente marginada en una democracia vive mejor en muchos sentidos que la gente corriente en una dictadura"

También: Gutmaro Gómez: "Los franquistas en 1939 a la sociedad civil no la aplastan: la dividen, la envuelven y la rinden”

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Es difícil encarar el propio pasado familiar. Aceptar situaciones incómodas. Pero el profesional que se propone rescatar los hechos, interpretarlos y siempre en el marco del contexto histórico, debe hacerlo. Lo sabe bien Alfredo González Ruibal, arqueólogo en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC. Ha excavado las ruinas de la Guerra Civil y del franquismo y ha escrito sobre ello. Ha publicado libros como Tierra arrasada, Un viaje por la violencia del Paleolítico al siglo XXI (2023, Crítica), que recibió el Premio Nacional de Ensayo. Y ahora acaba de publicar País en ruinas, historias encerradas de la España franquista (1939-1975), también en Crítica.

Con lo que encuentra en esas excavaciones se explica, en gran medida, la naturaleza del conflicto bélico y de la posterior evolución de España. En esta entrevista con Letra Global constata la importancia de “tocar los objetos”, de conocer, muchos años después, qué había en las trincheras, en las vanguardias de los dos ejércitos enfrentados y con qué recuerdos se despedían los que iban a ser fusilados. Por eso, sostiene González Ruibal: "Nunca es lo mismo que te cuenten la violencia franquista que ver el esqueleto de un asesinado".

Utilizando como fuentes primarias los restos materiales, la basura y las ruinas, se puede explicar un país. A través de los objetos desenterrados, el autor confronta los mitos construidos por el franquismo y las narrativas simplistas actuales, ofreciendo una radiografía cruda y empírica de la realidad social de la época.

Frente a los ochenta años de producción bibliográfica sobre la Guerra Civil, González Ruibal destaca que la arqueología genera una incomodidad social particular porque traslada la discusión académica directamente al espacio público y tangible.

"La arqueología aquí tiene un papel un poco ambivalente porque es una disciplina académica, es una ciencia, pero al mismo tiempo es un trabajo muy público. Trabajamos de forma muy estrecha con la comunidad, trabajamos muy a la vista y nuestro trabajo es más fácil que se asemeje en muchos sentidos a la memoria de la gente. ¿Por qué a nosotros los arqueólogos nos dicen que abrimos heridas y los historiadores llevan 80 años hablando de la guerra civil sin que pase nada? Yo creo que es por eso, por esa dimensión más pública de la arqueología, más memorial y, por otro lado, también porque trabajamos con cosas que se pueden tocar. Realmente abrimos el pasado literalmente, lo desenterramos literalmente", asegura el arqueólogo.

Alfredo González Ruibal, autor de 'Un país en ruinas'

Alfredo González Ruibal, autor de 'Un país en ruinas'

Este impacto de la materia rompe cualquier distanciamiento teórico o ideológico con el que se intente edulcorar el conflicto: "Al final nunca es lo mismo que te cuenten una cosa que verla con tus propios ojos. No es lo mismo que te cuente la violencia franquista a través de la documentación o incluso de los testimonios, que ver el esqueleto de una persona asesinada".

El arqueólogo profesional, como se apuntaba, se enfrenta a su propio pasado familiar. González Ruibal relata cómo descubrió, tras el fallecimiento de sus abuelos, que la casa familiar que se había adquirido guardaba relación directa con los beneficios obtenidos del trabajo esclavo de los presos republicanos.

"El descubrimiento del pasado, cuando no coincide con la imagen que tenemos de él, pues es doloroso porque te obliga a reimaginar, volver a recordar tu infancia o tu adolescencia de otra manera. Y eso es complicado y a nadie le gusta. Yo entiendo que a la gente le cueste aceptar el relato de los historiadores o de los arqueólogos, porque a mí tampoco me resulta cómodo, evidentemente, enfrentarme a mi memoria familiar, pero aun así creo que hay que hacerlo, que es parte de nuestra responsabilidad como ciudadanos", insiste González Ruibal.

¿En qué incide el autor de País en ruinas? En su investigación señala que había muchos soldados convencidos de su lucha, en uno y otro lado. Si bien existió reclutamiento forzoso, las excavaciones en escenarios clave como el Hospital Clínico de Madrid o el asilo de Santa Cristina revelan un alto grado de politización y motivación ideológica, especialmente en el bando sublevado.

"Es cierto, evidentemente, que hay ejércitos de levas donde los reclutas están porque tienen que estar, no porque tengan ningún convencimiento, pero también es cierto que hay un porcentaje muy grande de los combatientes que tienen una ideología muy fuerte y que están muy convencidos de lo que están haciendo. En el caso del bando sublevado, por ejemplo, los legionarios siempre fueron un cuerpo muy reaccionario, muy a favor del golpe, y eso se ve materialmente en muchos frentes. Se ven los grafitis con los símbolos de la Falange, con los 'Viva Franco' y, en el caso del asilo de Santa Cristina en concreto, por las insignias que nos salieron".

El libro de Alfredo González Ruibal, 'País en ruinas'

El libro de Alfredo González Ruibal, 'País en ruinas'

El hallazgo de estos elementos permite diferenciar la indumentaria estrictamente reglamentaria de la ornamentación voluntaria que elegían los combatientes. El equipo de arqueólogos localizó insignias de partido (Falange) adheridas a los uniformes e incluso una esvástica de fabricación casera.

¿Cómo era esa esvástica? "Es una esvástica hecha de forma artesanal. Es algo que hizo un legionario, seguramente, en sus ratos libres. Al final la guerra es fundamentalmente aburrimiento, esto es lo que se llama 'arte de trinchera', son esas manualidades que uno hace mientras no está disparando, y en este caso el soldado lo que decidió fue recortar una esvástica. Algo, por otro lado, que tampoco debería sorprendernos porque las esvásticas estaban muy presentes, evidentemente, en el bando sublevado: eran las insignias que llevaban los aviones del ejército alemán que apoyaban a los franquistas, era el sello que aparecía en muchas de las cajas de munición en los suministros que recibían de Alemania y, más allá de eso, claramente había una identificación también ideológica con la Alemania nazi", precisa González Ruibal.

A partir de su experiencia internacional en la exhumación de fosas de la Segunda Guerra Mundial, González Ruibal señala una diferencia fundamental entre la metodología represiva del Tercer Reich en Europa oriental y la aplicada por el franquismo en España. Mientras los nazis buscaban la clandestinidad y la posterior destrucción de la evidencia física de sus crímenes, la dictadura española operó desde la exhibición pública y la certeza de la impunidad perpetua.

¿Por qué se permiten fosas abiertas? “Esas fosas abiertas multicapa, donde se van depositando capas y capas de gente asesinada. Esa impunidad absoluta es algo único en el caso de la Europa de ese periodo, en los años 30 y 40. Yo he excavado fosas nazis en Polonia y esas fosas las excavan en mitad del bosque, en sitios alejados de las poblaciones para que no se sepa lo que están haciendo. Después lo tapan, eliminan las huellas en la superficie y en el año 44 y 45 vuelven a esas fosas y las destruyen, queman los cadáveres, eliminan todas las pruebas. En España eso no sucede, por eso nos encontramos las fosas de la Guerra Civil y la dictadura muchas veces intactas, con todos los restos ahí, porque no hubo ningún intento de ocultamiento. Era la absoluta certeza de que habían ganado y que lo que estaban haciendo estaba bien".

¿Con qué objetivo? El arqueólogo señala que se pretendía ejercer el terror, para eliminar cualquier posible disidencia. “También tenían esa función de servir de advertencia. Todo el mundo sabía dónde estaban las fosas comunes. Y era pues una amenaza para cualquiera que se le ocurriera volver a resistir al régimen".

El arqueólogo Alfredo González Ruibal, autor de 'Un país en ruinas'

El arqueólogo Alfredo González Ruibal, autor de 'Un país en ruinas'

La arqueología también ayuda a romper las lecturas maniqueas heredadas de la propaganda oficial. Un ejemplo es el hallazgo de objetos de carácter religioso asociados a maestros o combatientes del bando republicano, lo que demuestra que la fe católica no era patrimonio exclusivo de los sublevados.

"En la España de los años 30 o 40 todavía había un porcentaje muy grande de población religiosa que incluía personas de izquierdas, incluso de las posiciones de ultraizquierda, de comunistas o anarquistas. Incluso en esos casos se encuentra gente que era profundamente creyente. Y esto es una historia que no ha sido bien contada. Parte de ese maniqueísmo de la narrativa franquista ha llegado hasta nuestros días: de 'los republicanos mataban curas y mataban a gente por el hecho de ser católica y los franquistas los protegían'. Pues bueno, la realidad es más compleja que eso".

Como han mostrado diferentes estudios recientes, el hambre se utilizó como arma política. ¿En qué medida se puede comprobar a partir de la arqueología?

“Los franquistas llevaban ya meses negociando con parte de los republicanos la rendición, sabían que iba a ser cuestión de que sucediera de un momento a otro y, sin embargo, no planean alimentar a ese millón de soldados que van a caer en sus manos. Y les da igual: saben que muchos morirán de hambre, de enfermedades, y no hacen nada por evitarlo. El hambre se utiliza en los campos de concentración como una forma de deshumanizar, porque el hambre nos convierte en bestias, nos brutaliza, y eso es algo que han utilizado regímenes políticos de lo más variado, desde el estalinismo a los nazis pasando por el franquismo", clama González Ruibal.

Paradójicamente, las tropas republicanas se habían alimentado en los últimos meses del conflicto en parte gracias a conservas importadas de Argentina. Al caer los almacenes en manos de Franco, los prisioneros terminaron consumiendo en cautiverio los mismos suministros que estaban destinados a su subsistencia en el frente, explica el arqueólogo en su libro.

Frente a este proceso de degradación, los restos arqueológicos muestran la resistencia de los reclusos para conservar su identidad. Esto se evidencia en los grafitis donde grababan sus nombres y procedencias, y en la fabricación artesanal de cubiertos a partir de metales desechados: "Son los objetos que hacen los presos para poder alimentarse con dignidad dentro de esa miseria que les dan, por poder comerlo por lo menos como seres humanos con una taza o con una cuchara".

Esta misma precariedad extrema y reciclaje forzoso se constata en el estudio de los asentamientos de chabolas construidos en el Valle de los Caídos para albergar a las familias de los presos políticos que trabajaban en el monumento entre 1947 y principios de los años 50.

"Esta gente vive en chabolas minúsculas que tenían de cuatro a nueve metros cuadrados en unas condiciones durísimas, pasando frío en invierno, muy mal alimentados, y la mayor parte de objetos que tienen son elementos reciclados. Básicamente lo que hacen es ir a los vertederos de los barracones y de allí sacan latas que convierten pues en platos, en cucharas, en candiles, en cazos, en juguetes, en cualquier cosa. Esos son los utensilios de los que disponen".

La investigación material de las infraviviendas urbanas y de los basureros de la posguerra (como los analizados en Galicia, donde la ausencia de materia orgánica evidencia que todo residuo se reaprovechaba para el ganado) desmiente la narrativa oficial de que el régimen creó la clase media española gracias al desarrollismo de los años 60.

¿Cómo se puede apreciar esa afirmación? “Las chabolas que nosotros hemos excavado llegan hasta mediados de los años 70, de hecho coinciden justo con el final de la dictadura. La gente consigue realojarse en casas de Protección Oficial solo en el año 1975. Lo que quiere decir que muchos de ellos pasaron 20 años de su vida viviendo en chabolas, incluso en el periodo de mayor desarrollo económico de España. Evidentemente sí que hubo un crecimiento económico muy potente, pero lo que hace ese crecimiento en realidad es volver a la situación de los años 30: el nivel económico que se recupera a principios de los 60 fue el que se había perdido con la Guerra Civil y 20 años de autarquía", sostiene González Ruibal.

El autor enfatiza que este crecimiento dejó fuera a grandes capas de la población, obligando a dos millones de personas a emigrar al extranjero y manteniendo a millones en la miseria absoluta tanto en las periferias urbanas como en el campo. Asimismo, denuncia la contradicción ideológica del franquismo respecto al campesinado, al que ensalzaba retóricamente como la esencia moral de la nación mientras destruía sus bases económicas de subsistencia.

"El franquismo tenía una visión idealizada del mundo del campo porque los campesinos se veían como gente conservadora que mantenía los valores tradicionales: la religión, el criterio de autoridad. Y al mismo tiempo se les está machacando continuamente, se destruyen sus posibilidades de vida. Construyen estos poblados de colonización, que eran un fenómeno realmente de control de estas poblaciones campesinas que suponen también para muchos de ellos un desarraigo, un sufrimiento, a muchos los desplazan lejos de sus aldeas tradicionales. Creo que el drama del campesinado español está todavía por contar en detalle. Así como sabemos mucho de las víctimas políticas o del sufrimiento de la clase obrera, creo que la clase campesina está poco estudiada todavía”.

¿Y qué se puede conocer de la personalidad de Franco a partir de lo que se encuentra en el Pazo de Meirás? El estudio arqueológico de los bienes acumulados por Francisco Franco y Carmen Polo en el Pazo de Meirás desvela, según González Ruibal, las verdaderas aspiraciones y carencias culturales de la pareja, funcionando como una suerte de análisis psicológico a través de sus posesiones.

"Lo más evidente son las aspiraciones que tenían los dos, las aspiraciones regias, aristocráticas. Lo que nos permite el investigar la materialidad del Pazo de Meirás es un poco psicoanalizar a Franco: es ir más allá de lo que él contaba, de lo que contaba la gente de su entorno, y ver la práctica real de qué es lo que hacía él realmente en su vida. Y lo que se ve es una falta en realidad de conocimiento, de saber hacer. Es lo típico de un nuevo rico, de gente advenediza que ha conseguido llegar a una posición social para la cual ellos no tienen la preparación, esas destrezas que vienen con la cuna, que las mamas desde pequeñito. Y entonces lo que hacen es incurrir continuamente en errores de gusto, que se ve desde la decoración, la cantidad de objetos que acumulan, que es contraria al buen gusto. Es más el 'kitsch' de nuevo rico que el gusto de una familia aristocrática tradicional. Se ve ese contraste y, en última instancia, los complejos de Franco de querer ser lo que no era".

Hay más elementos curiosos o no tanto, al calor de lo que supuso el conflicto bélico. Y es que el registro arqueológico también saca a la luz el impacto comercial y la diversificación empresarial de las grandes fortunas que financiaron y apoyaron el golpe de Estado. Marcas de licores y vinos de Jerez como Domecq o González Byass saturan los yacimientos de la época, desde las líneas de trincheras hasta los vertederos civiles e incluso las colonias de Guinea Ecuatorial.

"Los Domecq y los González Byass eran acérrimos defensores de Franco. Lo eran, evidentemente, tiene su lógica por una cuestión de clase: grandes terratenientes, gente con grandes fortunas, pero ellos se involucran muy directamente en la Guerra Civil a favor de Franco y eso les produce réditos económicos evidentes. Materialmente se ve muy bien cómo después de la Guerra Civil, o a partir de la Guerra Civil, los productos de Domecq y González Byass lo invaden todo, aparecen por todas partes un poco como si fuera la Coca-Cola. La proyección que les da su participación en el régimen los proyecta a una dimensión completamente desconocida".

Este fenómeno de enriquecimiento y expansión corporativa gracias al suministro militar se repitió en el sector de las conservas gallegas, donde pequeñas empresas familiares diversificaron sus ganancias hacia la minería, la siderurgia y el sector inmobiliario.

¿Qué se dirimía en el conflicto? ¿Fue la Guerra Civil, en gran medida una enorme división de clase? González Ruibal sostiene que la naturaleza socioeconómica del conflicto “es evidente”.

La comparación entre las fosas del bando republicano abiertas en la inmediata posguerra y las fosas del bando sublevado exhumadas en los últimos veinte años ofrece un reflejo directo del estatus de las víctimas. “En un lado encuentras alpargatas y abarcas con suela de caucho, instrumentos de trabajo, como lápices de carpintero o insignias gremiales, de ferroviarios o de obreros. En el otro lado, encuentras elementos religiosos en sacerdotes, plumas estilográficas o prótesis dentales”.

¿Con ese trabajo, qué se debería tener muy presente? González Ruibal entra de lleno en la propaganda que se encuentra en redes sociales como TikTok dirigida a los más jóvenes a favor de regímenes autoritarios, o a favor, directamente, del franquismo.

"Lo que habría que decirles a los más jóvenes es que con toda certeza ellos no habrían querido vivir en la época franquista. Incluso si hubieran estado en el lugar de los privilegiados, hubieran tenido toda una serie de restricciones a su libertad, a sus libertades individuales que ahora no tienen. O sea, que no son conscientes de la enorme suerte que tienen de vivir en una democracia, independientemente de quién esté al mando en cada momento. Simplemente el hecho de vivir en una democracia es infinitamente superior a una dictadura, incluso la gente marginada en una democracia vive mejor en muchos sentidos que la gente corriente en una dictadura. Esa es la clave".

¿Y cómo pueden recuperar las distintas disciplinas del conocimiento una cierta autoridad en un momento donde se recela de todo, donde impera la llamada postverdad?

"Es necesario recuperar la autoridad científica, la autoridad epistémica. Creo que no es lo mismo alguien que ha visto tres vídeos de TikTok que los que llevamos 20 años investigando fuentes primarias. Y creo que esa autoridad basada en el conocimiento —no una autoridad de tener un título, sino autoridad basada en un conocimiento experto— deberíamos recuperarla, no solo en la historia, sino en todos los ámbitos, me da igual que sean los científicos naturales, los zapateros o los médicos. Hay una crisis de autoridad que es catastrófica en estos momentos, de autoridad epistémica, de autoridad del conocimiento experto”.