Imagen de la cubierta de 'Armas bajo el altar'

Imagen de la cubierta de 'Armas bajo el altar' RENACIMIENTO

Ideas

Curas trabucaires y clérigos homicidas: la otra crónica negra de la España del XIX

Salvador Daza y María Regla Prieto rescatan de los archivos y las hemerotecas medio centenar de episodios históricos en los que los religiosos asesinan, violan e incumplen los preceptos de su fe

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Si de algo me arrepiento es de no haber podido impulsar, por ahora, una segunda edición revisada y, sobre todo, ampliada, de El anticlericalismo, ¿una singularidad de la cultura española?, mi segundo libro de historia, que me publicó Cátedra en 2013. Por otros vericuetos he ido continuando con esa investigación quizá centrándola en el estudio de autores concretos (Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Ortega y Gasset, Gonzalo Puente Ojea), pero si volviera a esa obra para incorporar aprendizajes nuevos, ahora mismo calculo que tendría casi el doble de lo que me ocupó esa primera aproximación. Cuando tomé el tema, el marco teórico más factible para explicar las violencias de 1834, 1909 y 1936 eran los libros de Julio Caro Baroja y los del antropólogo Manuel Delgado. Han ido saliendo más publicaciones sobre secularización o sobre la masacre de sacerdotes de verano de 1936, porque el tema no es de los más explotados por los investigadores, pero sí va avanzando a velocidad sostenida. 

Un día circulaba yo por la librería Finestres de Barcelona y me topé con un volumen nuevo que se me hizo irresistible desde el primer momento: Armas bajo el altar. Clérigos homicidas en España (1870-1927), publicado por Salvador Daza y María Regla Prieto. Lo que se narra aquí sería difícilmente verosímil en una novela fantasiosa o del Far West: “El 21 de julio de 1904, el acaudalado propietario Francisco Bernard Marco salió a dar un paseo a poco más de las seis de la mañana para supervisar sus fincas en Pastriz, Zaragoza. Cuando ya venía de regreso, sobre las ocho de la mañana, le salió al encuentro detrás de unos rastrojos de la finca Araclanes el cura del pueblo, Lorenzo Ortiz.

Sin conocerse los detalles de este encuentro, y sin testigos cercanos, el resultado fue que el presbítero le disparó a quemarropa cinco tiros de su revólver orbea, sistema Smith, calibre 12, causándole una herida en la palma de la mano derecha, dos en el pecho y otras dos en la cabeza, de las que murió en el acto. El cura venía de decir su misa matutina. Lorenzo dejó el cuerpo acribillado tirado y se marchó de regreso al pueblo, consumándose uno de los crímenes más repugnantes que registra la crónica negra, por sus circunstancias de premeditación, alevosía y ensañamiento. El cura entró en su casa, se tomó un chocolate y guardó el revólver una vez limpio en el cajón de la mesa”.  Estas son cosas que se leían en las crónicas de Billy The Kid… 

Con sorpresa descubrimos que los curas homicidas y trabucaires de las novelas de Baroja y Valle-Inclán eran auténticos ángeles y caballeros comparados con los reales. También Galdós escribió profusamente sobre estos sucesos espeluznantes, propios de países sin ningún tipo de civilización y basados en mentiras civiles. ¡Pero qué no podía pasar en un país cuyos sospechosos de asesinato, como se nos narra en El crimen de la calle de Fuencarral, salen libremente de la cárcel para asistir a una corrida de toros!

22 de septiembre de 1894, el cura Juan Hernández Agero se acerca al juez municipal de Fuentes de Béjar y le dispara con un revólver. El homicida es detenido y trasladado a un hospital esperando juicio, pero allí se suicida descerrajándose un tiro en la cabeza con una pistola que nadie entiende cómo ha podido llegar a sus manos. En 1886, el canónigo Pedro Abril, a quien nunca se impidió administrar sacramentos, andaba amenazando de muerte a su propio obispo, en Menorca, tras un turbulento pasado de matanzas y torturas durante la Tercera Guerra Carlista. 18 de abril de 1886: el cura Galeote se acerca al obispo de Madrid, Narciso Martínez Izquierdo, y le dispara tres veces con un revólver a las puertas de la Catedral provisional de San Isidro. La capital quedó totalmente consternada.

El Tribunal Supremo, como solía hacer con los asesinos que eran clérigos, declaró loco a Galeote y este fue encerrado en el manicomio de Leganés. De allí escapó unos años después y lo primero que hizo fue irse a comer unos churros con unos compinches en una buñolería de la calle de Toledo, cerca de donde había apretado el gatillo. Fue detenido de nuevo mientras trataba de comprar un billete de tren hacia Cartagena, desde donde pretendía pasar a Orán. En 1911, fue hallado en una residencia abacial el esqueleto de un niño emparedado… Los medio oficialistas dijeron que se trataba de restos de animalillos… 

Pero no son todos estos crímenes horrendos los peores. La violencia extrema contra mujeres, especialmente contra las criadas de los presbíteros, es lo que más repugna. En 1896, en Villarrobledo, el presbítero Pedro Antonio Bonillo asesinó a su tía; y era la segunda vez que atentaba contra la vida de alguien: unos años antes había sido absuelto del asesinato a sangre fría de su criada. 1 de abril de 1915: el cura Fernando Jurado ataca con una navaja de gran tamaño a Juana Fajardo, de 18 años para desfigurarle la cara, le clava la hoja también en el cuello, casi la asesina, en medio de la calle Sierpes. Su única culpa: negarse a tener sexo con él. El sacerdote, de cuarenta años, se había obsesionado con la chica.

1893: un cura guapo se instala en El Pino de Tormes; toma a María Dolores Corona García, de dieciséis años, como criada; la deja embarazada y se compromete a pasarle una mensualidad tras echarla de la casa, pero no se la abona; la chica y su hijo común se mueren de hambre; ella acude a su casa para pedir dinero, pero solo recibe una sarta de balazos de revólver desde una ventana. Al parecer, el sacerdote también se dedicaba a molestar a las mujeres del pueblo y un día abofeteó al maestro. Fue indultado inmediatamente por la Corona. 

'Armas bajo el altar'

'Armas bajo el altar' RENACIMIENTO

Hiela la sangre comprobar como todos estos rufianes burlan a la justicia y se van de rositas. 9 de abril de 1905: Pilar Ferrín, de veinte años, aparece en la calle con ambas muñecas fracturadas y la cabeza ensangrentada. Al parecer, el sacerdote de La Puebla de Híjar, de quien era ama, la violó y para defenderse de su salvajismo tuvo que saltar por la ventana. 4 de mayo de 1899, el sacerdote Agapito Soperana llega borracho a su piso, donde vive con Ana Basilique, y la emprende a palos con ella. Soperana saca un revólver y amenaza a su amante, que huye hacia la azotea. Los gritos alertan a las autoridades, y el sereno acude.

El sacerdote lo mata a balazos a través de la puerta. Juana Olmo, violada reiteradamente por el coadjutor Tomás Fernández, en 1896: un presbítero, su tía y su madre deciden asesinar a su bebé. 19 de agosto de 1908, el seminarista Víctor Crespo la emprende a tiros contra toda su familia porque estaba enamorado y no le dejaban casarse. Resultado: sus dos hermanas degolladas salvajemente en la cama… Podríamos estar así horas… Presbíteros que violan, curas que disparan contra niños, infanticidios, celos homicidas… Por no hablar de los cadáveres de bebés estrangulados hijos de curas de pueblo que iban apareciendo...

Obviamente, esta violencia bestial no se puede explicar sin el guerracivilismo propio del siglo XIX y heredado de sus conflictos sangrantes. Estos curas homicidas consideraban el Estado una amenaza, y la parte sana de la Judicatura había de pelear con jurados clientelares o corruptos, o magistrados ultras. La fe y los valores espirituales no aparecían por ningún lado; es más: eran los librepensadores los que invocaban los valores cristianos. El ambiente de estas aldeas amordazadas y aterrorizadas debía de ser sofocante. Se montan motines, se intenta linchar a los criminales por sistema. En algunas ocasiones, los asesinatos eran precisamente producto de rigideces caciquiles, competencia entre mentalidades arcaizantes.

El libro de Daza y Regla es una auténtica mina de datos. Quizás podría haberse mejorado el original obviando descripciones demasiado largas de ajusticiamientos y cadalsos, y añadiendo interpretación a todo este mundo de brutalidad grotesca que deja atónito al lector. Los autores toman partido desde el principio y añaden algunas notas anticlericales a sus análisis (la obra da comienzo sintomáticamente con una cita rotunda de Gonzalo Puente Ojea). Quizás hubiera sido mucho mejor escribir un libro totalmente sobre anticlericalismo antes que un libro anticlerical, porque los terribles hechos probados que contiene ya hablarían por sí solo. De la misma forma que he defendido algunas veces la superioridad del Puente Ojea teórico y científico sobre el Puente Ojea ideológico. Pero es disculpable, en el fondo. Lo que les ha tocado narrar es espantoso y pone los pelos de punta. 

Estoy completamente de acuerdo con la idea que los autores desarrollan en el breve epílogo de su nuevo libro: toda esta violencia ejercida por frailes y presbíteros que enarbolaban revólveres y escopetas, que disparaban contra obispos, jueces, niños y contra maestros y mujeres, sin pagar por sus crímenes, no podía dejar de afectar a la memoria colectiva del país. Tienen razón Daza y Regla; gracias a su estudio podemos demostrarlo ya: las masacres anticlericales de 1834, 1909 y 1936 no son setas aisladas e inexplicables. Las interpretábamos a través de un esquema teórico plausible, pero gracias a su labor inmensa de archivo judicial y hemeroteca ahora las ideas se ven confrontadas por las “ecuaciones”. La materia oscura ha aflorado.

Todo encaja mucho mejor cuando entendemos que el fraile trabucaire de las guerras civiles del siglo XIX continuaba vivo y realizando fechorías durante la segunda mitad del siglo y hasta los tiempos de Primo de Rivera bajo la forma del cura pistolero. La red de protección mutua que existía para estos asesinos desaforados alimentó la prensa republicana y las revanchas sangrientas de los momentos revolucionarios. El pueblo tuvo que aprender a precaverse ante los excesos de cierto clero armado que odiaba la cultura y el liberalismo. Algo que sospechábamos que estaba allí, explicando lo inexplicable, lo podemos conocer a través de la memoria de estos cincuenta crímenes espantosos que estos dos historiadores han rescatado. 

Lo que nos queda por dilucidar son preguntas: ¿Cómo es posible que tantos párrocos españoles fueran a dar misa armados con revólveres? ¿Explican las guerras y conflictos de 1808, 1823, 1833, 1846 y 1872 la tendencia de tanto clero a alborotar tabernas, plazas y campos con actitudes chulescas y violentas? ¿Se trata de otra deficiencia de un Estado liberal que no terminaba nunca de imponerse y consolidarse como opción civilizada? ¿Por qué no reaccionaba el clero decente, que lo había?

Recordemos que fue precisamente el primer obispo de Madrid una de las víctimas baleadas sin piedad por uno de estos curas obsesionados con la honra y otras ideas bárbaras y arcaicas… ¿El fenómeno es exclusivo de España? ¿Hubo frailes trabucaires o clero aguerrido en Francia o Alemania? ¿Cómo eran los fanáticos en las guerras de religión y las revoluciones liberales? ¿Abundaban también los violadores allí? ¿Hubo curas Santa Cruz u otros sádicos en los Balcanes o Grecia o Italia o Inglaterra? ¿También allí hubo alguna vez batallones de clérigos o frailes torturadores, además de exaltados comecuras? Cómo saberlo, cómo comprobarlo. ¿Realmente muchos de estos problemas los arregló el final del celibato en los países protestantes, como proclamaban los republicanos y librepensadores? Faltan comparativas, buceos, más trabajo ejemplar y más paciencia como los de Daza y Regla para continuar avanzando en el tema. Falta mucho por hacer aún. 

Y la pregunta más inquietante: ¿Qué hubiera pasado con todos estos cadáveres sin nombre, emparedados o semienterrados en cuevas y establos, o abandonados en el monte, si no hubiera existido prensa republicana interesada en estos casos, y nadie les hubiera dedicado un mínimo de atención? Todas las ironías del furioso José Nakens, todas las listas de crímenes oscuros cobran un sentido nuevo. No sabríamos absolutamente nada de toda esta violencia absurda, de todos estos cincuenta delitos soterrados y exhumados hoy con todo lujo de documentación, que quedaron mayoritariamente impunes.