El mundo de Conrad, por Farruqo

El mundo de Conrad, por Farruqo FARRUQO

Ideas

Taiwan, la isla disputada, azotada por el Tifón de Joseph Conrad

El equilibrio entre los bloques de un mundo que ha traicionado el derecho internacional no teme a las mangas marinas de los capitanes de Conrad, domina el mar desde el

También: Joseph Conrad: colección de mapas y bitácoras de navegación (biográfico)

Leer en Castellano
Publicada
Actualizada

“El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan, tenía una fisonomía que, al menos desde el punto de vista de la apariencia externa, era una réplica exacta de su carácter. No existía en él ninguna marca que hiciera evidente su firmeza ni su estupidez; lo cierto es que no había en él ni un solo rasgo pronunciado; su aspecto era corriente, impasible e inexpresivo”; así empieza Tifón (1902) de Joseph Conrad, la epopeya de un barco que atraviesa la peor tempestad en el Estrecho de Formosa, entre Taiwan y la costa de la China meridional.

Joseph Conrad en 1904

Joseph Conrad en 1904

Está a punto de desatarse la furia del mar, pero el capitán solo cavila sobre su bitácora; no parece interesarle nada más. Es la viva imagen del Xi Jinping, el presidente chino que, en la disputa de la isla de Taiwan, ha establecido una relación con Donald Trump en términos milenarios: “nosotros tenemos 3.500 años de historia y Estados Unidos solo tiene 250 años”. Washington, capital de la democracia y la mayor industria de guerra, “es un incidente en el camino”; Pekín, en cambio, contiene en la Ciudad Prohibida, el pasado y el futuro, su destino es mineral. Los microchips de Taiwan podrán fabricarse en Norteamérica, pero la isla “nos pertenece” (Jinping).

Lo más granado del poder tecnológico-financiero acompaña a Trump en Pekín -Jensen Huang (Nvidia), Elon Musk (Tesla y SpaceX), Tim Cook (Apple), Larry Fink (BlackRock), Stephen A. Schwarzman (Blackstone), David Solomon (Goldman Sachs), Jane Fraser, (Citigroup) o Kelly Ortberg (Boeing)- sin embargo, nadie dice ni mu en los entornos de la negociación entre potencias; esta vez, el General no amenaza; solo exhibe a sus águilas imperiales.

Las costas de Macao y Cantón contemplan el mar desde altos farallones y prados verdes junto a playas desiertas; sus faros son los guardianes de Conrad y Melville; relieves eternos de Julio Verne y robinsones solitarios de Robert Louis Stevenson. Los penúltimos chinos – los coolies como les llaman en el Nan-Shan, el barco de Tifón- levantan sus luces marítimas a imagen y semejanza de los que había construido el abuelo del escritor escocés en el Atlántico norte, según cuenta en Recuerdos de una familia de ingenieros, el mismo Stevenson, el conocido autor de La isla del Tesoro.

Frederick Marriat resumió a los capitanes de Conrad como hombres barrigudos, de piernas cortas que, por impostura, mantenían el andar balanceante de los marineros. En términos de autenticidad, a Marriat, -oficial en la campaña de Birmania, como comandante de la fragata Larne- solo le hace sombra, como narrador, James Fenimore Cooper, autor de El último mohicano o El corsario rojo.

¿Quién había detrás de Joseph Conrad?

El joven Konrad Korzeniowski, nacido en Polonia, se aferra a su vocación durante veinte años en la marina mercante francesa. Adquiere la nacionalidad británica, cambia su nombre por el de Joseph Conrad y decide dedicarse a la literatura. A partir de aquel momento, el océano deja de ser para él el espacio de horror abismal, marcado por el culto primigenio, descrito por Lovecraft. La romantización del mar apenas le incumbe. “Sus marineros no luchan contra fuerzas del destino. El horror de las tormentas deja de ser una alegoría indomable; el mar se ha convertido en un espejo de la insondable alma del ser humano”, escribe Alexander Pachmann en La biblioteca de los siete mares (Acantilado, 2026).

La fiebre aventurera de los primeros años del novecientos conduce al aburrimiento por repetición de olas enormes, férreos amarres y furias de sotavento. En un principio, dos de los mejores escritores de su tiempo, Conrad y Henry James, se distancian voluntariamente de las aventuras de alta mar por considerarlas literatura infantil y, sin embargo, vuelven a ella movidos por las almas de los personajes creados en sus novelas. El tiempo de la innovación y la ciencia aparca los anhelos del autor omnisciente. Con la revolución del vapor, los marineros de la vela Mayor y el timón son sustituidos por fogoneros y maquinistas.

Marlon Brando, en ‘Apocalypse Now’, el Kurtz de 'El corazón de las tinieblas' de Conrad

Marlon Brando, en ‘Apocalypse Now’, el Kurtz de 'El corazón de las tinieblas' de Conrad

Conrad canaliza sus narraciones en el deber y el honor de los oficiales británicos; desciende a los infiernos en El Corazón de las tinieblas (1899), el marino que denuncia las atrocidades cometidas por los imperios y ejecuta al caníbal Kurz, inmortalizado mucho después en el cine por la imagen de Marlon Brando.

Los huracanes marinos han dejado de tener alma. No son un castigo divino; su viento no está inquietantemente vivo como el de Percy Shelley en A visión of the Sea (1820). Las últimas vibraciones de la herencia romántica desaparecen de los relatos del mar. Algunos de los personajes de Conrad se repiten en varios libros, como Tom Lingard, el aventurero social del sudeste asiático en La locura de Almayer (1895), Un paria de las islas (1896) o en Salvamento (1920).

En la llamada Trilogía de Bangkok, el escritor incluye una de sus mejores aportaciones: La línea de sombra (1916), una narración abiertamente autobiográfica acerca de su primera singladura como capitán a bordo del Otago, un más allá de la moral convencional y de la intrepidez. Otras narraciones son también puramente biográficas, entre ellas Nostromo (1904), inspirada en un marinero que Conrad conoce en sus viajes al Caribe y que narra el nacimiento de Panamá, una parte de Colombia arrebatada al país latino en el Tratado Hay-Bunau-Varilla (1903), que asegura el control estadounidense sobre la Zona del Canal, el Comando Sur.

Conrad, oficial en el Asia meridional

La costa de China mantiene un hilo directo con la aventura. Jack London, aunque más famoso por sus historias en el Klondike y los Mares del Sur, tiene una conexión clara con el Mar de China, reflejada en sus experiencias de 1904, como corresponsal de la guerra ruso-japonesa. El mar embravecido de Tifón convierte a Conrad en oficial en el Archipiélago Malayo, la actual Indonesia, el periplo de Lord Jim (1900), una de sus mejores entregas. Navega como oficial al mando; fondea en el archipiélago malayo y realiza expediciones de cabotaje en los arrecifes de China.

El Asia meridional se convierte para él en un teatro de la imaginación donde florecen sus obsesiones: el deber, la soledad, la culpa y su expiación, en la niebla del seductor exotismo presente en todos sus relatos. En su periodo asiático prevalecen Bangkok y Singapur, sus dos urbes oceánicas.

La batalla frente a huracanes y maremotos de Conrad es un desafío a la destreza y la inteligencia del marinero. En Tifón, el citado capitán Mac Whirr no parece andar sobrado de talento al no evitar la borrasca junto a Taiwan, cambiando de rumbo. Aprieta los dientes y combate la tormenta con el gesto sosegado de quien espera, y busca, una muerte segura.

Con Jinping y Trump

El desastre sostiene el clímax de la historia y su barco de vapor solo logra sobrevivir a la batalla contra los elementos gracias a la suerte. Conrad diseña mentalmente su tormenta en el Mar de China pensando en el Wager, un velero del setecientos que naufraga en el Cabo de Hornos y al que Lord Byron dedica el segundo canto de su epopeya satírica Don Juan (1819), un clásico de la literatura marítima británica.

El Estrecho de Formosa, más que un brazo de mar, es hoy un canal, que ya atravesaron con facilidad los ejércitos de Mao Zedong para derrotar a la China nacionalista (Taiwan) de Chiang Kai-shek. La experiencia de la Revolución Cultural de 1966 pronostica ahora un paseo de Xi Jinping, si EEUU no interviene y cede a Pekín el control de la isla. La posición de Washington en el Asia-Pacífico es el abandono a cambio de manos libres en el Golfo de México, el Caribe de Venezuela y Cuba, la próxima conversión del Caimán en el resort de las nuevas Américas.

El equilibrio entre los bloques de un mundo que ha traicionado el derecho internacional no teme a las mangas marinas de los capitanes de Conrad; domina el mar desde el cielo.