El filósofo Edgar Morin

El filósofo Edgar Morin EDITORIAL PLANETA

Ideas

Edgar Morin: la filosofía en el Café de Flore

Ha transcurrido más de una centuria desde que Edgar Nahoum, de origen sefardí, naciera en París y más de ochenta años desde el momento en que el filósofo del “pensamiento complejo” se puso el alias de Morin para huir de la Gestapo, al enrolarse en la Resistencia

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Edgar Morin también fue noctámbulo; aprendió a tomar vino alsaciano y a rematar la noche con una sopa de cebolla en el Chien Qui Fume, el plato tradicional de los que acababan su recorrido en Les Halles de París, imitando a personajes de Zola o de los hermanos Goncourt.

Ha transcurrido más de una centuria desde que Edgar Nahoum, de origen sefardí, naciera en París y más de ochenta años desde el momento en que el filósofo del “pensamiento complejo” se puso el alias de Morin para huir de la Gestapo, al enrolarse en la Resistencia. A partir de aquel momento, el filósofo -fallecido el pasado viernes a los 104 años- firmó como Morin sus numerosos libros.

La adolescencia de un hombre que le hace llegar ayuda humanitaria a la columna Durruti, durante la Guerra Civil española, es casi extravagante. Este es Morin. En su corazón, lleva siempre a la izquierda.

Siente como una espina clavada en lo más hondo por la entrada de los nacionales en Barcelona, el anuncio de un futuro negro. A continuación, reconoce su tiempo y mantiene el ansia de libertad que reprimen a los bolcheviques de la entonces Unión Soviética. Abandona al Partido Comunista francés y sigue la estela de los comprometidos que desafían a Stalin; es un simpatizante desterritorializado del Komintern (La Internacional), denuncia los crímenes ilegales realizados por la KGB.

La biografía de Edgar Morin, por Emmanuel Lemieux, en la editorial Kairós

La biografía de Edgar Morin, por Emmanuel Lemieux, en la editorial Kairós

Recoge algunas de sus experiencias más jugosas en su libro de memorias Les souvenirs viennent à ma rencontre (Ed. Fayard; 2019), donde recuerda que, en Barcelona, desgraciadamente, no puede escuchar a Boris Vian en directo y en ningún restaurante le ofrecen el filete flambeado con Four Roses que le dan en La Closerie des Lilas.

Amar Barcelona

Resume su vida en dos direcciones: el conocimiento multidisciplinar y la esperanza capaz de evitar una catástrofe militar mundial. Lejos de pensar en un hombre engrandecido por la fama, el pensamiento en el tocador o en el discurso sensible de Wittgenstein, la palabra de Morin es la filosofía útil entre la calle y el Café de Flore.

Europa ha perdido a uno de sus mejores intelectuales, pocos meses después de la muerte de Jürgen Habermas, el último integrante de la Escuela de Frankfurt. Nadie puede renunciar al legado de Edgar Morin. Él ha sido testigo de dos siglos difíciles: el XX de las guerras y el XXI del desconcierto.

Una imagen de Edgar Morin

Una imagen de Edgar Morin EDITORIAL KAIRÓS

Morin amaba Barcelona: “villa del deporte, de la paz, ciudad abierta, feliz de su cultura catalana, de su cultura española y de las culturas latinas que se asientan en ella; ciudad que avanza hacia una asociación ibérica, europea y mediterránea”, según sus palabras en la concesión del premio Fundación Mediterránea.

Al tomar su último vuelo, puede pensarse que, mientras atraviesa el París de los tumultos y de la alta cultura, Morin no deja de contemplar los anaqueles de la librería L’Écume des Pages, pegada al Café de Flore, como recordó Joan de Sagarra en La Vanguardia.

El profesor y honoris causa en más de 30 universidades del mundo entero nunca abandona su afán. En su momento, en 1955, asume el anticolonialismo frente al general De Gaulle, el expresidente de la República Francesa desatado hasta masacrar sin éxito a la Argelia de Bumedian y Ben Bella. Comparte ideas con Jacques Lacan, Sartre o Marguerite Duras y establece una colaboración con Roland Barthes en investigación y revistas científicas.

Humanismo hecho persona

Rechaza las visiones reduccionistas de la ciencia; entiende al ser humano desde una perspectiva multidimensional y dialógica. Su obra magna, El Método, contiene seis volúmenes publicados entre los setenta y los primeros años del dos mil.

Morin fue comisionado por la UNESCO como autor de Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Hace apenas un año, publicó su último libro titulado bajo un interrogante muy común (¿Hay lecciones de la historia?)- que contestó en el texto, antes de marcharse: “Pienso en la Revolución Francesa, cuando la aristocracia convocó los Estados Generales para recuperar influencia y acabó dando la victoria a la burguesía”.

En la capital de Francia se suceden las condolencias, especialmente una, la de Emmanuel Macron: “Edgar Morin era el humanismo hecho persona. Con su bondad, su curiosidad, no cesaba de iluminarnos. Pensamiento complejo, vida fecunda, espíritu universal”.