Imagen de la película ´Moss & Freud´

Imagen de la película ´Moss & Freud´

Cine & Teatro

La bella y la bestia: cuando Lucien Freud retrató a Kate Moss

´Moss & Freud´, la nueva película de James Lucas en Movistar + sobre el retrato que hizo en 2002 el artista Lucien Freud de la modelo Kate Moss y cómo esta se redescubrió a si misma durante el proceso de posado

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En Diana y Acteón de Tiziano el humano cazador contempla deslumbrado la belleza de la diosa, mientras esta se baña desnuda con sus ninfas. Una mirada indiscreta que tendrá para él funestas consecuencias, según cuenta Ovidio en Las metamorfosis. Lucien Freud admiraba esta pintura y en 2008 su nombre encabezó una carta a The Times firmada por sesenta y tres artistas, que pedían a la National Gallery que comprara la obra, perteneciente a una colección privada, para asegurar su permanencia en Inglaterra. Para Freud la mirada entrometida de Acteón sobre Diana representaba la del pintor sobre su modelo.

Moss & Freud: El artista y la modelo, de James Lucas (recién estrenada en Movistar +, sin paso previo por salas) arranca con el primer encuentro de ambos en la National Gallery, frente a ese lienzo de Tiziano, antes de que el museo abra sus puertas al público. El octogenario artista había aceptado pintar el retrato de la veinteañera modelo y la película explora su relación durante el proceso.

Cartel de la película ´Moss & Freud´

Cartel de la película ´Moss & Freud´

Freud, célebre por sus retratos y autorretratos de corte expresionista solía trabajar a partir de personas de su entorno: esposas y amantes, hijos e hijas, su madre, su asistente, algunos colegas pintores. O bien buscaba modelos que el lenguaje inclusivo de hoy denominaría representantes de la “diversidad corporal”, y el lenguaje de toda la vida llamaría obesos, esqueléticos, amorfos, envejecidos…, es decir no precisamente ideales de belleza canónica. Entre ellos destacaron el corpulento transformista y performer australiano Leigh Bowery y Sue Tilley, a la que por algo se conocía como Big Sue, o sea Sue la gorda.

Freud aceptaba pocos retratos por encargo. Hizo algunos de coleccionistas millonarios, como Jacob Rothschild o el Barón Thyssen —en el del segundo destacan las manos como garras, desproporcionadas y retorcidas—, pero es célebre que se negó a retratar a Lady Di. Su modelo de más alcurnia fue la reina Isabel, a la que plasmó en un lienzo de proporciones minúsculas, con rostro algo simiesco. Hay que decir que la soberana, como casi siempre, supo estar a la altura: no se mostró horripilada, sino que actuó con exquisito fair play.

Teniendo en cuenta todo esto, resulta llamativo que Freud acabara retratando a la sensual Kate Moss, muy alejada de sus modelos habituales. El cuadro se realizó en 2002, siguiendo el proceso habitual del pintor: muchas y muy largas sesiones que, a razón de una por semana, se prolongaron durante nueve meses. Un periodo que coincidió con el embarazo de Moss, de modo que su cuerpo se iba transformando conforme avanzaba la composición de la obra. El artista exigía máxima puntualidad y que la modelo estuviera presente incluso cuando pintaba la cama en la que posó o la pared, “para atrapar cómo tu aura modifica el espacio”.

Escena de la película ´Moss & Freud´

Escena de la película ´Moss & Freud´

Moss acabó aceptando posar desnuda y de ahí surge el título: Naked Portrait. Cuando el lienzo se subastó en Christie’s de Londres en 2005 se vendió por 3,9 millones de libras (casi seis millones de euros).

Dinámicas de poder

Como se puede intuir por la imposición de la presencia de la modelo incluso cuando pintaba el fondo, con la peregrina excusa del aura, Freud concebía el proceso de posado como una relación de poder, seducción, manipulación y dominación. Esta dinámica es la que trata de atrapar la película. La relación entre el viejo pintor huraño y reclusivo, y la supermodelo de vida desenfrenada y escandalosa despertó curiosidad e incluso la avidez de los paparazzis, que los fotografiaron juntos.

Nada indica que hubiera nada parecido a un romance entre ellos, pero sí hubo una evidente complicidad e intimidad. Moss ha contado muy orgullosa —y la anécdota se refleja en la película— que en el muslo luce un pequeño tatuaje que le hizo Freud, quien había practicado ese arte en su época en la marina mercante.

Escena de la película ´Moss & Freud´

Escena de la película ´Moss & Freud´

En apariencia, el pintor y su musa no podían ser más antagónicos, pero en realidad tenían ciertos puntos en común. A los excesos de Moss correspondían los juveniles y bohemios escarceos de Freud con el opio; a la actitud escandalosa de la modelo, la relación tormentosa del artista con sus sucesivas esposas, amantes e hijos (14 reconocidos oficialmente, de seis madres diferentes, aunque si se suman los no reconocidos podrían llegar a los cuarenta según algunas fuentes). Estos últimos están representados en la película por Bella, diseñadora de moda, que fue quien puso a Moss en contacto con su padre.

Es en la construcción de los perfiles psicológicos de los dos protagonistas donde la película flaquea más. No es tarea fácil convertir a Kate Moss (que figura como una de las productoras ejecutivas de la cinta) en un personaje de cierta complejidad, tirando de sus inseguridades por los abusos sufridos en los inicios de su carrera, cuando tenía solo 17 años.

Y en cuanto a Freud, sucede justamente lo contrario: no es fácil dibujar de forma veraz a un tipo tan complicado y borrascoso. El pintor manipuló a sus esposas y amantes, y mantuvo una relación siempre gélida con sus hijos; era un bohemio hosco que pintaba en un estudio cochambroso, pero se paseaba por Londres en un Bentley y se había casado en su juventud con una aristócrata y millonaria heredera inglesa.

Detrás del artista

Estas complejidades y paradojas solo se atisban en la película, que tiende a ser muy complaciente con él. Su actitud manipuladora y atormentada se pretende explicar a través del fracasado matrimonio con la mencionada aristócrata, Lady Caroline Blackwood, protagonista de una de las obras más perturbadoras de la primera etapa del artista: Hotel Bedroom, de 1954, en la que se la ve a ella acostada en una cama, con expresión ausente, mientras la inquietante silueta de él, de pie junto al ventanal, la contempla.

Moss & Freud alza el vuelo hacia el final, cuando ella consigue en una librería de viejo un ejemplar del número de julio de 1954 de la revista Encounter, en el que Freud publicó su único texto teórico, una suerte de manifiesto de su concepción del arte. El uso de este recurso por parte del director y guionista es muy inteligente, porque en esa pieza, Some thoughs on painting, están las claves para entender qué era para él un retrato (si quieren leerlo entero, lo encontrarán en inglés en la web de la Royal Academy).

El proceso creativo según Freud

Entre otras cosas dice: “Mi objetivo al pintar cuadros es intentar conmover los sentidos intensificando la realidad. Que esto se consiga o no depende de la intensidad con la que el pintor comprenda y sienta a la persona u objeto que haya elegido. Por eso, la pintura es el único arte en el que las cualidades intuitivas del artista pueden resultar más valiosas para él que el conocimiento o la inteligencia propiamente dichos. (…) La obsesión del pintor por su sujeto es todo lo que necesita para impulsarle a trabajar. (…) Sin embargo, el pintor necesita situarse a una cierta distancia emocional del sujeto para permitir que este se exprese.

"El pintor debe considerar que todo lo que tiene ante sí está ahí exclusivamente para su propio uso y disfrute. (…) Y, dado que el modelo que copia tan fielmente no va a colgarse junto al cuadro, ya que el cuadro va a estar ahí por sí solo, no tiene importancia que sea una copia exacta del modelo. Que resulte convincente o no depende por completo de lo que es en sí mismo, de lo que hay ahí para ser visto. El modelo solo debe cumplir la función, muy personal para el pintor, de proporcionar el punto de partida para su entusiasmo".

"En la creación de una obra de arte nunca se produce un momento de felicidad absoluta. La promesa de esa felicidad se percibe en el acto de crear, pero desaparece a medida que la obra va cobrando forma. Porque es entonces cuando el pintor se da cuenta de que lo único que está pintando es un cuadro. Hasta ese momento, casi se había atrevido a esperar que el cuadro cobrara vida. (…) Es esta gran insuficiencia la que le impulsa a seguir adelante. Así, el proceso de creación se convierte en algo necesario para el pintor, quizá incluso más que el cuadro en sí. De hecho, el proceso crea adicción”.

Imagen de la película ´Moss & Freud´

Imagen de la película ´Moss & Freud´

En estas declaraciones se entrevé que para Freud el proceso de pintar un retrato tiene algo de vampírico y nunca puede culminar de forma satisfactoria. Esto lo plasma bien la película: cuando ha dado por terminado su lienzo de Moss, él se muestra distante, casi cruel, y cuando ella sale de la casa del pintor se cruza con la nueva modelo, la nueva obsesión que la sustituirá de inmediato.

A Kate Moss la interpreta con solvencia Elle Bamber y a Freud le da vida el gran Derek Jacobi. Muchos lo identificarán como el protagonista de la serie Yo, Claudio, pero ha sido uno de los grandes actores shakesperianos del teatro británico. Jacobi logra atrapar las aristas de Freud, aunque tal vez exagera un poco el fondo de acento alemán que el pintor nunca perdió, pero que era muy sutil. Hace muchos años, Jacobi ya se había metido en la piel del compañero de generación de Freud, el muy perturbado Francis Bacon, en El amor es el demonio, dirigida por John Maybury en 1998 (a su amante, George Dyer, lo interpretaba un entonces desconocido Daniel Graig).

El vínculo entre el artista y la modelo, entre el pintor y su musa, cuenta con abundante anecdotario en la historia del arte: Elisabeth Siddal y los prerrafaelitas; la pelirroja Joanna Hiffernan y su relación con Whistler y Courbet… Hay un par de propuestas audiovisuales que han abordado el tema de forma admirable.

En primer lugar, el capítulo noveno de la primera temporada de The Crown, centrado en la gestación del retrato de Churchill, ya anciano y en retirada de la política, que se le encargó al vanguardista Graham Sutherland. En una hora se sintetiza la lucha entre retratista y retratado por el sentido del retrato: Sutherland quiere captar al anciano que se asoma al final de su carrera y su vida; Churchill, indignado, se niega a aparecer como un viejo decrépito y exige ser plasmado como el líder que fue.

La segunda aproximación muy recomendable al tema es Final Portrait, dirigida por Stanley Tucci, a partir del libro de James Lord Retrato de Giacometti. La película cuenta cómo el anciano artista (un estupendo Geoffrey Rush) acometió el retrato del joven Lord. Tenía que resolverse en una breve sesión, porque el crítico estaba a punto de regresar a Estados Unidos desde París, pero Giacometti se las arregló para dilatar el proceso, obligarle a cancelar el vuelo y retenerlo durante muchos más días de lo previsto.

En cuanto a Freud y su lienzo de Kate Moss, quedémonos con las palabras del artista: “Mis retratos, más que psicológicos son biológicos. El desnudo desvela la verdad”.