Imagen de la serie de HBO ´Ravalear´

Imagen de la serie de HBO ´Ravalear´

Cine & Teatro

´Ravalear´, la Barcelona de los fondos buitre y los okupas

La nueva serie de HBO, ´Ravalear´, un retrato de la crisis de vivienda en Barcelona con una trama sin adornos y personajes bien perfilados pero con un mensaje alejado de la realidad

También: El Aduanero Rousseau, mucho más que el primer pintor naíf

Leer en Castellano
Publicada
Actualizada

El día que cerró Vinçon bajó la persiana una cierta Barcelona. La ciudad de aspiraciones cosmopolitas, que arrancó en las postrimerías del franquismo con la presencia de algunos autores del boom latinoamericano, el underground comiquero y las nuevas editoriales como Anagrama y Tusquets. La Barcelona del diseño y la reurbanización —pese a las inhóspitas plazas duras—, que culminó con los juegos olímpicos del 92, con su chucho cubista como mascota y las mestizas rumbas en la ceremonia de clausura.

Después, desengañémonos, todo ha ido cuesta abajo. Tras años de carcoma pujolista llegaron los años perdidos y bochornosos del procès, Colau y sus huestes de banales populistas pasaron por la alcaldía como Atila, la masificación turística dejó de ser un simple incordio para convertirse en un problema que expulsa a los vecinos de los barrios...

Esta Barcelona alejada de la postal es la que retrata Ravalear, aunque dudo que sus creadores comulguen con algunos de mis comentarios precedentes. Ravalear, serie de HBO de seis episodios (este viernes se cuelga el último) está protagonizada por una familia que regenta en el Raval un restaurante centenario: Can Mosques (cómo ha logrado sobrevivir un siglo con un nombre tan repulsivo no nos lo explican).

Sus problemas empiezan cuando un fondo inmobiliario extranjero compra el edificio a la típica familia burguesa de toda la vida, con ganas de sacarse de encima un inmueble con alquileres misérrimos y un entorno degradado. Los de Can Mosques intentan adquirir el local en el que siempre han estado como inquilinos. Pero la operación se complica por los tejemanejes de un agente inmobiliario más malo que la tiña (Sergi López, siempre convincente interpretando a personajes siniestros). El tipo es amigo de la familia, pero antepone su comisión a cualquier consideración moral o sentimental y le hace el trabajo sucio a la directora del fondo buitre en Barcelona (Alba Guilera).

La familia del restaurante está formada por los padres (Francesc Orella y Lluïsa Castell) y dos hijos que responden al patrón contrapuesto del bon fill (Quim Àvila) y del hijo díscolo y veleta (Enric Auquer), que ha tenido sus problemillas con las drogas. Este último trabaja en el puerto de estibador, está casado con una abogada de un estudio de arquitectura (María Rodríguez) y tiene una hija cuya mejor amiga es una niña paquistaní.

Un retrato de la Barcelona actual

Los del fondo buitre tienen sus planes para el edificio, que no pasan por facilitar que los del restaurante compren su local, ni por mantener a los inquilinos de toda la vida. Y ese inmueble no es el único que han adquirido en el barrio, que ven como un coto de caza en el que comprar a precio de saldo inmuebles decrépitos para reformarlos y convertirlos en hoteles o apartamentos turísticos.

Con estas bases está servido un drama de tono verista, que retrata problemas muy reales de la Barcelona de hoy. La serie me genera reacciones encontradas: por un lado, admiro la solidez tanto del guion como de la realización, pero al mismo tiempo deploro el manejo sesgado, ventajista y finalmente tramposo que hace de ciertas realidades sociales.

La solidez de la factura se explica porque hay detrás mucho talento. El creador de Ravalear es Pol Rodríguez (codirector con Isaki Lacuesta de Segundo premio, una de las mejores películas españolas del siglo XXI). En labores de dirección ha participado Lacuesta y entre los guionistas figuran autores de contrastada eficacia como Isa Campo y Eduard Sola.

Trama sin adornos

Primera virtud: seis capítulos que son puro músculo, nada de superfluas subtramas de relleno, tan habituales en las series. Segunda virtud: personajes creíbles y bien perfilados (salvo alguna excepción que después comentaré). Tercera virtud: una progresión dramática bien forjada, que pone a los protagonistas ante dicotomías, conflictos y contradicciones. Un par de ejemplos: el hijo díscolo, metido a justiciero, acaba manipulando y presionando a la niña paquistaní con unos métodos no tan diferentes a los que emplea el fondo buitre. Y la noble familia de restauradores, cuando está económicamente contra las cuerdas, no duda en despedir a una de las trabajadoras, que encima es madre soltera (cabalgar contradicciones, que diría el embaucador Pablo Iglesias, reconvertido en empresario explotador).

En el apartado visual todo son parabienes para Ravalear: firme pulso narrativo que nunca pierde fuelle; inquieta cámara al hombro que genera dinamismo; montaje sincopado que da agilidad, y una estética de aire documental muy adecuada para la propuesta. Se ha rodado en las calles del Raval, en ocasiones con cámara oculta o desde posiciones elevadas, con viandantes a los que se tapa el rostro porque hacen de extras sin ser conscientes de ello. Además, en el quinto capítulo hay una persecución por el barrio que sin ningún rubor diré que está a la altura -en versión local y más modesta- de la mítica secuencia de French Connection.

Ahora bien, todo este virtuosismo formal está al servicio de un mensaje y aquí es donde la serie peca de buenismo y hace algunas trampas. En el formato televisivo nadie ha sabido retratar la complejidad del tejido social como David Simons, heredero directo de los mejores novelones decimonónicos. El ejemplo de manual es The Wire, pero son igualmente extraordinarias Treme (sobre la Nueva Orleans posterior al huracán Katrina y con la que Ravalear tiene algún parentesco) y The Deuce. Una de las virtudes de Simon es su proverbial capacidad de no caer en la trivialización de dividir el mundo en buenos y malos.

Un mensaje final poco acertado

Ravalear no lo consigue. Retrata los métodos expeditivos de los fondos buitre para amedrentar a inquilinos fastidiosos. El agente inmobiliario al que interpreta Sergi López recurre a los servicios de unos matones muy fachas —con aires de Desokupa— que sueltan ratas y arrean puñetazos. Otra de sus argucias es facilitar a unos traficantes que monten en el inmueble un narcopiso. El resultado de la ecuación que se le sirve en bandeja al espectador es pedestre: los fondos buitre son los culpables de la proliferación de narcopisos en el Raval.

¡Vaya por Dios, y nosotros que creíamos que el gran mal que traían esas inmobiliarias era la gentrificación de los barrios, encareciendo los alquileres y poniéndolo todo muy mono para los turistas!

La siguiente manipulación es la glorificación de los okupas, a los que el hijo guerrero mete en el edificio como modo de ahuyentar al fondo buitre. Quizá en sus orígenes el movimiento squatter tuvo algún ideal defendible, pero los okupas de hoy no son más que espabilados sin escrúpulos que se aprovechan de unas leyes vergonzosas que protegen al delincuente. En la serie los okupas lideran las manifestaciones de los vecinos contra el narcopiso. Muy verosímil: pregunten por ahí a personas que tienen a okupas de vecinos y sin duda les dirán lo contentísimos que están de esa situación.

Y aquí es donde viene la mayor manipulación de la serie, que la convierte casi en una versión modernizada de ¡Qué bello es vivir! de FrankCapra. Utiliza el tan embaucador como eficaz esquema de los humildes, que siempre tienen la razón y son buenos por naturaleza, contra los poderosos, que son, por definición, malvados. En Ravalear los únicos que sueltan un comentario racista son los matones fachas. Porque resulta que el barrio —pese a lo que vemos casi a diario en las noticias— es un oasis de convivencia multirracial, donde toda la inmigración legal e ilegal se integra de maravilla y los vecinos están encantados. La única nota disonante son los narcos (a los que, claro, han traído los fachas).

A Ravalear le falta delincuencia

No existen en la serie la delincuencia, los tirones, la prostitución, la trata de personas, las redes mafiosas, la rivalidad entre clanes étnicos, las pelas a navajazos en la calle, ni siquiera los encontronazos socioculturales (la niña paquistaní es un modelo de integración en una sociedad occidental, sin que se genere la más mínima tensión en su familia)...

Lo más llamativo es lo que concierne al personaje de un magrebí desalojado de okupa y después contratado en el restaurante, al que el hijo veleta contrata junto con sus amigos para que le ayuden a okupar pisos. De pronto, todos ellos muestran unas sorprendentes habilidades para entrar en casas ajenas, pero nunca los vemos haciendo algo similar que no sea por la buena causa de luchar contra el fondo buitre. ¿Son delincuentes? Pues no se sabe.

Este personaje protagoniza dos momentos gloriosos. Cuando tras recibir una paliza —de los fachas, claro— se refugia en un campamento de ilegales en Montjuïc, la abogada y esposa acude sola en plena madrugada a intentar sacarlo de allí (¡qué valentía, qué verismo!, ¿cuántas mujeres se atreverían en la realidad a hacer eso?). Y al final el magrebí suelta un discursito sobre lo malos y culpables que somos los occidentales, incluso los buenistas cargados de buenas intenciones, tan articulado que ni Foucault o algún otro radical de pacotilla lo haría mejor. Todo muy creíble.

Lo más gracioso es cómo Ravalear perfila a los malvados, en una serie que alaba la fuerza de la familia unida como núcleo de resistencia frente a los especuladores. Al pérfido agente inmobiliario el bon fill le espeta que su vida es patética porque nunca nadie le querrá y le echa en cara que ¡todavía vive con su madre! En cuanto a la directiva del fondo buitre, protagoniza una escena —¡en un yate de su propiedad, frente a la costa de Barcelona, su territorio de caza !— en la que se sincera. Confiesa que tuvo parejas estables, pero era una lata y le quitaba tiempo, porque a ella solo le importa ser la mejor en su trabajo.

Eso, en otras circunstancias, podría ser un discurso de empoderamiento feminista, pero aquí la apuntala como una harpía sin escrúpulos. Como guinda, declara que ahora solo tiene amantes y desvela que ¡es bisexual! ¡El acabose de la sofisticación y el libertinaje frente a la familia tradicional que mantiene en la carta de su restaurante los peus de porc de toda la vida!

Con sus virtudes y defectos, Ravalear es una serie que merece la pena ver. El último capítulo cierra de forma competente la historia, con un final agridulce que por ello resulta creíble y se aleja de Frank Capra.